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La crisis

Es la mayor crisis vinícola desde el desastre de la filoxera en 1860, anuncia la publicación especializada Decanter en su edición de septiembre. Los franceses beben menos, producen más, importan como descosidos y, para colmo de males, la cosecha de 2004 es una de las mayores de la historia. Un dolor de cabeza más para los baqueteados viticultores galos que llevan cuatro temporadas viendo como, a pesar de que producen más, venden menos.

El Consejo del Vino de Burdeos ya ha anticipado que sólo se va a vendimiar un tercio de la cosecha, el resto se dejará para elaborar vino a granel, de ínfima calidad, o para utilizarlo como reserva por si se registran cambios en la demanda. Una verdadera lástima eso de ver a los que quizá sean los mejores caldos del mundo reducidos a la categoría de vinos a granel. A los bodegueros sin embargo no les ha quedado más remedio si quieren salvar la poca ropa que les queda seca antes de declarar la bancarrota.

Hasta los años 60 los franceses eran con diferencia los europeos que más vino consumían. El Burdeos, el Borgoña o el injustamente sobrevalorado Beaujolais eran, junto a los quesos y la moda, emblemas de la grandeur y el orgullo francés. En esto llegó un ministro socialista de negro recuerdo para la industria vinícola. Claude Evin legisló entonces, sino en contra del vino, si a favor de la salud de los franceses restringiendo la publicidad del vino y prohibiendo que los anunciantes ligasen al vino palabras o imágenes seductoras. Absurda manera de condenar al olvido uno de los productos que más se identifican con la cultura y el modo de vida de nuestros vecinos.

La previsible cosecha de esta patochada propia de un ministro de Sanidad socialista ha tardado una generación en recogerse. El consumo de vino se ha reducido casi a la mitad en los últimos 25 años; de 100 litros por habitante y año a sólo 58. Los franceses no han dejado, por lo demás, de ingerir alcohol. Nuestros vecinos se beben trece litros y medio de alcohol puro al año, medio litro más que los alemanes y tres litros más que los británicos. La diferencia es que los hábitos de consumo de alcohol de los franceses son mucho más civilizados que los de los del otro lado del canal de la Mancha. El hecho es que, una vez más, se constata cómo una ley sin sentido consigue el efecto opuesto que persigue, porque los franceses que han dejado de beber el distinguido vino de su tierra se han pasado en masa a otro tipo de espirituosos menos tradicionales y algo más severos con el hígado. Partiendo de que un consumo moderado de vino lejos de ser perjudicial es harto beneficioso para la salud, la legislación francesa sobre la promoción del vino es una estupidez que no beneficia a nadie y perjudica a muchos.

Pero no sólo las leyes juegan en contra de los viticultores franceses. Vinos hasta hace poco desconocidos han invadido el mercado europeo. Caldos de excelente calidad provenientes de California, Chile, Argentina o Sudáfrica se han hecho un hueco en los pasillos de los supermercados y en las cartas de los restaurantes. Los californianos han demostrado un dominio del marketing absoluto, tanto que algunos bodegueros de Languedoc han requerido los servicios de expertos en mercadotecnia vinícola venidos de la inculta California. Todo para dar a sus botellas una buena salida al mercado. Los viticultores galos que hasta ahora no se habían preocupado de los consumidores porque consideraban que su vino era el mejor, se están empezando a dar cuenta que lo bueno no sólo tiene que serlo sino, además, parecerlo.

La exportación también se ha resentido, los bodegueros colocan en el exterior menos botellas que nunca acuciados por la competencia. A los tradicionales vinos de España e Italia se han sumado los provenientes de América y Oceanía. En 2000 la Unión Europea importaba 2,7 millones de hectolitros, el año pasado esta cifra llegaba ya a los 9 millones. La globalización del vino se va haciendo realidad. Los consumidores europeos quieren beber buen vino y no pagar demasiado por él. Los franceses no son una excepción. Algunos ya hablan de convertir al vino galo en una “excepción cultural” parecida a la lengua o a las obras de Moliere. Si semejante disparate llega a convertirse el Ley, el legendario vino de Francia habrá firmado su certificado de defunción, y no precisamente por los efectos de una generosa cosecha como la que se espera este año.

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