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Barras y espinas

A hurtadillas, casi de rondón se ha colado un nuevo libro de Jean François Revel en las librerías españolas. Escamoteado sabiamente por los libreros entre la turbamulta de títulos que han salido al rebufo de la guerra en Irak el irreverente, el polémico autor de La Gran Mascarada vuelve a la carga con un breve pero intenso ensayo que hará las delicias de lo más granado de esa intelectualidad nuestra que se quedó tuerta del ojo derecho.

Con la precisión de un cirujano Revel disecciona con agudeza la dinámica, las causas y, como no, las incongruencias de esa dolencia demasiado común en occidente que confunde los Estados Unidos con el Imperio del Gran Satán. El análisis, lúcido y certero como todo lo que nos ofrece este marsellés universal, circunnavega el planeta de los mitos, las ilusiones y la simpleza conceptual de los que erigen como única bandera de identidad personal la negación sistemática de todo lo americano. Desde los movimientos antiglobalización a la política miope y acomplejada de la Unión Europea la obsesión, y nunca mejor traído un título, antiamericana traza la geografía íntima, el mapa exacto, del universo simbólico de todos y cada uno de los europeos.

Desde la publicación en 1970 de Ni Marx ni Jesús, Revel no había vuelto a tratar con detenimiento la compleja relación entre los Estados Unidos y el resto del mundo. Entonces el acercamiento se debió a un largo y provechoso viaje que el autor realizó a lo largo y ancho de la geografía americana. En cierto modo el título de aquella obra provocaba sentimientos encontrados en un momento de fuerte ideologización. O comunistas y ateos o cristianos y conservadores. Tal esquema de pensamiento se ha perpetuado desde la irrupción del marxismo hasta nuestros días. Revel rompió una lanza a favor de los sin dios declarándose abiertamente como “ateo y liberal”. Semejante afirmación le valió el sempiterno sobrenombre de polemista cuando no de vocero de la extrema derecha. Revel ni se arrugó entonces ni lo hace ahora cuando frisa los ochenta años. El mundo, no obstante, ha cambiado en las últimas tres décadas. La premonición fallida de un triunfo inapelable del socialismo se ha esfumado entre las ruinas del imperio soviético. Los Estados Unidos y con ellos la causa de la libertad han recobrado la iniciativa moral que hace treinta años languidecía bajo la presión creciente del maoísmo parisino o la impugnación a la sociedad occidental que irresponsablemente se hacía desde las universidades californianas.

Por el contrario y partiendo del hecho que la tentación totalitaria es una constante en el alma y el sentir humanos ha aparecido en el último lustro una pléyade de movimientos presuntamente sociales que amparándose bajo el paraguas de los viejos, trillados y además falsos ideales revolucionarios de igualdad y justicia social han puesto en un nuevo desafío a todos los que consideran la libertad y el imperio de la ley como principios rectores e irrenunciables de la vida en sociedad. ¿Quiénes son esos jóvenes y no tan jóvenes que devastan sin miramientos las ciudades donde se concentran con la supuesta excusa de protestar?, ¿Qué quieren?, ¿Quién los financia y organiza?, y sobre todo, ¿Qué traen de nuevo?. El antimundialismo, tal y como Revel lo bautiza en un homenaje a su natal lengua francesa, es más de lo mismo, el mismo lobo con piel de lobo que acarrea en su recalentado caletre la misma idea liberticida, el mismo odio por el liberalismo y la civilización occidental que sus abuelos de la Tercera Internacional. En un alarde de ingenio y prosa desenvuelta Revel define a estos jóvenes antimundialistas como […] unos vejestorios ideológicos, fantasmas resurgidos de un pasado de ruinas y sangre.[…] Más claro agua.

Otro de los acontecimientos en torno al cual se ha articulado la nueva ofensiva antiamericana han sido los luctuosos atentados contra Nueva York y Washington en septiembre de 2001. Muchos entonces achacamos la autoría de los atentados no sólo a los integristas islámicos, que no pasaron de ser el brazo ejecutor, sino a una idea que preside el mundo tras la caída del muro. Esta idea rara vez se expone, y de ello se cuidan mucho sus mentores, con toda su crudeza y viene a ser algo así como “El mundo es injusto, en él reina la podredumbre y la explotación. Los responsables de ello son los Estados Unidos. Los americanos por tanto han de pagar su pecado original que no es otro que la promoción del capitalismo asesino y la libertad de comercio”. Da igual que bajo el humeante estrago neoyorquino pereciesen miles de inocentes. Da igual que los autores de la masacre fuesen una cuadrilla de iluminados cuyo fin último pasase más por implantar una teocracia universal inspirada en El Corán que por devolver el pan a los hambrientos. Sentencia del jurado: Culpable. Si una docena de desequilibrados perpetran la mayor matanza de civiles en la historia de los Estados Unidos son éstos y nadie más quien debe hacer examen de conciencia, revisar sus actos y actuar al modo que los cerebros pensantes de la progresía europea dicta. Si por el contrario Estados Unidos se defiende aumentando la seguridad dentro de sus fronteras malo. Es un enemigo de las libertades. Si decide perseguir a los responsables de la masacre allá donde se encuentren peor. Es un imperialista vengativo cuyo objeto es conquistar el mundo e imponer su rancia y desgastada cosmovisión liberal.

