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Los godos y demás bárbaros del norte

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El Imperio Romano se vino abajo en España en el otoño del año 409; el 12 de octubre exactamente, que ya es casualidad. Aquel día cruzaron el Pirineo, por los pasos de Roncesvalles y Somport, tres tribus bárbaras: los vándalos, los alanos y los suevos.

Tres años antes, aprovechando un descuido de los romanos, habían rebasado el Rin a la altura de Maguncia. Fue un invierno tan frío que el río estaba congelado. El cambio climático, como se ve, no es cosa de ahora. Encontrarse el cauce helado fue una bendición, y en pocas semanas decenas de miles se trasladaron a la otra orilla, la romana, donde aguardaban pacientes el saqueo de todas las maravillas del mundo clásico, es decir, civilizado.

Durante tres años vagaron sin rumbo por la Galia, hostigados por los romanos y por sus subcontratas guerreras, encargadas de mantener las fronteras limpias como una patena. El destino final de los tres grupos era el norte de África, la rica provincia romana que durante siglos había ejercido de granero del Imperio. Como la costa mediterránea de la Galia andaba intratable por aquel entonces, se aliaron para tomar un camino alternativo, el de la inmensa Hispania.

El camino, aunque largo, sinuoso y no exento de problemas, merecía la pena. Hasta llegar aquí, los alanos, el único pueblo no germánico de los tres, habían recorrido miles de kilómetros, desde las estepas asiáticas. Los vándalos provenían de la costa del Báltico y, tras una migración sostenida durante siglos, se habían puesto a la cola para cruzar el limes y tomar su parte de las incontables riquezas del alicaído imperio. Los suevos, que terminaron forjando una modesta fortuna en España, habían partido años atrás de algún punto entre las juras de Suabia y Franconia, en la actual Baviera, quizá empujados por otros o quizá porque estaban hartos de vivir subidos en un árbol y querían participar del festín. No lo sabemos: como eran bárbaros, no sabían ni leer ni escribir.

Las provincias romanas de Hispania no sólo eran inabarcables, montañosas y muy romanizadas, sino que, por aquellos años, se habían apuntado a una rebelión contra el emperador. La capitaneaba un tal Constantino, que a su vez había entregado el control de España a uno de sus generales, Máximo, que se proclamó emperador en Tarragona. Los invasores, encantados con el desorden que se habían encontrado a este lado del Pirineo, llegaron a un acuerdo con Máximo: no tocarían la costa de la Tarraconense, pero tendrían carta blanca en el resto.

Los alanos se dirigieron con presteza hacia el sur, hacia la Bética, la provincia más próspera y boyante de entre las españolas. Los vándalos –los había silingos y asdingos– se extendieron por las dos mesetas y el valle del Guadalquivir. Los suevos cabalgaron hacia el oeste, a reclamar la Lusitania y la Gallaecia. Buscaban tierra para cultivar. Allí la encontraron en abundancia; y ni tuvieron que habituarse al clima: en Galicia llueve tanto como en Alemania, o más.

Como todos los caminos llevaban a Roma, las malas noticias de Hispania no tardaron en llegar a oídos del emperador Honorio, que era un pelele en manos de Constancio, su magister militum, es decir, el espadón de toda la vida, que tenía mano en los cuarteles.

Para poder defenderlo mejor, años antes Teodosio el Grande, que era de Segovia, había dividido el imperio entre sus dos hijos: en el de Oriente reinaba Arcadio; en el de Occidente, Honorio. La situación en ambos era, sin embargo, muy diferente. Al primero los bárbaros ni se acercaban, y si lo hacían salían escaldados. En el segundo todo eran calamidades: Britania se había perdido, Bélgica también, y la Galia, del Loira para arriba, no obedecía a Roma. Con un imperio tan menguado, al emperador sólo le faltaba que le birlasen Hispania, que, para colmo, era el lugar donde había nacido su padre.

Con la idea de aventar a los intrusos y restituir su dominio sobre Hispania, comisionó a unos viejos amigos de la casa, los visigodos –o godos; que eso del “visi” se lo pusimos después, para diferenciarlos de sus primos italianos: los ostrogodos– para que limpiasen la provincia de merodeadores.

Los godos, en sus dos variedades, llevaban lo menos dos siglos enredando en las asuntos del Imperio. Eran originarios del valle del Danubio, y después de ganar una batalla a los romanos, la de Adrianópolis, habían llegado a la sabia conclusión de que, si pretendían heredar, lo mejor era quedarse a cuidar del viejo moribundo. El emperador los utilizaba para cubrirse las espaldas y ajustar cuentas en sus vastos y caóticos dominios.

Pero, como todos los sobrinos ansiosos por la herencia que nunca llega, los godos eran un dolor de cabeza y solían morder con cierta frecuencia la mano que les daba de comer. En el año 410, sin ir más lejos, habían saqueado Roma a conciencia por un asuntillo de poca monta.

Mandándolos a Hispania mataba dos pájaros de un tiro: largaba a los bárbaros, que saqueaban sin piedad los feraces campos y las espléndidas ciudades de la Tarraconense, y alejaba de Roma un montón de soldados incordiosos y pedigüeños, porque cuando los ejércitos godos no estaban en campaña pretendían vivir a costa del tesoro imperial, que estaba ya para pocos trotes.

