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El desastre de la Gran Armada

En la década de 1580 las coronas de España y Portugal se unieron sobre la cuadriculada cabeza de Felipe II, haciendo bueno aquello de que, en los dominios de éste, nunca se ponía el sol. Por esa misma época, y sin tanta lírica, un comerciante inglés metido a pirata hacía su agosto en el mar Caribe. Se trataba de Francis Drake, el Draque, tal y como le nombraban, no sin cierto resquemor, los colonos españoles en las Indias.

Aparecía de improviso frente a un puerto español indefenso, desembarcaba a cañonazo limpio y la marinería se entregaba durante días al pillaje. Cuando ya no quedaba nada que robar o incendiar, sus hombres volvían a los barcos y tomaban rumbo a Inglaterra.

En 1586, tras una triunfal gira pirática en la que había dado la vuelta a América saqueando las colonias españolas, le tocó el turno a Santo Domingo y la Florida. Vino a ser la gota que colmó el vaso. En Madrid, el Rey Prudente, cuyas armas eran temidas y respetadas en todo el orbe, dijo basta. No podía poseer el mayor imperio que jamás había existido y tolerar la rapiña sin tregua de un delincuente luterano a quien la reina Isabel, en el mismo puente del navío desde el que perpetraba sus fechorías, había hecho caballero como premio a sus indecencias.

Algo había que hacer, y pronto. Un año más tarde, la escocesa María Estuardo fue decapitada por orden de Isabel, que sería virgen pero no boba. Una ruindad más que sumar a la cuenta de una soberana que se jactaba de ser enemiga de España, o amiga de sus enemigos, que viene a ser lo mismo. Felipe II, persuadido de la necesidad de aplicar un correctivo a Inglaterra, pidió consejo a Álvaro de Bazán, héroe de Lepanto y uno de los marinos más respetados de Europa.

Bazán resolvió que la única solución pasaba por invadir la isla, desalojar a la reina –restaurando, ya de paso, el catolicismo– y colocar en su lugar a un monarca afín a los intereses del rey de España. Sobre el papel el plan salía por un pico, pero era perfecto. Una gran flota, la mayor que jamás hubiese visto el mundo, partiría de España, recogería tropas en Flandes, cruzaría el Canal de la Mancha y remontaría el Támesis para entrar en Londres al mismo son que el Draque en Cádiz sólo un año antes. Tan perfecto que no podía salir bien.

Felipe II.Tan claro debió de verlo el rey que mandó que los preparativos se hiciesen inmediatamente, no sin antes haber recortado el presupuesto: que donde comen dos comen tres, ya se sabe. Se armó una fabulosa flota, compuesta por 130 barcos, a la que se dieron los nombres de Armada de Inglaterra y Gran Armada porque tanto barco junto no se había visto nunca. Eso de Armada Invencible es un invento posterior de factura británica destinado a elevar un punto el ya de por sí crecido orgullo nacional inglés.

Pero, a pesar de lo que parecía, la Gran Armada no lo era tanto. De los 130 buques sólo 20 eran galeones artillados específicamente para el combate. Junto a ellos, cuatro galeras y otras cuatro galeazas, a remo las primeras e híbridas a remo y vela las segundas. Ninguna en condiciones de navegar y, aun menos, de pelear en el Atlántico Norte. El resto de la flota eran naos de carga y bajeles de poco porte, como urcas, pataches o pinazas, muy comunes entre los marinos del Cantábrico pero poco aptas para una empresa semejante.

La tripulación era igualmente numerosa: casi 30.000 hombres, a partes iguales entre marineros y soldados. Conforme al plan, el grueso de las fuerzas para invadir Inglaterra provendrían de los Tercios de Flandes y se embarcarían en las costas belgas. Alejandro de Farnesio, duque de Parma, se encargaría de ello personalmente.

Durante el mes de mayo de 1588 la Armada se fue concentrando en las aguas del Tajo, frente a Lisboa, y el día 30 se dio la orden de partir. Aquello debió de ser un espectáculo digno de ser contemplado. A su frente no estaba Álvaro de Bazán, pues había muerto poco antes, sino un noble andaluz, Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia. Un aprendiz de general que, hasta en sus cartas, aseguraba “no saber de la mar ni de la guerra”. A cambio, era bastante sensato y leal al rey, cualidades poco habituales entre la aristocracia española de la época.

