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¡Párelos!

Cuentan que, durante la gran inflación de los años 20, las autoridades económicas de Austria pidieron ayuda al economista Ludwig von Mises para poner freno a una situación que ya se les había ido de las manos. Mises, cuyas recetas para el buen gobierno económico habían sido repetidamente ignoradas, se mostró dispuesto a colaborar y citó al ministro de Finanzas a altas horas de la madrugada junto a los muros del Banco Nacional. El ministro se quedó atónito, pero, dada la desesperación en que se encontraba, aceptó la extravagante invitación. A la hora convenida el profesor Mises se presentó solo y preguntó a sus interlocutores:

¿Qué es ese ruido tan persistente que se oye desde aquí?

A lo que el director del Banco Nacional replicó:

Son las máquinas del banco acuñando billetes, señor Mises.

El economista se detuvo un instante y sentenció con aplomo:

Pues bien, caballeros, si quieren ustedes poner coto a la crisis económica que nos aflige, párenlas.

Poco después, el Banco Nacional de Austria dejó de imprimir papel moneda y, como había predicho Mises, la crisis remitió. Desde entonces, ni los austriacos ni sus hermanos alemanes han vuelto a padecer el suplicio de la superinflación. Cosas de la memoria histórica, que, cuando quiere, hace mucho por evitar que los países caigan en errores del pasado.

La situación por la que pasa Alemania desde hace lo menos una década no es ni de lejos la de los años 20, pero bien les vendría a sus gobernantes que algún sabio como Mises les diese un consejo tan breve como el que éste regaló al ministro de Finanzas austriaco hace ochenta años. Porque si entonces el principal problema de Alemania era que sus políticos pensaron que el dinero valía lo que ellos decían, el de hoy es que Schröder y compañía consideran que expoliar a medio país para mantener al otro medio funciona y es casi lo único que se puede hacer.

Craso error. El problema de Alemania es simple: la población activa se mata a pagar impuestos para mantener a la pasiva, que, como no podría ser de otra manera, crece desmesuradamente. Ante semejante panorama, la inversión desaparece y se deja de crear riqueza. El Gobierno, alarmado por la recesión, intenta paliar los efectos enredando con leyes y normativas que no hacen sino prolongar la agonía.

Eso es, esencialmente, en lo que consiste el dichoso Estado del Bienestar, que en Alemania ha adquirido dimensiones mastodónticas. Como nadie lo pone en duda, con la excepción del minoritario FDP, a lo más que se llega es a diminutas reformas cosméticas que no atacan el fondo del problema.

Si el ministro Wolfgang Clement quiere corregir la derrota actual de Alemania y curar a su país de la gripe que padece, todo lo que tiene que hacer es desmantelar el Estado del Bienestar sin más demora, devolver a los alemanes todo el dinero que les ha confiscado y dejar los impuestos reducidos al mínimo. Así de sencillo. En menos tiempo del que piensa la inversión se recuperará, se creará empleo y los alemanes volverán a gastar tan alegremente como lo hacían hace veinte años.

Todo indica que no lo va hacer, y la antaño locomotora de Europa languidecerá hasta que un gigante del pensamiento como Mises cite a un ministro delante del Bundestag y le pregunte:

¿Qué es ese ruido tan persistente que se oye desde aquí?

A lo que el ministro responderá:

Son los diputados aprobando los presupuestos federales del año próximo.

El economista se detendrá un momento y sentenciará:

Pues bien, caballero, si usted quiere poner coto a la crisis económica que nos aflige, párelos.

Y la crisis remitirá.

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