La abyecta reacción frente a los sucesos del 11 de septiembre por parte de la izquierda europea tiene su explicación lógica y sus precedentes perfectamente asentados en la opinión pública de casi todas las naciones del viejo continente. ¿Qué es la sociedad americana sino un ejemplo de lo que no se debe ser?. Los yanquis son esclavos del dinero más que ningún otro pueblo de la tierra. Además, y por si lo anterior fuera poco, la injusticia es tal en esa patria del dólar que tras la fachada de rascacielos, coches descapotables y jovencitas en pantalón corto patinando por el Ocean Drive se encuentra una de las sociedades más infames de cuantas han existido. Ciudades pobladas por infinidad de mendigos con su carro de la compra a cuestas y miserables hambrientos que se refugian bajo los puentes colgantes del capitalismo son la verdadera faz del liberalismo más necio. Por si quedaba alguna duda, por si algún lector de la prensa europea arguyera que los Estados Unidos arrastran una democracia bicentenaria, la representación popular en el país del Golden Gate es un mito, una trola que nos hemos tragado como bobos. Las cámaras están dominadas por la gran banca y los magnates de la industria. La Casa Blanca es un nido de serpientes reaccionarias y los periódicos practican con gusto y delectación la más vergonzante censura. Así son los Estados Unidos vistos desde este lado del Atlántico. Una amalgama de violencia étnica desatada en los barrios periféricos con la mayor de las ignominias sociales aderezado, eso si, con un grupo de millonarios que observan satisfechos su obra desde un aterciopelado apartamento en Park Avenue. Ante tal panorama no es extraño que desde hace un par de años los libros, libritos y panfletos descarados que claman contra los Estados Unidos abarroten nuestras librerías. Se trata en definitiva de no ser lo que ellos, los infelices e incultos americanos, son. Si para ello es preciso alterar la verdad y transformarla en lo que uno le gustaría se hace sin cortapisas. La ideología, como bien apunta el autor, es una máquina de rechazar los hechos, cuando éstos podrían obligarla a modificarse. A ello contribuye el habitual complejo de superioridad europeo y la implantación en nuestra tierra de unas ideas socializantes que tras el cataclismo berlinés lo único que hicieron es pasar por el autolavado para presentarse de nuevo al mundo con una inusitada lozanía. De la extrema derecha a lo más granado del socialismo continental se legitima la mentira y por consiguiente la criminalización de los Estados Unidos como sociedad.

Este antiamericanismo, diríamos, místico, no es patrimonio exclusivo de la acomplejada casta política europea. Las elites culturales ven en su lengua y su cultura de masas una amenaza para la milenaria y refinada cultura de la que aquí disfrutamos. El inglés es la nueva lengua de Astarot, a pesar de que los europeos se dejan la bolsa y la vida en aprenderlo. La gastronomía americana, de indisimulable ascendencia europea, es el compendio de todos los males dietéticos. Nadie clama contra los sabrosos zarajos de Cuenca, combinado de aceite refrito con las muy saludables tripas de cordero. La música y la literatura son de una calidad ínfima y condenadas a vivir bajo la cincha de los intereses comerciales más espurios. Nada como una buena novela subvencionada y escrita en bable o una película de arte y ensayo de las que ponen los ojos en órbita a los culturetas del Renoir.

Al drama político y la pesadilla cultural le sobreviene irremediablemente el trastorno de nuestros gobiernos. Condenan y a la vez desaprueban las decisiones emanadas del despacho oval. Acusan de unilateralismo al inquilino de la Casa Blanca si actúa sólo y de entrometido si busca aliados. La paranoia de nuestras cancillerías es tal que, como los gallegos, no se sabe nunca si están subiendo o bajando la escalera. De la lectura diaria de la prensa solo puede deducirse una cosa, un principio elemental en la alta política europea. Haga lo que haga Estados Unidos está mal hecho. En 1991, cuando Bush padre dejó el trabajo a la mitad en Irak, se le acuso de blandengue y de sostén de dictadores. Doce años más tarde, Bush hijo decide acabar con la tiranía sadamita y se le acusa de tomar decisiones unilaterales y de actuar como el sheriff del condado. ¿Hay quien lo entienda? Definitivamente no.

Estados Unidos se ha convertido, según apuntala Revel en el capítulo que cierra el libro, en una escapatoria necesaria e imprescindible. Si no existiese habría obligatoriamente que inventárselo. Es, en suma, el anti yo al que cargar los muertos, al que acusar de todo. El chivo expiatorio de los males pasados, presentes y futuros. Como consecuencia de esto último, el principal promotor de todo lo que se carga a las espaldas de los americanos es el propio antiamericanismo. La causa se confunde con el efecto. Los europeos son, somos, los responsables de haber puesto a los Estados Unidos donde están. En nuestra miopía secular reside la autoría inequívoca del complejo primero y de la obsesión después.

Un libro imprescindible. Felicidades, Jean François.

La obsesión antiamericana Jean-François Revel Urano, Barcelona, 2003 247 páginas

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