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Políticamente incorrecto

Carlos Rodríguez Braun es algo más que un simple economista y bastante más que un anodino catedrático de una universidad pública. Y lo mejor de todo es que no desperdicia ocasión de demostrarlo. Junto a su obra académica, sesuda, dirigida a especialistas en la materia, Rodríguez Braun ha espigado lo mejor de su argumentario liberal para regalar al mercado dos o tres títulos de esos que merecen la pena ser leídos por los que no somos economistas ni catedráticos y no tenemos intención alguna de serlo.

El último libro de esta producción para legos es un breve y atípico diccionario; breve, porque no llega a las 160 páginas, y atípico porque se titula, sin complejo, Diccionario políticamente incorrecto. Dice el autor que la corrección política es el santo y seña de nuestra época; “en estos tiempos modernos -remacha Rodríguez Braun- de progreso, democracia y libertad parece que siguen rigiendo los viejos cánones, y hay ideas que no se pueden pensar y mucho menos decir”.

No le falta ni un gramo de razón a este profesor, que ni es viejo ni es entrañable pero que tiene la manía de dar en la diana con casi todo lo que dice. Porque, efectivamente, en esta arcadia soñada donde casi todo es posible y a los apóstoles del progresismo se les llena la boca con la palabra “tolerancia”, pensar a contracorriente le puede salir a uno muy caro. Decir, por ejemplo, que el Foro Social Europeo es un camelo infame es incorrecto, porque todo el mundo sabe que no es así, que los foros sociales son pacíficas reuniones de idealistas que quieren cambiar el mundo. Recordar que el Estado del Bienestar consiste esencialmente en el bienestar del Estado es peor que incorrecto, es delito de lesa progresía; es, en definitiva, la vía más rápida para que la mitad de tus amigos dejen de hablarte. Plantarse y asegurar al interlocutor de turno que la Unión Europea no pasa de ser un simple proyecto burocrático para mayor gloria de los funcionarios que viven adosados a nuestra carótida es incorrectísimo, delicuescente y, además, prueba inequívoca de que uno ha dejado de ser persona para convertirse en un peligroso ultra. Ultraliberal, se entiende.

Porque en esto del lenguaje los serviles nos han ganado de mano la partida. Así, los prefijos y sufijos despectivos sólo son aplicables si uno es liberal o conservador. De ahí que sea muy usual escuchar eso de neoliberal o neocon pero imposible encontrarse en la prensa con un neosocialista o un neocomunista. Rodríguez Braun, por ejemplo, ha sido tachado mil veces de desalmado ultraliberal, mientras que Llamazares es un simple hombre de progreso. Rodríguez Braun no estudió en Cuba, Llamazares sí. Rodríguez Braun no ha defendido una dictadura en su vida, Llamazares lo hace cada día.

El socialismo, que a lo largo de su siglo y pico de historia no ha producido más que ruina, goza de la bendición de la lengua en su provecho. Se llaman “progresistas” los que abogan exactamente por lo contrario al progreso, a no ser, claro, que el progreso se entienda única y exclusivamente en la parte que toca a la moral. Defender el crecimiento económico, la apertura de mercados, el desmantelamiento de aranceles o el fin de los monopolios públicos no es progresista; lo progresista es lo contrario. En cambio, felicitarse por la cantidad de familias monoparentales que hay en las sociedades occidentales es el colmo de la modernidad. Si algún incorrecto como don Carlos precisa que eso es preocupante, que se trata de algo propio de una sociedad que decide suicidarse, eso indica que don Carlos es un carca sin remedio y un enemigo de las “libertades civiles”.

El uso magistral del lenguaje y el abuso del viejo mecanismo del reflejo condicionado nos ha conducido a la situación actual. Lo privado es malo y lo público bueno, el empresario es sospechoso mientras que el funcionario es un ser benefactor que sólo mira por los demás. El matrimonio es una “anomalía impuesta por una tradición cavernícola” siempre y cuando sea entre personas de distinto sexo; si deciden contraerlo dos homosexuales, entonces se trata de una conquista social irrenunciable. El maridaje entre el socialismo liberticida de toda la vida con el progresismo de bragueta de nuevo cuño es el caldo donde cría la corrección política.

Rodríguez Braun ha hecho un recorrido de su geografía léxica, que es más rica de lo que uno piensa. En ocasiones duele ver cómo se ha llegado a pervertir el lenguaje, y en otras no queda más remedio que reír a mandíbula batiente, especialmente con algunas entradas en las que el autor ha destilado agudeza e ingenio. Así, la ciudad es ese “infierno donde todo el mundo quiere vivir”, las cumbres internacionales son esos lugares “donde van señores que jamás se pagan su billete con su dinero”, los expertos son aquellos individuos que dicen “a los políticos y a los grupos de presión lo que quieren oír”.

El curioso diccionario de Rodríguez Braun es, aparte de un saludable ejercicio de contestación, uno de esos libros que merece la pena tener a mano para consultar su nutrido índice onomástico, que, créame, no tiene desperdicio. Una obra, en definitiva, que debería sentar precedente y servir de modelo para que otros liberales rompan el tabú de la corrección política y hagan como don Carlos, es decir, empiecen a llamar al pan, pan y al vino, vino.

Carlos Rodríguez Braun, Diccionario políticamente incorrecto. Madrid, LID Editorial Empresarial, 2004, 159 páginas.

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