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La bodeguita del Medio

Muchos teníamos noticia de la extraordinaria historia del ron Bacardí y de su heroica resistencia a las imposiciones de la tiranía castrista. La célebre destiladora de ron, fundada por el español Facundo Bacardí en tiempos de la colonia, se negó a ser absorbida por el Estado y emigró con su marca y todo su saber hacer a la isla vecina de Puerto Rico. Desde entonces La Habana no ha escatimado esfuerzos, ni propagandísticos ni judiciales a través de mil pleitos, para amargar la existencia a la centenaria marca de ron, acaso la más famosa, dinámica y mejor considerada de cuántas nacieron en la Isla antes de que fuese secuestrada por la cuadrilla barbuda de Fidel Castro.

Dejando a un lado a los fanáticos que defienden a capa y espada la revolución, lo cierto es que mucha gente se sigue preguntando por qué los jerarcas del régimen siguen erre que erre con una simple empresa que se dedica a hacer ron. El castrismo, como cualquier dictadura comunista que se precie, se considera legítimo propietario de todo lo que hay en Cuba. De la vida y hacienda de sus habitantes y de, naturalmente, todo lo que los cubanos hayan hecho en el pasado, hagan en el presente o tengan pensado hacer en el futuro. Por si alguien a estas alturas lo desconocía, esa misma es la naturaleza del comunismo. Bacardí, que nada le debe a la revolución, es, en el imaginario de los gobernantes cubanos, un patrimonio inseparable de la isla, es decir, que pertenece al Estado por el mero de que a Facundo Barcardí se le ocurriese fijar la producción en Cuba hace más de un siglo.

Tal delirio, muy propio de los que siguen emperrados con la idea de que el único titular legítimo de la propiedad es el Estado, no podía más que desembocar en el penúltimo culebrón que los picapleitos castristas han iniciado por medio mundo. Falta como está Cuba de casi todo, descapitalizada hasta el extremo, con su población flirteando con el hambre, la gerontocracia castrista ha resuelto que todo lo que hay en la isla, incluidos los nombres de los bares, les pertenece por derecho divino. En el casco histórico de La Habana hay una taberna muy conocida que en tiempos fue frecuentada por intelectuales, cantantes y escritores que, como Ernest Hemingway, hicieron del establecimiento uno de los puntos de reunión preferidos de la capital. Tal fama llegó a cosechar que su nombre, La Bodeguita del Medio, ha pasado a ser sinónimo de Cuba, de sus gentes y, sobre todo, del cóctel cubano más universal: el mojito.

En los inicios de la Revolución el castrismo despreció todos esos signos del capitalismo cubano decadente, y del mismo modo que nacionalizó los cabarets y persiguió a las estrellas de la escena cubana, no prestó demasiada atención a bares, tabernas y restaurantes que, como La Bodeguita, representaban la Cuba cosmopolita que tanto aborrecía Fidel Castro y los guerrilleros de Sierra Maestra, los mismos que traían para Cuba un brillante futuro de modernidad y socialismo. La Bodeguita del Medio fue expropiada a su dueño, Ángel Martínez, que, como Bacardí, también era español. Luego languideció durante años. La revolución no necesitaba de los oficios de un barman por muy buenos mojitos que preparase, mejor dicho, la revolución no iba a necesitar jamás de ese tipo de negocios que adormecían la conciencia revolucionaria.

Si Fidel Castro no hubiese llegado a viejo o si la Unión Soviética no hubiera colapsado tal vez La Bodeguita habría cerrado ya y el local sería hoy uno de los tantos bajos habaneros con los muros desconchados donde no se vende de nada porque de nada hay. El destino, sin embargo, ha querido que no haya sido así. Fidel ha tenido tiempo de llegar a carcamal, la URSS hace 15 años que pasó a mejor vida y la antaño gloriosa trilateral no es más que un sueño húmedo en las febriles pesadillas del tirano.

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