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El efecto chiringuito

Hace cosa de un mes, Jesús Caldera, que, para el que no lo sepa, es el ministro de Trabajo, viajó a Moscú. Hasta aquí perfecto, un miembro del Gobierno de visita en otro país. Pero, ¿qué hacía Caldera en Rusia?, ¿con qué objeto se desplazó hasta un lugar tan lejano en pleno mes de enero? Por la tele no han dicho nada y eso es motivo suficiente para que cualquier observador que sea un pelín desconfiado eche mano de aquel viejo refrán que dice “piensa mal y acertarás”. Y acerté. Caldera se fue hasta Moscú a perder el tiempo. Exactamente a comunicar personalmente a los pocos “niños de la guerra” que quedan aún con vida que el Gobierno les va a subir la pensión.

Para eso, que ya se lo había anunciado Zapatero semanas antes, no hacía falta irse tan lejos y desatender las obligaciones en Madrid que, siendo uno ministro, deben ser muchas y mucho más urgentes. Bien podría haberles enviado una carta timbrada y firmadita de su puño y letra. O, metidos en modernidades, haber congregado a la colonia -que no llega a 600 ancianitos- en la embajada española y haber puesto una videoconferencia desde España. Magno evento que hubiera tenido un remate perfecto en algún salón de la legación moscovita con unos pinchos de tortilla y un vinito español. A Caldera, sin embargo, parece que le sobra el tiempo. Y no sólo eso. El ministerio que regenta también anda sobrado de dinero, de amistades y de cara dura. Porque Caldera no se fue de viaje con un secretario, un asesor y un par de escoltas. Al ministro le acompañó una tropa de 100 personas, tantos que hubieron de tomar prestado el avión del Rey.

La comitiva, que se alojó en hoteles de lujo, estaba compuesta por políticos y periodistas, estos últimos provenientes en su mayoría de Castilla y León, región natal del ministro por lo que la tostada está a la vista para quien quiera olerla. Lo del archivo habrá que taparlo de algún modo, aunque sea sorteando un viaje entre los periodistas salmantinos. Como en el 123 pero con nuestro dinero. La broma nos ha costado casi 300.000 euros, unos 50 millones de pesetas, que han salido de su bolsillo. Una minucia ciertamente, pero si esto es lo que se gastan para una idiotez patrocinada por el ministro, que no harán cuando se despache un asunto de mayor envergadura.

El viajecito de Caldera, que ha quedado para estos arreglos después de ver como le pisaban sin piedad la soñada vicepresidencia, es la penúltima demostración de cuál es el concepto que ciertos políticos tienen del oficio más vilipendiado del mundo. El país es su chiringuito privado en el que hacen y deshacen a placer. El dinero no es problema, hay de sobra. La honra, bueno, la honra una vez perdida ya no vuelve a importar lo más mínimo. Y el que dirán, pocos se preocupan de eso, y más cuando a los encargados de contar sus correrías los tienen de su lado. Los capitanes del felipismo confundieron España con una caseta de la feria de Sevilla y así nos fue. Restaurados en la poltrona lo suyo es que vuelvan por donde solían. Ya anticipó Leire Pajín el cambio de tendencias dándose un garbeo caribeño el verano pasado a lomos del Airbus oficial del monarca. La finca es suya y, a poco que nos descuidemos, amén de hacer un uso intensivo de la misma, se la llevan puesta. El efecto chiringuito es poderoso, casi irresistible y, lo mejor de todo, las rondas y el aperitivo siempre los paga el mismo.

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