Lo último

La última de la Calvo

Cualquiera que tenga más de dos dedos de frente y que no esté chupando del bote de las subvenciones sabe perfectamente que el ministerio de Cultura no sirve absolutamente para nada. Tener una oficina sufragada con el dinero de todos no es garantía de que la gente lea más, ni que escuche más y mejor música, ni que acuda a exposiciones de arte. Esto es así aunque a la izquierda no le guste, y por mucho dinero que se meta en la caja del ministerio, la gente se culturiza en la medida que le viene en gana conforme a la escala de prioridades que tenga. Partiendo de aquí, que no es poco viviendo en un país donde lo cultural se ha fundido con lo social en impúdica amalgama, lo mínimo que se puede pedir es que, ya que el ministerio en cuestión existe, procure pasar desapercibido y que el nombre de su titular sea tan desconocido como el del primer ministro de Taiwán.

No tenemos esa suerte. Por un lado nos toca pagar a escote cada año un mamotreto que, insisto, no sirve para nada, y por otro, a la baranda del invento le gusta estar presente en todos los guisos para que no se nos olvide que el ministerio existe sí, pero ella también. La última de la Calvo –sí, de la Calvo–, que no nos ha dejado digerir siquiera lo de los planetas, ha sido pedir a las industrias culturales (sic) una reflexión porque, en España, lo económico está ahogando lo artístico. Desconozco lo que la Calvo entiende por económico, lo que entiende por artístico y lo que entiende por ahogar. Bueno, en rigor, no se hasta que punto la Calvo entiende algo más allá de cobrar a fin de mes y decir pavadas en cuanto se encuentra un micrófono delante.

Lo cierto es que, efectivamente, existe una relación cultura y economía, pero en el sentido opuesto al que pretende la Calvo. Cuánto más ricos son los habitantes de un país, más cultos son. Está a la vista. Los luxemburgueses son unos individuos económicamente afortunados. Gozan de la mayor renta per capita del planeta, unos 66.000 dólares al año. Ese dineral se lo gastan, entre otras muchas cosas, en cultura. De hecho, nadie se atrevería a afirmar que los súbditos del Gran Duque son unos zopencos. Y no porque se lo diga el ministerio del ramo, que hasta Luxemburgo se ha extendido esa fea costumbre, sino porque tienen atendidas otras necesidades más perentorias. En el otro extremo, los somalíes llegan de milagro a los 600 dólares al año y, aunque la Calvo lo desconozca, ocho de cada diez no sabe ni leer ni escribir. Así se escribe la historia.

Ni que decir tiene que el luxemburgués medio tiene a su disposición toda la cultura que crea menester consumir mientras que el somalí apenas sabe de oídas lo que es un libro. En el Gran Ducado se ha acumulado capital suficiente como para que sus ciudadanos se interesen por la cultura; en la desdichada república africana se vive con lo puesto, si es que se vive, claro. Una economía próspera, es decir, una economía libre no ahoga la cultura sino que la alimenta. Para un funcionario adorador del Estado como la Calvo, que es incapaz de ver más allá de sus narices, este es un particular de difícil comprensión. En sus delirios artísticos ve como un ejército de empresarios con chistera conspira contra la cultura hasta asfixiarla. Porque, en ese mundo de viñeta de El Jueves en el que habita la Calvo, la lógica del capital se impone sobre una ingente masa iletrada hasta que llega ella con su flamígera espada y desface el entuerto. De risa lo de la Calvo. Esperemos con paciencia la próxima, que está al caer.

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