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Derechas y derechos

No sé a usted, pero a mi escuchar a Zapatero me pone enfermo. Y no porque le tenga especial manía, que algo hay, sino porque ha llegado a ese punto en el que se me hace imposible seguirle más allá de los cinco primeros minutos. Felipe González tenía sus cosas; era pesado, reiterativo y demagógico hasta la náusea pero reconozco que disponía de un fascinante encanto de vendedor de coches usados. A José María Aznar no le acompañaba ni el timbre de voz ni el aspecto físico, además, como es de natural serio y poco dado a la cháchara no solía explayarse demasiado. Es una pena que de los discursos de Adolfo Suárez no me acuerde, porque, por lo que he visto después, eran de lo mejorcito que ha dado la pobre oratoria de la democracia.

Zapatero está en las antípodas no de Suárez sino de Castelar, que vivió hace siglo y pico pero que era un hacha hablando en público, y ahí están transcritas sus intervenciones parlamentarias para el que quiera comprobarlo. En los tiempos en que Castelar hizo suyo el estrado del Congreso no existían los micrófonos, de manera que los oradores tenían que vérselas con la acústica del hemiciclo y hacer de sus discursos algo lo suficientemente entretenido para evitar que los padres de la patria se quedasen fritos en el escaño o, peor aun, que se pusiesen a hablar entre ellos. Tampoco existían los asesores, ni los de imagen que han dejado a ZP hecho un cromo, ni los técnicos, que es como se llama a los negros de toda la vida que se dejan los ojos escribiendo discursos. El político perpetraba el discurso a pelo. Y eso, claro está, tenía su embrujo. Zapatero es justo lo contrario. Puro artificio altisonante, bazofia retórica para consumo de adictos incondicionales. Porque, si nos ponemos a diseccionar cualquiera de los discursos del presidente del Gobierno, lo más probable es que no saquemos nada en claro. De un tipo que ha hecho del talante una categoría política o que se ha inventado chorradas tales como “ansia infinita de paz” o “cooperación civilizatoria” no puede esperarse nada serio. Argüirán en vano sus defensores que él no escribe lo que dice, que detrás hay un negro que le prepara las intervenciones. Es cierto, un negro pedante e inaguantable al que deberían haber echado de su casa hace tiempo, por cursi.

Lo peor, sin embargo, no es lo que ya conocemos sino lo que está por llegar, porque este hombre parece decidido a superarse cada vez que se encuentre frente a un rendido auditorio. En los últimos tres días se ha despachado a placer en el comité federal del partido y en una cosa rara que le organizaron sus fieles el lunes por la tarde. Entre ambas ha nacido una nueva consigna, que es a lo que queda reducido el zapaterismo por más que uno intente buscarle contenido. La aguda invención se resume en lo siguiente: “después de ocho años de derechas hemos tenido un año de derechos”. Toma ya. Y después de soltarlo se quedó tan a gusto. Se fue con Sonsoles en el Audi Castellana arriba y durmió a pierna suelta. Para que luego digan que el poder estresa.

Con los socialistas reinstalados en la poltrona no sólo vamos a ver cómo nuestros bolsillos merman, cómo la nación se desmonta a piezas o cómo desaparecen del mapa todos los que osen criticar al que manda. Con esta gente al timón podemos ir desde ya preparándonos para aguantar fanfarrias y cursiladas al por mayor. Para compensar el sacrificio siempre nos quedará el recurso de ir recopilando con paciencia de musivario todas las majaderías que ZP vaya soltando por ahí, que serán muchas, para recopilarlas en un libro que bien podría titularse “Zapatereces y olé, un zapatillazo al sentido común”. Reto a mis muy admirados y valientes compadres de Red Liberal a ir haciendo acopio de originales. Quizá hasta merezca la pena dejar para la historia tanta estupidez.

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