El primer godo en hacer acto de presencia por esta tierra se llamaba Ataúlfo, y conquistó Barcelona en 415. Pero su idea no era quedarse, sino fundar un reino godo en el sur de la Galia, en lo que hoy es Aquitania y Provenza. El emperador le concedió el deseo, siempre y cuando su pueblo mantuviese lealtad y obediencia a Roma. Le concedió también la mano de su hermana, Gala Placidia, la última gran dama de Roma.

No pudo disfrutar de ninguna de las dos cosas: le apuñalaron ese mismo año en Barcelona. La bella Gala Placidia regresó a Italia y la casaron con un general. Se formó así el reino visigodo de Tolosa, que, creciendo y creciendo sin parar, en su cénit llegó a extenderse desde el Loira hasta el Guadalquivir.

Los otros bárbaros, los que dejamos arriba repartiéndose el botín, terminaron llegando a las manos. Inevitable, Hispania era demasiado pequeña para tanto bárbaro y tanta testosterona junta. Vándalos y suevos, olvidando alianzas anteriores, se vieron las caras en Mérida para dilucidar a quién de los dos pertenecía la vega del Guadiana, romanizada hasta la extenuación, esto es, rica y opulenta, sobrada de todo y falta de gobernantes.

Los vándalos ganaron; pero para nada: un año después se largaron por donde habían venido. En 429 el rey vándalo Genserico dio orden de cruzar el Estrecho. En África se encontraron de nuevo con los alanos, que habían llegado antes, y en menos de un siglo ambos pueblos se diluyeron en la bruma de la historia.

Los suevos no querían irse, les gustaba Hispania, y más en aquel momento, en que la competencia se había retirado. Su cuartel general estaba en lo que el hombre del tiempo llama “el cuadrante noroccidental”, es decir, más o menos en lo que hoy es Galicia, León y el norte de Portugal. Desde allí concibieron la ambiciosa empresa de transformar Hispania en Suevia. No lo consiguieron: el godo traidor, que acechaba al otro lado del Ebro, les cortó el paso. Se establecieron en Mérida y saltaron a la Bética, con la idea de doblegar al poder romano-godo en Cartagena. De ahí a Tarragona, un paso, y la vieja Hispania sería suya. Una tribu, un reino. No es mal planteamiento. El problema es que los godos tenían uno muy parecido y eran más y otros bárbaros, los francos, les estaban empujando hacia el sur.

En 456 el godo Teodorico dio una buena tunda al suevo Requiario en Astorga. Eran cuñados, pero la guerra es la guerra y Requiario fue capturado y ejecutado sin ningún miramiento. El camino quedaba expedito para los godos de Tolosa, cada vez más poderosos y menos dependientes de Roma, que se acercaba a su consunción final por agotamiento. En 476 Odoacro, rey de los hérulos, depuso al último emperador, Rómulo Augústulo, un crío de 12 años que, para más inri, ni siquiera era romano: era hijo de uno de los generales de Atila.

A finales del siglo V el desbarajuste en lo que había sido el imperio occidental era de tal calibre que, de Escocia a Sicilia y de Suiza a Portugal, todos andaban guerreando con todos. Entonces, en pleno follón, los francos, una tribu lejana que había guardado las fronteras del norte, se pusieron en marcha. Acaudillados por Clodoveo, abandonaron las frías y desapacibles tierras del curso bajo del Rin y partieron hacia el sur. Espoleados por su jefe y convencidos de que suyos eran los despojos del Imperio, se impusieron a los alamanes y los burgundios.

El choque con los godos de Tolosa, guardianes de la puerta del Mediterráneo, era cuestión de tiempo. De poco tiempo, porque los bárbaros, sabedores de que, con la vida que llevaban, no vivían demasiado, no acostumbraban pensarse mucho las cosas antes de hacerlas. En el año 507 estalló la guerra entre francos y visigodos. Duró lo que dura una batalla, la de Vouillé, en la que el rey godo Alarico fue derrotado y muerto.

Los francos se derramaron por la Provenza y Aquitania. Saquearon Tolosa, Burdeos y Arlés. El corazón del reino godo había sucumbido. La salvación estaba al otro lado de los Pirineos, un país donde los francos difícilmente podían seguirles, aunque sólo fuese por sus dimensiones y su endemoniada geografía.

Tras el desastre, lo que quedaba del pueblo godo en la Galia se trasladó a Hispania, el último destino de un linaje que llevaba varios siglos dando vueltas por Europa. En breve nacería el reino godo de Toledo, la primera vez en la historia en que la Península Ibérica era independiente y se autogobernaba. La población local, que era romana de lengua, cultura y religión, lo aceptó como un mal menor, algo irremediable que, al menos, frenaría los desórdenes de uno de los siglos más revueltos de nuestra historia.

El mestizaje entre bárbaros venidos del norte e hispanorromanos cristianizados cuajó en una peculiar amalgama que es la base de que lo hoy, quince siglos después, somos. A lo largo de los últimos 1.500 años no hemos hecho más que afinar la mezcla de los tres ingredientes primordiales de lo que hoy llamamos “civilización occidental”. No podemos quejarnos: el resultado, en su variante hispana, no ha salido del todo mal.

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