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La patochada laica

La televisión, que es muy dada a este tipo de carnavales cuando no tiene suficientes noticias de envergadura para manipular, nos sorprendió este fin de semana con una ceremonia que era, cuando menos, digna de faldón de portada de un diario sensacionalista de esos que abundan por las islas británicas y que suelen detenerse en todo lo bizarro y friqui que esta sociedad nuestra ofrece.

El protagonista era un niño de cinco años, un tal Marcel Planell, al que sus padres han decidido ahorrarle el trámite eclesiástico y darle sus primeras aguas en el consistorio. El ritual –laico naturalmente– lo ofició el alcalde de la localidad, un político independiente de la Entesa por Igualada, y consistió en un par de lecturas y una intervención de la madre de la criatura agradeciendo al munícipe el gesto de dar la bienvenida a su vástago en la comunidad. En un ambiente supongo que tolerante, plural, solidario, es decir, modernillo y progre, los familiares, padrinos y demás parroquia gorrona que se da cita en este tipo de eventos, celebraron por todo lo alto la entrada del pequeño Marcel en la comunidad de vecinos. Entrañable.

Lo de los bautizos civiles no es, sin embargo, algo que se hayan inventado en Igualada. Ya el alcalde de Barcelona lo intentó hace unos años en la Ciudad Condal. Encargó que se seleccionasen los textos y la música y que algún catequista cursi de la nueva fe laica diese forma al rito. Después se echó para atrás, dicen que por temor a la reacción de la Iglesia. El edil barcelonés había recogido la idea de la localidad catalana de Alella que, un par de años antes y gracias a un regidor con ínfulas de San Juan Bautista, hizo desfilar a treinta niños por el ayuntamiento en los nueve meses que el bautizador alcalde estuvo al frente de la corporación. A más de tres por mes, toda una demostración de que la política municipal sirve para algo más que el trampeo inmobiliario y las multas de aparcamiento. Tras el cese del alcalde, la edificante experiencia no se ha vuelto a repetir en Alella, la sociedad, simplemente, no lo demanda. Quien quiere bautizar a su hijo va a la iglesia, quien no, lo celebra en casa. Tan sencillo como eso.

Los valedores del invento prefieren no obstante evitar eso de “bautismo civil”. Para referirse a este tipo de ceremonias prefieren el más aséptico “Acto de bienvenida a la comunidad” o el más burocrático “Ceremonia civil de imposición de nombre”. De manera que lo primero ya se realiza en la familia, y lo segundo es, en principio, privativo de los padres –y acaso de algún que otro entrometido abuelo– desconozco la razón por la cual se ha metido a los funcionarios en todo este asunto. Para ser ciudadano no es, a mi humilde juicio, necesario que un señor, por muy alcalde que sea, otorgue carta alguna de ciudadanía. Y para que a uno le pongan un nombre –aunque sea feo- no veo yo que tenga que ser delante de una barahúnda de curiosos ahítos de consagrar su fe ciega en el dios Estado.

Hasta hoy el que no quería bautizar a su hijo no lo hacía, a nadie, que yo sepa, le obligaban a ello. Mi padre, por ejemplo, pensó que lo mejor era no hacerme pasar por la pila bautismal y que yo, llegada la edad, eligiese si ingresaba o no en la comunidad cristiana. En la civil ingresé el mismo día en que me inscribieron en el registro. Desde entonces soy ciudadano, español para más señas. En la primera no he entrado nunca, de la segunda estoy pensando seriamente en pedir la baja voluntaria, si me deja el alcalde, claro.

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