Las cosas se complicaron nada más salir. Los vientos del norte obligaron a la colosal flota a zigzaguear durante dos semanas, tiempo que invirtió en viajar de Lisboa a La Coruña. Allí el duque ordenó parar, y escribió a Madrid para que el rey se lo pensase dos veces. Pero Felipe era, amén de beato y lento, bastante cabezón y muy hecho a mandar. Le contestó al duque que el Señor proveería trocando “todos los estorbos en mayor gloria suya”. Ante argumentos de tal peso, Alonso de Guzmán se hizo a la mar el 22 de julio.

Los vientos, por primera y última vez, acompañaron a la expedición. El día 29 avistaron las costas de Inglaterra. Las órdenes de Madrid eran terminantes. No se podía atacar ningún puerto inglés, que es lo que le pedía el cuerpo a los capitanes españoles, había que continuar hasta Flandes y allí recoger a Farnesio. La presa era, además, tentadora: 130 barcos bien armados iban a pasar por delante de Plymouth, base de la flota inglesa, que en aquel entonces no se encontraba bien defendido por falta de fondos. Los vascos Oquendo y Recalde solicitaron al almirante de la Armada entrar a saco en Plymouth, aunque sólo fuese para vengar el asalto de Drake a Cádiz el año anterior, pero Medina Sidonia se negó en redondo. Las órdenes del rey eran inapelables, y el ojo por ojo pecado.

De este modo, la Gran Armada pasó delante de la boca del lobo y lo dejó escapar con vida. La flota estaba dividida en escuadras. Presidiendo la formación se encontraba el galeón San Martín, buque insignia en el que navegaba Medina Sidonia. Tras él, las escuadras de Castilla y Portugal, la de Vizcaya –a la derecha– y las de Levante y Guipúzcoa –a la izquierda–. Cubría la retaguardia la escuadra de Andalucía. En el centro, bien abrigadas, las naos mercantes y los vulnerables pataches y pinazas del Cantábrico. Era una grandiosa y, aparentemente, inexpugnable fortaleza en alta mar.

Desde la costa se veían los navíos españoles, lo que hizo palidecer a sus habitantes y puso en pie de guerra a la flota inglesa. Como no podían defender los puertos salieron a la caza, a hostigar a la Armada para que se alejase. El 31 de agosto se produjo la primera escaramuza. Los ingleses, temerosos de ser abordados y sabedores de la potencia de fuego de los galeones españoles, optaron por atacar rápidamente desde lejos. En eso eran muy superiores. Habituados a la piratería, sus capitanes habían modelado sus buques hasta convertirlos en estilizados navíos, muy maniobrables, equipados de artillería de largo alcance.

Los españoles, por el contrario, seguían empeñados en hacer la guerra en el mar como se hacía en tierra: cañonazo corto, abordaje y batalla campal; como en Lepanto, fiándolo todo a la bravura, el coraje y la mala leche propios de la infantería española. Medina Sidonia, sin embargo, no quería luchar. Su misión era llegar a Flandes, embarcar a los Tercios y dirigirse a Inglaterra con ellos para rematar, en tierra, a la reina virgen y a sus secuaces.

En aquel primer encuentro se perdieron dos barcos, el Nuestra Señora del Rosario, un recio y moderno galeón, y el San Salvador. El primero fue desarbolado luego de que chocara accidentalmente contra el Santa Catalina. El segundo sufrió una explosión, según parece provocada por un artillero flamenco cuando se enteró de que un capitán español se estaba beneficiando a su esposa, una alemana que caería prisionera de los ingleses poco después.

Exceptuando estas dos adversidades, fruto de la imperecedera propensión española a las prisas y a meterse donde a uno no le llaman, el resto de la Armada salió bien librado. Tan optimista era el ambiente que el catalán Hugo de Moncada pidió permiso para machacar al Ark Royal, buque insignia inglés, comandado por Lord Howard. Ni que decir tiene que el duque se lo prohibió tajantemente.

Paso de Calais.El 6 de agosto Medina Sidonia dio aviso a todas las escuadras para fondear en Calais. Tenía que localizar a Alejandro Farnesio, que no había dado señales de vida, a pesar de que le había despachado varios mensajeros a Bélgica con el apremio de que tuviese lista la tropa para el embarque.

En Calais recibieron noticias del gobernador de los Países Bajos, pero no eran buenas. No había conseguido reunir el ejército deseado, y sólo controlaba dos puertos del Canal, el de Dunkerque y el de Nieuport, que, para colmo de males, carecían de fondo para los pesados galeones venidos desde España. Los ingleses no sabían nada de esto, por lo que trazaron un arriesgado plan para impedir que los Tercios tomasen las naves fondeadas en Calais. Llenaron de explosivos ocho barcos y los remolcaron hasta las inmediaciones del puerto. Eran brulotes, un arma recién inventada que haría furor en el siglo XVII.

