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En torno a los impuestos

Los impuestos son un mal necesario e imprescindible para que el Estado pueda cumplir ciertas funciones. En eso casi todo el mundo está de acuerdo. El problema viene al fijar la cantidad de los mismos, es decir, cuánto se ha de detraer a los ciudadanos y empresas, y las funciones que éstos tienen que atender. He aquí la madre del cordero.

El paradigma keynesiano, el que dio lugar en lo político a la socialdemocracia, se inclina por impuestos altos y un gran abanico de competencias estatales. De este modo, una parte de la población trabaja, esencialmente, para satisfacer tributos, mientras otra vive de ellos por obra y gracia de las transferencias estatales. El sistema, que, aparentemente, parece equilibrado y funciona como un reloj, está sin embargo condenado al colapso. Y no es un artificio teórico, sino una doliente realidad, ocasión hemos tenido de padecerlo en nuestras carnes en los últimos 50 años.

Los impuestos altos desincentivan la producción. Cuando una empresa destina una parte siempre creciente de lo ganado al fisco, no está haciendo una labor caritativa desprendiéndose de algo que le sobra, sino descapitalizándose de un modo innecesario. Es habitual que las empresas tengan ejercicios buenos y otros malos conforme a la coyuntura del mercado y a las decisiones empresariales que sus dueños hayan tomado que, como es obvio, no tienen por que ser necesariamente sabias.

Si el emprendedor ha de entregar al Estado un alto porcentaje de los beneficios obtenidos en los años buenos, tendrá que afrontar los malos con una merma considerable de capital. Esto disuade de iniciar nuevas inversiones o, sencillamente, las hace imposibles. Como resultado final, las empresas se esclerotizan y sucumben o, las más avisadas, buscan refugio en otros mercados con una fiscalidad más benigna o en los célebres “paraísos fiscales”, que son en realidad lugares donde el Estado incordia lo mínimo. El hecho es que la riqueza que podría haberse creado sale por la ventana. Es el coste oportunidad de los voraces aparatos fiscales a los que son tan dados los socialistas. Es algo que no se ve, de ahí que sea difícil cuantificar.

Si no existe capital para impulsar la inversión privada, la única que merece tal nombre –la pública es, por lo general, simple dilapidación-, la actividad económica se resiente con su corolario de desempleo, dependencia de los subsidios y un nuevo giro de tuerca en la presión fiscal. Un círculo vicioso que conduce irremisiblemente a la miseria.

En los individuos el efecto de los impuestos es aún más explícito. Si la renta personal se grava de un modo confiscatorio, los mejores, los más productivos se largan y el resto busca la manera de pagar lo menos posible o de no pagar, esto es, de defraudar a Hacienda. La consecuencia más habitual es que, a pesar de que las retenciones suban, los ingresos estatales van a menos, la famosa curva de Laffer, de la que muchos políticos parecen no haberse enterado. Y es que, aunque nos hayamos acostumbrado a ello, es difícil de entender la razón por la cual hemos de trabajar 5, 6 ó 7 meses para el Estado.

Si, en lugar de insistir en mantener los impuestos por las nubes y rebañar hasta el último céntimo de los ciudadanos, el Estado fuese más razonable, la actividad económica se dispararía. Tan reactiva es la sociedad que, cuando un Gobierno decide rebajar ligeramente los impuestos, los efectos beneficiosos se dejan ver en muy poco tiempo. Eso, claro, sería pedir demasiado a los que siguen pensando que, Hacienda, somos todos.

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