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Una guerra perdida

La guerra que acaba de desatar el Gobierno contra el tabaco es una de esas guerras que tiene perdida de antemano. Por una sencilla razón: a los que fumamos nos gusta hacerlo, y por más que nos lo prohíban seguiremos haciéndolo, caiga quien caiga y se pongan como se pongan. Los políticos lo saben, pero no se dan por vencidos, quizá porque algunos continúan creyéndose aquello de que el Gobierno vela por el bien común y demás necedades que nos graban a fuego en el colegio y que nos apuntalan en casa con singular eficacia.

El Gobierno, y esto creo que no es un secreto, no vela por el bien de nadie, sólo por el suyo propio. Ahora toca ponerse en contra del tabaco porque está de moda y considera que haciendo caso a los puritanos de la salud rebañará algún voto y podrá dárselas de moderno. Tan simple como eso. Hace 75 años la República se proclamó en el balcón de la Casa de Correos de la Puerta del Sol con un pitillo en la mano. En aquel entonces los próceres de la nación fumaban a calzón quitado, públicamente, sin temer a que un fotógrafo indiscreto les inmortalizase perpetrando el crimen. Azaña incluso se permitía la licencia de hablar mientras exhalaba el humo. Digno de ver, y eso que estaba en pleno Consejo de ministros.

Desde entonces las cosas han cambiado mucho. Al igual que antaño la gente vivía obsesionada con salvar su alma, hogaño nos desvivimos por llegar a viejos con el cuerpo intacto, como el de un chaval de 18 años. El cuerpo y la mente, ahí tenemos a Zapatero, que a punto está de peinar canas y su edad mental es, más o menos, la de un adolescente bobo que hace botellón los fines de semana en el parque del barrio.

Con todo, lo peor de la ley que nos acaban de atizar no es el hecho de que nos prohíban fumar aquí o allá (aquí, por de pronto, en la sagrada privacidad de mi hogar, estoy fumando tan ricamente), lo peor es que después del bofetón tenemos que dar las gracias. Porque el cuento no es que dejemos de fumar para no molestar al vecino. Eso me parece la mar de sensato. Nos quieren quitar el cigarrillo porque es malo para nuestra salud. Sí, la nuestra, no la suya. Y esto es intolerable. De mi salud me preocupo yo, de la misma manera que soy yo el que paga el desorbitado impuesto especial que llevan aparejadas las labores del tabaco.

Si todo lo que he pagado en ese concepto durante los últimos 13 años lo hubiese invertido en un fondo, hoy dispondría de una suma considerable, y dentro de otros 13 años de dinero suficiente para financiarme el mejor tratamiento para dejar de fumar que haya en el mundo. Si quiero, claro, porque, visto como está el patio, a lo peor por rebeldía me da por hacer como Azaña. Sin complejos.

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