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La clave de la prosperidad

Una de las controversias más usuales de la ciencia económica es aquella que explica la razón – o razones – por las que una comunidad humana es rica y nada en la abundancia mientras la vecina, la que está al otro lado del río, sucumbe al hambre, a la pobreza y a su ineludible corolario de servidumbre y opresión.

El Instituto Fraser, un think tank liberal con sede en la ciudad canadiense de Vancúver, acaba de publicar un concienzudo estudio sobre el tema titulado Economic freedom of the world o “Libertad económica en el mundo”. Los autores del mismo, una pareja de curtidos liberales, James Gwartney y Robert Lawson, evitan las explicaciones al uso europeo que insisten en la errónea distribución de la renta o las peculiaridades étnicas de cada comunidad. Las primeras son muy del gusto de los socialistas de todos los partidos, y las segundas son patrimonio inexcusable de la veta nacionalista encantada de haberse conocido.

Para los autores del informe la clave de la prosperidad humana está en la libertad económica. Ésta la definen como un combinado a partes iguales de bajos impuestos, propiedad privada, contratos libres y estabilidad monetaria. Introduciendo estas constantes en la probeta y los datos macroeconómicos de más de 200 países el resultado es, no por menos esperado, igualmente sorprendente.

A juicio de Gwartney y Lawson las naciones económicamente más libres del planeta son a su vez las más ricas y, en una proporción escandalosa, las que garantizan a sus ciudadanos mayores cuotas de libertad política. El viejo adagio liberal que dice que las libertades económicas y políticas van de la mano nunca estuvo tan avalado por la estadística.

El estudio es portentoso, leerlo en su totalidad lleva, incluso para el más avezado de los lectores, varias tardes. Los autores sin embargo se han encargado de dotar al trabajo con una cantidad ingente de gráficos y tablas que facilitan su deglución y digestión. En la tabla general, la que establece el índice de libertad económica de 1 a 10, se levanta el telón de los países que más tienen y los que menos. En la cabeza figuran los inevitables tigres orientales con casi 9 puntos de calificación, un sobresaliente. A corta distancia, con un 8,2, los países anglosajones; Estados Unidos, el Reino Unido, Nueva Zelanda y, naturalmente, la encantadora Suiza.

Nuestro país se encuentra sino en la mitad de la tabla si en un anodino trigésimo primer puesto con un siete pelado, empatado con Costa Rica y superado con holgura por Chile o Irlanda que son bastante más libres que nosotros, al menos en términos económicos. Como consuelo nos queda saber que nuestros vecinos, los petulantes franceses, se sitúan nada menos que en el puesto 44 del índice, a la misma altura que Jamaica o Uruguay. Merecido se lo tienen.

Por la cola, es decir, los países menos libres en los que sus ciudadanos son casi siervos del Estado, figura una nómina de tiranías que da miedo hasta nombrarlas. La peor calificada, de cara a la pared por ser la más burra de la clase, es Birmania con un 2,5, seguida muy cerca por Zimbabwe, el Congo y la Venezuela de Chávez, la de la experiencia democrática que tanto agrada a nuestros progres globalifóbicos y vocingleros. Las otras dos experiencias que completan el panteón de la progresía, Cuba y Corea del Norte, no han participado en el estudio. Los autores son gente seria y sin datos fiables prefieren no opinar. Sitúe usted a su antojo en la tabla a este par de titanes del paleocomunismo.

Las conclusiones del informe son alentadoras, desde 1980 la libertad económica ha mejorado considerablemente. Entonces la nota media tomando todos los países era de un 5,1, hoy, 25 años después, es de un 6,5. Si se persevera en las reformas y se deja que los individuos interactúen libremente quizá nuestros biznietos vean como el planeta Tierra en su conjunto se parece a la Suiza actual. Entretanto nos conformaremos con parecernos a México.

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