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Normandía

6 de junio de 1944 – Normandía.- Unos trescientos civiles de nacionalidad francesa fueron asesinados ayer y un número indeterminado resultó herido durante las primeras horas de la invasión americana de Europa continental. La mayor parte de las víctimas francesas se debieron al fuego artillero desplegado desde la flota americana que trataba de golpear las fortificaciones alemanas en la costa antes de proceder al desembarco de miles de soldados en diferentes playas. Según fuentes del improvisado hospital situado en la localidad de Saint Mere Eglise la carnicería fue mucho peor de lo que franceses y alemanes se esperaban. “Estamos cayendo como chinches” dijo un testigo presencial que prefirió mantener su anonimato. “Los americanos han entrado como locos matando a diestro y siniestro, nunca pensé que llegase a decirlo, pero vivíamos mejor con Adolf Hitler”.

La invasión americana ha causado, según informan desde el frente, un serio daño medioambiental. El cuerpo del Ejército desembarcado en las playas va equipado de tanques, camiones y maquinaria de guerra pesada que ha destrozado varios kilómetros de línea de costa y miles de hectáreas de humedales de alto interés ecológico. Se cree que el hábitat del cangrejo perezoso, un endemismo de esta parte de Francia, ha quedado completamente devastado por lo que los biólogos han advertido ya de la posible desaparición de esta especie. Un representante de Bluepeace ha manifestado consternado que su organización había advertido de esta operación militar desde hace lo menos un año. “Este desastre no es más que otro ejemplo de la nula atención que los militares americanos prestan al medio ambiente”, “No nos cabe duda de que detrás del desembarco están los intereses del poderoso complejo industrial-militar protegido por la Casa Blanca” aseguró la portavoz ecologista Petra Hardface. Jacques Legabache, uno de los miembros del Gobierno francés en el exilio, dijo en la madrugada de ayer en una rueda de prensa convocada al efecto en un hotel neoyorquino, que la salvaje invasión atiende sólo a los intereses de las multinacionales americanas de la cerveza, sedientas de apropiarse de los mercados europeos. “Todo el mundo sabe que el presidente Roosevelt tiene su propia agenda y su propia clientela a quien dar de beber”, “una vez haya tomado las empresas alemanas establecidas en Francia, las cerveceras yanquis se harán con el mercado mundial”.

Fuentes oficiosas vinculadas a la administración Roosevelt admiten la dureza de la intervención basada, según ellos, en la información proporcionada por Albert Einstein, un científico alemán que envió una carta al presidente alertándole de la posibilidad de que los nazis estuviesen desarrollando un arma definitiva conocido como “bomba atómica”. Los efectos de semejante arma serían letales y causarían víctimas en una escala no conocida hasta la fecha. Una sola explosión causaría miles de víctimas y provocaría un devastador daño ecológico en la atmósfera. Hitler ha negado en repetidas ocasiones disponer de esa “bomba”, extremo confirmado por los inspectores internacionales desplazados al Reich por un periodo de dos semanas.

Poco después de que diese comienzo la invasión se ha tenido conocimiento de casos de abusos hacia los soldados alemanes capturados tras el desembarco, abusos que contravienen el Convenio de Ginebra sobre prisioneros de guerra. Entretanto, persisten los rumores sobre el supuesto mal trato que los alemanes están inflingiendo a la población judía de Centroeuropa en los llamados “campos de concentración”, pero todavía no hay nada probado.

Aunque lo parezca, no es una broma. Hoy, setenta años después del desembarco, esta noticia ficticia sería real, la llevarían todos los periódicos y muchos lo creerían a pies juntillas.

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