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Así las gasta la izquierda

Estás lleno de gasolina y nosotros tenemos la cerilla. La podemos arrojar cuando nos dé la gana”. “Quiero que sepas que en la Ejecutiva de mi partido [PSOE] hay gente que piensa que hay que llevarte a los tribunales; otros creen que es mejor no hacer nada, y hay quien dice que lo mejor es llamar a tu casa para decir que sabemos en qué colegio estudian tus hijos” (Miguel Ángel Sacaluga, consejero de RTVE metido a comisario político).

Se me encogió el alma al leer éstas y otras tantas amenazas que el consejero de RTVE Miguel Ángel Sacaluga profirió al que hasta abril del pasado año fue director de Informativos de Televisión Española. Ya sabía que la izquierda en general y el PSOE en particular llevan muy mal eso de que les lleven la contraria, pero verlo así, escrito, sacudió mi conciencia. Son dos simples fragmentos de la inmisericorde persecución que el Partido Socialista y su grupo mediático emprendieron contra un simple periodista durante dos largos años.

El periodista, por fortuna, sigue vivo y se llama Alfredo Urdaci. Acaba de publicar un libro que todavía estoy tratando de encuadrar en el género de memorias o en el de denuncia. Lo que creo fuera de toda duda es que se trata de una reivindicación personal que no va a dejar indiferente a nadie y que va a alterar la tensión a más de uno en la sede del partido que hoy gobierna España.

El libro, concebido por el autor como un merecido derecho a réplica, comienza por las convulsas jornadas de marzo, cuando, tras las bambalinas de la inmensa tragedia que padeció la Nación, toda mentira fue posible. Esos tres días que ya son un jalón imprescindible para comprender la España actual fueron, además, el gran acto final del extraordinario tinglado de agitación y propaganda que montó el PSOE y su entorno de medios afines durante la segunda legislatura de Aznar.

Alfredo Urdaci lo vivió en primera línea y se convirtió en el espantajo predilecto, en el chivo expiatorio, en la cabeza de turco idónea que los socialistas, desde sus privilegiadas tribunas, agitaron sin cesar. “Se trataba de canalizar la energía del odio hacia un profesional que todas las noches, a las nueve, contaba las noticias”, apostilla Urdaci. Quizá fue ese su mayor error: contar las noticias, prestar su busto parlante a la cámara todas y cada una de las noches que tiene la semana. Era la víctima perfecta.

Alfredo Urdaci (no le conozco personalmente, pero considero que practica este viejo oficio con dignidad) tiene algunos defectos que la progresía considera imperdonables: es católico –practicante, para más inri–, se peina con raya, acostumbra vestir unos estupendos trajes gris marengo, no es de izquierdas y, lo peor de todo, cometió el tremendo desliz de aceptar la dirección de informativos de la cadena de televisión más vilipendiada de España.

Miguel Ángel Sacaluga.Sin más pecados que los que acabo de citar, en el decurso de dos años un periodista prácticamente desconocido, que venía de la siempre anónima Radio Nacional, se metamorfoseó en una bestia parda, en el personaje más odiado de la pequeña pantalla, en el villano del informativo sobre el que toda invectiva –aun inventada– se quedaba corta. Y todo por no seguir al pie de la letra un guión que querían que tomase al dictado desde Ferraz.

Los hombres de Pepiño Blanco, cronómetro en ristre, calculaban los minutos y segundos exactos que los telediarios dedicaban al jefe Zapatero. Aunque éstos se ajustasen escrupulosamente a lo que le tocaba al líder de la oposición, nunca bastaba; para el PSOE era cuestión de mensajes. “Si quieres vivir tranquilo, si quieres evitar el acoso y las batallas, si no quieres que hagamos sangre contigo, nos tienes que dejar colocar los mensajes que nos interesa difundir”, le dijo en cierta ocasión Miguel Ángel Sacaluga, impecable correa transmisora de Ferraz a la par que obediente consejero de RTVE a propuesta del Partido Socialista.

Si el director de informativos no escogía la tranquilidad propuesta por Sacaluga, es decir, “si persistes en hacer lo que te dé la gana, cuando dejes TVE te vamos a pedir informes al Tribunal de Cuentas y no te vamos a dejar en paz allí donde estés”. Resumiendo; como con María Antonia Iglesias pero sin María Antonia Iglesias. El PSOE había perdido el control del Ente, pero no se resignaba a dejar de utilizar el telediario de las nueve como vocero de sus consignas.

El frente exterior lo complementaba a la perfección uno interior, dentro de TVE, nutrido por buena parte de los cuadros de Comisiones Obreras y por un pretencioso Comité Antimanipulación que marcaba de cerca al responsable de informativos. Las campañas del Prestige y del No a la Guerra, perfectos exponentes del revuelto panorama político que la izquierda se empeñó en dibujar a lo largo de 2002 y 2003, encontraron su eco dentro de la casa. Si las críticas arreciaban desde fuera, las zancadillas desde dentro eran aun más dolorosas.

Como resultado, el descrédito y el ninguneo por parte de gran parte de la opinión pública. Su imagen, que por seria y acicalada no da demasiado juego a las bromas, se convirtió en objeto recurrente de chistes, parodias televisivas y toscos comentarios radiofónicos. Y lo cierto es que el personaje, mirándolo fríamente, abstrayéndose de la caricatura deforme que presentaban sus omnipresentes y altisonantes detractores, no se merecía semejante trato.

Alfredo Urdaci, como cualquier periodista, como cualquier director de informativos sometido a mil presiones, incurrió en multitud de tropiezos, pero en ningún momento se hizo merecedor del sambenito que terminó colgado de su cuello.

Televisión Española nunca ha sido, por su intrínseca condición de cadena de titularidad pública, un ejemplo de imparcialidad. No puede serlo en tanto que sus gerentes y responsables sean elegidos por el partido en el Gobierno. Los que mandan han pretendido –como es lógico, por otra parte– sacar la mejor tajada de una audiencia fiel y de unos medios con los que no cuenta ninguna otra emisora.

El Partido Popular, sin embargo, ni se acercó al PSOE en el uso y abuso propagandístico de esta eficaz herramienta. Eso lo sabe cualquiera; cualquiera que no padezca amnesia, claro. No queda tan lejana la vergonzosa televisión a la carta de Moncloa que en la década de los 80 perpetraron a dúo Calviño y Alfonso Guerra. O la del tardofelipismo decadente, cuando todos los escándalos protagonizados por los prebostes del PSOE encontraban justificación.

Urdaci fue, en todo caso, un aprendiz, un pasante inexperto en el extraordinario bufete de información oficial que ha sido siempre la televisión que pagamos todos. Su problema, sin embargo, fue muy otro. No sabía con quién se estaba jugando los cuartos. Desconocía que los niveles de indecencia a los que es capaz de llegar el socialismo cuando ansía el poder tienden siempre al desbordamiento. Los unos tenían bien claro lo que querían y el modo de conseguirlo; el otro se preocupó de informar –a su manera, cierto es– y de lidiar un morlaco de media tonelada que acabó por arrollarle.

Alfredo Urdaci, Días de ruido y furia. La televisión que me tocó vivir, Barcelona, Plaza & Janés, 2005, 351 páginas.

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