A medianoche metieron fuego a las naves y las enviaron contra la Armada, aprovechando la pleamar. Medina Sidonia, que se olía algo semejante, alineó las pinazas a la entrada de la bahía. Los brulotes atravesaron la línea incendiándola, y entonces, según se aproximaban las chisporroteantes bolas de fuego, el duque disparó los cañones del San Martín para que toda la Armada abandonase Calais.

Ahí se torció todo. Los barcos españoles se dispersaron a lo largo de 10 millas de costa, exponiéndose al fuego enemigo, que podría concentrarse en cada buque individualmente. El efecto fortaleza, la única ventaja que les había acompañado, se acababa de desvanecer.

Los ingleses advirtieron pronto que la ocasión la pintaban calva, y el almirante Howard, con sus tres capitanes, Drake, Hawkins y Frobisher, se lanzó sobre la desperdigada Armada española. Fue la famosa batalla de Gravelinas, que, aunque los ingleses se empeñen en lo contrario, no fue tan desastrosa como dicen. Medina Sidonia se defendió bien, y sólo se perdieron dos galeones, una nao y una galeaza. Entre los muertos se encontraba el temperamental Moncada, que, encallado en una playa, siguió luchando hasta que un arcabuzazo le dio entre los ojos y le partió la cabeza. Lo irónico es que fue el propio Lord Howard, a quien Moncada había intentado abordar días antes, quien saqueó su barco, la galeaza San Lorenzo. La caballerosidad británica no se había inventado todavía; la testarudez catalana, por el contrario, estaba en su máximo apogeo.

Al día siguiente de Gravelinas la flota de Medina Sidonia siguió a la deriva, hasta acercarse peligrosamente a los bancos de arena de Zelanda. Entonces, casi milagrosamente, cambió el viento, con lo que la Armada se internó en las gélidas y desconocidas aguas del Mar del Norte. Nunca antes un convoy militar español se había adentrado tan arriba. Y era sólo el principio.

No había demasiadas opciones. El oeste era malo porque esperaba una muralla de 180 buques ingleses con las culebrinas listas y la pólvora seca. El sur era peor: las costas de Holanda estaban infestadas de corsarios flamencos, a quienes sólo oír hablar español les ponía de muy mal humor. El este no era mejor elección: la costa alemana era un feudo protestante, y Dinamarca un firme aliado de Inglaterra. Sólo quedaba el norte, una dura travesía que les obligaba a circunnavegar las islas británicas sin parar, expuestos, además, a una meteorología poco o nada amistosa.

Como no había mucho donde elegir, Medina Sidonia puso rumbo a Escocia. Daba comienzo el verdadero desastre. Lo que no había conseguido Howard lo iban a lograr los temporales, el hambre y las traicioneras costas de Irlanda. La toponimia de aquellas tierras tan lejanas da fe de aquella travesía desesperada: en las Shetland hay un lugar llamado Spaniards Grave, que significa “tumba de los españoles”, lo mismo que Tuanna na Spainneach, cerca de la desembocadura del Shannon, en el condado de Clare; en Connaught, Duirling na Spaninneach; en el Ulster, la Spaniards Cave, Port na Spanish o Carrick na Spania.

No muy lejos de la Calzada de los Gigantes se hundió la galeaza Girona, con 1.300 españoles a bordo. Sólo sobrevivieron nueve, auténticos gigantes embarcados en un viaje imposible y tan absurdo como ir a morir contra las rocas de un acantilado en Irlanda.

El 24 de septiembre de 1588, tres meses y 25 días después de partir de Lisboa, el duque de Medina Sidonia entró en Laredo con sólo 24 navíos. Dos semanas más tarde arribó a La Coruña el bilbaíno Juan de Recalde, a bordo del San Juan de Portugal. El 14 de octubre llegó el último barco, el Santa Ana, capitaneado por Miguel de Oquendo. La mala suerte se cebó con él hasta el final: la santabárbara del galeón explotó antes de entrar en el puerto de Pasajes, dejando a Oquendo herido de muerte.

Con la de Oquendo, la aventura de la Armada de Inglaterra se cobró la vida de 20.000 hombres. Nadie pagó por la derrota. Quizá porque el culpable no fue Medina Sidonia, ni los traicioneros brulotes de Calais, ni los elementos en Irlanda. El culpable del desastre estaba muy lejos de allí, a cientos de kilómetros del mar, recluido en su pirámide firmando papeles.

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