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Icono de una época

Hace cuarenta años la mayor nación del mundo quedó paralizada por un día, el día del entierro de John Fitzgerald Kennedy. Un pueblo sumido en el llanto lloraba la inexplicable muerte de su presidente al tiempo que millones de personas en todo el mundo se frotaban los ojos por lo sucedido en Dallas apenas unos días antes.

Los compases fúnebres de la música que se interpretó para la ocasión contrastaban con la no tan lejana fiesta en el Madison Square Garden de Nueva York en la que la actriz Marilyn Monroe felicitaba al presidente por su cuarenta y cinco cumpleaños.

Y es que los Kennedy eran lo más parecido a una familia real que jamás ha tenido América. Guapos, de comportamiento aparentemente ejemplar, dotados de una ambición fuera de lo común y, para rematarlo todo, perseguidos por una maldición que los ha llevado hasta las puertas mismas de la gloria mundana. Cuarenta años después el mito y el misterio de Kennedy sigue proporcionando a los curiosos y mitómanos material suficiente como para escribir una enciclopedia.

La elección de Kennedy como presidente en 1961 marcó un antes y un después en la forma de hacer política desde la Casa Blanca. El presidente más joven de la historia de la Unión era además el primero de confesión católica, apuesto, bien educado, de exquisitas formas y poseedor de una oratoria muy cuidada. Hijo del financiero y diplomático Joseph Kennedy, John nació en el seno de una adinerada familia de Nueva Inglaterra. Héroe de la Segunda Guerra Mundial, entró en política una vez terminado el conflicto bélico. Su carrera fue meteórica, del congreso al senado y de ahí a disputar la presidencia al mismísimo Richard Nixon en unas elecciones que pasaron a la Historia por ser las primeras en las que los candidatos midieron sus fuerzas en la pequeña pantalla. Algo estaba cambiando en América.

Tras una ajustada victoria en la presidenciales de 1961 Kennedy se vio envuelto en una serie de crisis que llevaron al mundo al borde de la guerra nuclear. Lo primero fue la frustrada invasión de la Bahía de Cochinos, en Cuba. Patrocinada en principio desde Washington la aventura de los exiliados de la dictadura castrista terminó de un modo dramático. La CIA los abandonó a su suerte denegándoles la cobertura aérea que precisaba la operación. Desamparados en la isla los exiliados fueron literalmente aniquilados por el ejército revolucionario. La reputación de Kennedy quedó por los suelos y sus relaciones con la Unión Soviética empeoraron considerablemente.

Como en tantas otras ocasiones durante la Guerra Fría al menor síntoma de debilidad occidental le sucedía un órdago soviético. Esta vez no fue la excepción. Kennedy se reunió con Kruschev para aminorar la tensión entre los bloques. Como respuesta los soviéticos levantaron el muro de Berlín e instalaron plataformas de lanzamiento de mísiles en la isla de Cuba. Kennedy esta vez reaccionó con firmeza y ordenó el bloqueo inmediato de la isla obligando a los soviéticos a desmantelar sus instalaciones. Tras varios días de tensión que llevaron al mundo al borde mismo del colapso el Kremlin se echó para atrás y retiró todo el material militar de Cuba. El episodio conocido como Crisis de los Misiles vino a ser la demostración que frente al totalitarismo sólo cabe una postura; la intransigencia. Desgraciadamente Kennedy no aprendió la lección y se avino a una imposible negociación con Moscú.

El incidente cubano obligó a las superpotencias a negociar el espinoso asunto de las armas nucleares. El Tratado de No proliferación fue firmado en Moscú en 1963. A pesar de ello la Guerra Fría continuó y las relaciones distantes entre los bloques fueron la tónica de toda la década de los sesenta. El rearme nuclear se mantuvo por ambos lados y Berlín continuó dividida por un muro de la vergüenza que aun se mantendría en pie durante veinticinco años más después del famoso discurso de Kennedy en el que se identificaba como un berlinés más.

Mientras Kennedy recorría medio mundo flirteando con la guerra nuclear la crónica rosa mundial se deleitaba con su vida privada. No se había visto nada igual en ninguno de los anteriores mandatarios americanos. Muchos, y muchas, estaban más interesados en Jackie Kennedy que en su propio marido. Elegante, fina y de una belleza poco usual entre las inquilinas de la Casa Blanca las cámaras la seguían allá donde fuese. De vacaciones, en sus viajes alrededor del mundo, paseando de la mano con sus pequeños y revoltosos vástagos. La Casa Blanca se había transformado en un nuevo Camelot que encandilaba a un mundo convulso, a un planeta hipnotizado que amanecía a una nueva era dominada por la televisión, saturno devorador de mitos y escaparate de las pasiones humanas.

A pesar de que Kennedy estaba completamente volcado en los asuntos internacionales aprovechó bien el escaso tiempo dedicado a sus compatriotas. Ilusionó a un país con la promesa de poner un hombre en la luna antes del final de la década, y acometió el que quizá fuese el mayor desafío y el mayor oprobio de los Estados Unidos: el racismo. La cada vez más numerosa población de raza negra pedía una incorporación plena en la vida política y el reconocimiento de sus derechos cívicos. Kennedy tuvo el coraje de emprender el cambio. Lo anunció, como no podía ser de otro modo, por televisión con estas palabras:

“Y esta nación, por encima de todo, no será completamente libre hasta que todos sus ciudadanos lo sean”

Lo que el joven presidente no podía siquiera imaginar es que nunca llegaría a ver realizada lo que él consideró su más florida contribución a la historia de Estados Unidos. La muerte vendría a visitarle y con ella la entrada en el panteón de los predilectos de la fama.

La mañana del veintidós de noviembre de 1963 amaneció un soleada en Dallas. Los Kennedy descendieron sonrientes del avión que les había traído desde Washington y tras saludar a las autoridades tomaron en compañía del gobernador Conally una limusina descapotable para darse un baño de masas por la ciudad tejana. Transitaba placidamente la comitiva presidencial por la céntrica Elm Street cuando dos balazos certeros, uno en el pecho y otro en la cabeza, acabaron con la vida del presidente. Todos lo hemos visto decenas de veces en las que quizá sean las imágenes más difundidas de la Historia.

La policía se apresuró y unas horas después presentó antes los ojos de una nación conmocionada al principal sospechoso. Se trataba de Lee Harvey Oswald. Detenido en el patio de butacas de un cine, Oswald era un antiguo marine convertido al marxismo. Taciturno e inadaptado, era el perfecto sospechoso en aquella América desconfiada de la Guerra Fría. No tuvo sin embargo tiempo ni de testificar. Dos días después Jack Ruby, el dueño de un club nocturno, lo abatió a tiros delante de la prensa. El repentino y televisado asesinato de Oswald abrió la caja de pandora de las especulaciones. ¿Quién había matado a Kennedy? Las teorías fueron y siguen siendo muchas; la CIA, la mafia, Fidel Castro, la KGB, hasta se ha llegado a decir que Kennedy padecía una enfermedad terminal y que preparó su propio asesinato,

Cuatro décadas después de su trágico final la Historia se ha sobrepuesto al mito y ha reevaluado la presidencia de John Fitzgerald Kennedy. Su responsabilidad en el inicio de la intervención americana en Vietnam, el fiasco de Bahía de Cochinos que costó la vida a centenares de cubanos y las continuas revelaciones sobre su agitada vida privada, especialmente en lo tocante a su relación con la actriz Marilyn Monroe. Por otro lado, nadie duda de su carácter de líder carismático y su pervivencia como icono inmortal del siglo XX.

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