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(social) Democracia Nacional

Tuve la oportunidad ayer de asistir, aquí, en Red Liberal, a la somanta palos que Rallo le propinó a un tal José Rodríguez, que regenta un sitio llamado Socialdemocracia.org. Confieso que, aunque había oído hablar de él, nunca lo había visitado. Por pereza, mayormente, y porque cuando leo la palabra ‘socialdemocracia’ me echo la mano al bolsillo, sé de antemano lo que me voy a encontrar y no me gusta perder el tiempo. En lo que toca a la web en cuestión me parece bastante floja, una deficiente copia de Liberalismo.org. Mucho bla, bla, bla, los lugares comunes de siempre y ese espíritu de manada tan típicamente progre, ya se sabe; ‘somos intelectuales de vanguardia, la hostia de solidarios, qué sería del mundo sin nosotros, nos hacemos preguntas difíciles y sabemos lo que te conviene’….y por si eso no basta…’nos vamos de fin de semana con tu dinero’. (Gracias Manel)

Y esto no es un invento mío. Véamos el modo en el que se presentan:

Quienes somos
Socialdemocracia.org
Política, estado del bienestar, redistribución

No, si ya sabemos que les gusta la política, especialmente la parte coactiva de la misma, la del ordeno y mando, la del “yo sé lo que te interesa por lo que paga y calla, y sino pagas a la cárcel”. El Estado del Bienestar, que con tanto ahínco defienden, cuesta dinero, pero, lejos de financiarlo ellos, pretenden que lo hagamos todos, hasta los que no estamos de acuerdo con él. En lo relativo a la “redistribución”, magnífico, que redistribuyan, pero lo suyo. ¿Por qué ese empeño en redistribuir lo mío, o lo de Rallo, a quienes eso ni nos va ni nos viene?

Esto es, en definitiva, la socialdemocracia. Una doctrina económica amortizada, dictatorial, hecha a la medida de los profesores que parasitan las universidades públicas con contratos vitalicios y de los que pretenden vivir a costa de los demás. Si quieren ser solidarios y repartir lo que tienen, adelante, nadie se lo impide, muchos lo celebrarán. Pero que no nos obliguen a hacerlo a los que no creemos en la solidaridad forzada y en la buena conciencia organizada. Algo tan elemental, obviamente, no les entra en su cabecita. Obligar a los demás a lo que ellos creen que es justo les pierde. Y si los demás se resisten, para eso están los inspectores de Hacienda y las frías celdas del penal del Dueso.

El palabro de marras conduce a equívocos. No acierto a comprender porque al acto de expoliar a conciencia los frutos del trabajo lo llaman “social”, cuando, eso, de social no tiene nada. Tampoco me entra en la cabeza porque lo llaman “democracia”, cuando ni siquiera respetan a la minoría (o mayoría) que desconfía de atraco sistemático que inspira su doctrina. La democracia consiste, esencialmente, en el respeto a las minorías y no en el rodillo de la mayoría. Si ellos quieren montar un sistema público de Sanidad o de pensiones, que lo hagan, pero que nos dejen elegir a los demás. ¿Por qué he de suscribir obligatoriamente un seguro médico en contra de mi voluntad? Naturalmente, porque ellos lo dicen, poque saben mejor que yo lo que me interesa y porque son la releche de demócratas, la conciencia misma de la sociedad.

Lo cierto es que socialdemócrata, lo que se dice socialdemócrata, era el régimen de Franco, o el de Mussolini o incluso el de Hitler. Los tres instauraron sistemas de preponderancia estatal en la economía y de intervencionismo grotesco. A los tres, además, les unió el odio al liberalismo y al individuo que vive y deja vivir. No entro en los contenidos políticos del franquismo, del fascismo o del nazismo. Todos nacionalistas hasta la náusea y el último, amén de nacionlista, criminal y genocida. La socialdemocracia, como construcción teórica centrada en el expolio fiscal y la elevación a los altares de los funcionarios, la comparten los defensores del fascismo y los del socialismo no marxista. Curiosa coincidencia. O quizá no tanto.

El fascismo fue un hijo no deseado del socialismo. Mussolini fue miembro destacado del PSI y llegó a dirigir el periódico del partido. Cuando volvió al poder en 1944 tras ser depuesto el año anterior, fundó la República Social Italiana, sí social. Hitler, aparte de un asesino implacable, condujo al Partido Alemán de los Trabajadores (DAP) al poder convirtiéndolo en el camino en el NSDAP, es decir, le puso la guinda nacional que le faltaba al pastel. En lo relativo a Franco, ese nunca tuvo ideas políticas definidas, de aquí que su régimen durase tanto. Al principio, cuando necesitaba un cuerpo teórico que almohadillase su llegada al poder, tomó prestado el de Falange, que era tan antiliberal, anticapitalista y estatista como el de sus primos alemanes e italianos. Con el correr de los años, y como se había pasado de moda eso de ser nacionalsocialista, lo iría abandonando para asentarse en un falangismo suavecito, beato y con ciertas concesiones a la libertad de empresa y a la inversión privada, gracias a lo cual pudimos transitar de la dictadura a la democracia sin demasiados sobresaltos.

Las afinidades pasadas no ocultan las presentes, que no son menos esclarecedoras. El programa económico de Izquierda Unida, por ejemplo, no es muy diferente al de Democracia Nacional, o al de Alternativa Española, enésima aventura de Blas Piñar para arañar un escaño. Ahora, con esto de internet, se puede saltar de uno a otro rápidamente y hacer la comparación. Se da, además, otro hecho curioso. Los primeros, los que llevan el sello de izquierda, reniegan del nacionalismo español, pero abrazan convencidos el catalanismo, el vasquismo o el asturianismo. Los segundos, los que llevan la etiqueta de derecha, actúan a la inversa: enaltecen el español y aborrecen a los segundos. Un simple detalle cosmético para adornar el mismo producto nacional-socialista.

No es casualidad que ambos extremos recelen de la globalización y el libre mercado a la vez que se llenan la boca con presuntos derechos colectivos, que hasta en eso coinciden. Del “ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan” que los franquistas repiten como papagallos, al “derecho a una vivienda digna” (o deretxo a tetxo) y el “trabajo con derechos” hay sólo un paso. La diferencia principal es estéstica. A los franquistas se les da mejor la lírica y a los socialdemócratas la consigna, tradiciones ambas de honda raíz socialista.

El denominador común ideológico es el mismo, al igual que sus fantasmas familiares, el análisis y las soluciones también son las mismas y los resultados finales, por desgracia, son como dos gotas de agua. Todo esto, a José Rodríguez y su cuadrila de socialdemócratas bien intencionados y mandones les parecerá sorprendente… y seguro estoy que lo primero que pasará por su cabeza será….¡este es un fascista! sin caer en la cuenta de que la socialdemocracia es, casi por definición, nacional y, al menos en lo económico, muy cercana al fascismo. Podrían tener el detalle de reconocerlo, la sinceridad nunca está de más.

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