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Sentido común

Todavía se puede ver en la página web de la Confederación Nacional del Trabajo un banner en el que, para promover la jornada de 30 horas semanales, anuncia que “trabajando menos, trabajamos todos”. Para dar cuerpo al eslogan ofrecen al lector un “documento” donde se justifica la oportunidad y las bondades de esta reivindicación. La CNT, es decir, la carcundia hecha sindicato, considera que como el trabajo es limitado hay que repartirlo. A la fuerza naturalmente y manteniendo los salarios. Y la patronal, que se chinche. Conmovedor.

Quizá el caso de la CNT sea extremo, no todas las centrales sindicales viven en ese país de nunca jamás del que todavía no ha salido el anarcosindicalismo español, pero da fe de cómo se extiende en el tiempo y en el espacio una falacia que, por tonta, no merecería siquiera un comentario. En Alemania, país eminentemente industrial donde el sindicalismo ha hecho siempre su agosto a costa de los trabajadores, las cosas están empezando a cambiar, y no porque las cabezas pensantes de los sindicatos hayan dejado de leer a Kropotkin, sino porque no les queda más remedio. O vuelven a poner los pies en la tierra o se quedan sin clientela de la que vivir.

A principios de año unos 25.000 trabajadores de Siemens se lanzaron a la calle para protestar por la estrategia corporativa que habían diseñado los directivos. Estos trabajadores, como casi todos en Alemania, no son el lumpenproletariat del que hablaban los marxistas de hace ochenta años, sino acomodados operarios de clase media que disfrutan de todo tipo de privilegios sociales y laborales. ¿Qué hacían en la calle? No se quejaban de sueldos de hambre o de jornadas extenuantes de sol a sol sino de los planes de la empresa de trasladar parte de la producción a Hungría, y con ella sus carísimos y conflictivos puestos de trabajo. A pesar de la algarada callejera el presidente de Siemens, Heinrich von Pierer, no se amilanó. O se trabajaba más o se llevaba la fábrica.

Ante la solidez de los argumentos ofrecidos por von Pierer al responsable de IG Metall, Jürgen Peters, no le quedaron muchas opciones, se sentó a negociar con la empresa y, tras aceptar la vuelta a la jornada de 40 horas, obtuvo el compromiso de la empresa de quedarse en Alemania a hacer lo que lleva haciendo desde hace siglo y medio, es decir, generar riqueza, empleo y beneficio para sus accionistas.

El ejemplo no ha tardado en cundir y extenderse como la pólvora por media Alemania. A los pocos días la Phillips de Hamburgo anunció su intención de abandonar la jornada reducida, Mercedes en Stuttgart ofreció a sus trabajadores un trato parecido; o le dedicaban a la empresa cinco horas más cada semana o la empresa se iba a Sudáfrica. En Volkswagen y Opel han abierto negociaciones con los sindicatos en la dirección inversa a como lo hicieron hace unos años. La sensatez parece que empieza a regresar a las relaciones laborales de la mayor economía de Europa.

Alguien tenía que hacerlo, y no ha sido precisamente un político, sino un empresario sereno y consciente de que la empresa privada es el germen de la prosperidad y el termómetro que indica la salud, buena o mala, de una economía. Algunos como el apesebrado Manuel Pozo del diario Expansión, con los dos pies en el siglo XX y la cabeza en el XIX, aseguran que estamos ante imperdonables “chantajes industriales”. Otros hablan del fin de unas largas vacaciones en la industria europea, que cada vez es menor porque cada vez es menos competitiva. El ejemplo de von Pierer, que sin levantar la voz ha salvado varios miles de empleos, es sin embargo algo mucho más sencillo de definir, es, simplemente, sentido común, algo de lo que esta decadente y vieja Europa está cada día más necesitada.

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