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¿Participó Egipto en la guerra de Irak?

La intervención aliada en Irak ha obrado dos sorprendentes maravillas. La primera fue aventar del poder a un dictador corrupto y sanguinario posibilitando de paso la instauración de la primera democracia que conoce ese país en su historia. La segunda ha sido proporcionar una coartada universal al progrerío de toda Europa, especialmente al progrerío patrio, que tanto debe a la consigna “las bombas de Bagdad estallan en Madrid”. Desde que el combinado angloamericano hiciese su trabajo han pasado más de dos años. Irak no es un paraíso, indudablemente, pero es infinitamente mejor que cuando era una finca particular de Sadam y su familia Adams de asesinos que se rebozaban en su propia inmundicia. La realidad iraquí es esperanzadora, y eso a pesar de las escabechinas que cada mes perpetran los terroristas de Al Zarqaui, que por más que insista El País en presentárnoslos como insurgentes o resistentes no son más que matarifes que asesinan sin piedad a su propia gente.

Como lo que pasa realmente en Irak no interesa demasiado y las degollinas de inocentes son cada vez más difíciles de defender hasta por la prensa más servil, los capitanes del pensamiento único se han conjurado para congelar el mundo en 2003 y mantener vivo el mantra todo el tiempo que sea necesario. De este modo, los islamistas quedan parcialmente exculpados porque, claro, responden en realidad a una provocación previa, la de la guerra de Irak. Internet está lleno de artículos-soflama a caballo entre el delirio y la maldad en los que se dice comprender las causas por las que los terroristas de Madrid o de Londres matan a mansalva buscando la piedra filosofal de todo el entuerto en la exitosa campaña iraquí.

Los atentados de Atocha se lo pusieron fácil a estos catequistas de la desgracia ajena. La tesis principal, debidamente aliñada por los medios de masas, funcionó a la perfección en los dos días previos a las elecciones de marzo. El resultado de semejante operación de intoxicación masiva lo estamos paladeando ahora, lentamente, hasta que asistamos al segundo acto de la tragicomedia progre dentro de tres largos años. Para lo de Londres tenían ya la escopeta cargada y dispuesta para el tiro de gracia, pero no hicieron diana, al menos no dieron a quien querían dar. Esto no ha supuesto inconveniente alguno para que los de siempre sigan como papagayos repitiendo su repertorio de lugares comunes que, además de ser sandeces en toda regla, no están ni de lejos contrastados con la realidad. El hecho de admitir que los islamistas siembran el terror donde pueden y cuando pueden por la sencilla razón de que odian a Occidente se les indigesta.

Para explicar la matanza que esta madrugada ha llevado a cabo Al-Qaeda en una ciudad balneario de la península del Sinaí tendrán que hilar muy fino, tanto que corren el riesgo de que se les enreden los hilos en la tejedora. ¿Participó Egipto en la guerra de Irak? Parece claro que no, que, más bien al contrario, su Gobierno no fue excesivamente entusiasta con la idea de que los americanos regalasen la bendición de la democracia a un vecino. Mayormente por si el ejemplo cundía. Entonces, ¿por qué han cometido semejante atrocidad? La razón última hay que buscarla en la naturaleza misma del islamismo, la razón primera en que quizá sea fácil atacar un complejo turístico al que los europeos acuden a pasar sus vacaciones. Los portadores de la verdad revelada, los hijos del oráculo progre evitarán un análisis tan sencillo y buscarán la causa en la coartada número dos; la pobreza del tercer mundo. De nada servirá recordarles que los habitantes de Sharm el Sheik serán, desde hoy, más pobres porque pocos van a ser los turistas que se aventuren a viajar a esa ciudad. Dará igual, ellos son así. Sería un crimen dejar que la realidad les estropee un magnífico prejuicio.

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