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La vitalidad de las palabras

amando-la-lengua-vivaQuién lo iba a decir entonces, hace más de cinco años, cuando este diario electrónico vio la luz por primera vez. Entre los tripulantes de aquella primera singladura estaba Amando de Miguel. Muchos han embarcado desde entonces, y Amando sigue a bordo, encaramado en lo más alto del palo de mesana, oteando las cambiantes aguas de este océano para el que aún no se han trazado los mapas. Su labor: escudriñar los entresijos de nuestra lengua, intercambiar impresiones y conocimientos con los que le escriben y, finalmente, mostrarlo en una columna, de lunes a viernes, todos los días del año.

En un principio el proyecto era menos ambicioso; simplemente, un pequeño comentario que se publicaba un día sí y un día no. Un buen día decidió incluir, al final del mismo, su dirección de correo electrónico, y nació una de las seccioncillas (por utilizar un término muy de su gusto) más célebres y visitadas de Libertad Digital. Hasta la fecha, ha tenido tres nombres: el primero fue ‘Letras y números’, al que le sucedió –durante mucho tiempo– ‘Errores y erratas’; finalmente, el que lleva ahora: ‘La lengua viva’, que es también el del libro que a publicado La Esfera de los Libros con la correspondencia que mantuvo Amando con sus lectores durante el año 2004.

Que la lengua es algo vivo no era ningún secreto para nadie. Como aptitud propiamente humana, la lengua pertenece a sus hablantes y se encuentra en continua mutación. De hecho, hablamos de lenguas muertas para referirnos al latín, al griego antiguo o al íbero. Y no están muertas porque de algunas de ellas se conozca poco más que el nombre, sino porque carecen de hablantes. El latín, en este aspecto, ha tenido más suerte. Es la lengua madre de un racimo de idiomas que se extienden por medio mundo, gracias a lo cual, en cierto modo, aquél permanece vivo y en continua transformación. ¿Qué es el español o el francés, sino latín modificado a conciencia por sus hablantes durante dos milenios?

La lengua, además de latir al ritmo de los tiempos, es uno de los temas de conversación más apasionantes. Es frecuente que nos pasemos horas comparando localismos, recordando palabras que han caído en desuso o, simplemente, discutiendo sobre cuál o cuáles son las lenguas propias de un país determinado.

De esto último en España sabemos mucho, y Amando de Miguel lleva cinco años dando cuenta de ello. Decir, por ejemplo, que el catalán es una lengua regional le ha costado duros imeils; sí, imeils, porque, como bien insiste Amando, “si decimos fútbol (el deporte mundial, la actividad que más une a los pueblos), no sé por qué nos vamos a negar a imeil”.

A fin de cuentas, los imeils o emilios de los lectores son la sangre que oxigena, a diario, la columna de Amando. La clave de ‘La lengua viva’ está en su interactividad. La información circula entre el lector, el autor y el resto de los lectores, por lo que se forma una pequeña comunidad de conocimiento compartido. La seccioncilla tiene sus habituales, un grupo de incondicionales que respiran, como el autor, auténtica pasión por la lengua; o por las lenguas, porque no sólo de castellano viven los libertarios digitales, tal y como ha bautizado Amando a sus lectores y corresponsales, uno más de los afortunados neologismos que han nacido en este espacio.

El latín de nuestros días, el inglés, tiene un lugar preeminente en ‘La lengua viva’. Pero lo que más ardores despierta entre ciertos libertarios es lo de las lenguas minoritarias. Y es que la lengua y la política están tan cerca que muchos terminan por confundirlas. El caso del bable o asturiano ha originado cientos de emilios, muchos de ellos inexplicablemente injuriosos. Con el gallego, el vascuence y, especialmente, el catalán ha corrido parecida suerte nuestro colaborador, que ha llegado a escribir: “Lo de Cataluña, me supera”. Estos extremos muestran hasta qué punto la lengua es, para muchos, bastante más que una herramienta para que la gente se entienda.

Pero por lo que ‘La lengua viva’ se ha hecho famosa desde sus inicios es por su labor de observación del uso (y abuso) que hacen del idioma quienes más lo utilizan a diario, es decir, los políticos y los periodistas. Amando de Miguel ya venía entrenado. Su libro La perversión del lenguaje fue un superventas, y hoy sigue concitando polémica. Los que más deberían cuidar y mimar la lengua son los que más la castigan. Los periodistas, quizá por falta de tiempo, o porque en las facultades ya no se presta tanta atención al cultivo del idioma, materia prima, por otro lado, del trabajo periodístico. Lo de los políticos discurre por derroteros bien distintos. Amando creó hace años un afortunado neologismo para referirse al subproducto lingüístico con el que trabaja la clase política: el politiqués lo llamó, y el tiempo no ha hecho sino darle la razón.

Este libro que acaba de publicarse reúne los artículos de 2004. La seccioncilla, en su versión electrónica, sigue funcionando, y sus motores carburan a la perfección. Cada día una píldora, una reflexión inteligente y una conversación amena. Yo, que tengo la suerte de poder leer a Amando antes que nadie, creo que es, además de una de las mejores columnas de nuestro diario, una de las más originales y sustanciosas de la prensa en español.

Amando de Miguel: La lengua viva. La Esfera de los Libros, 2005. 330 páginas

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