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La crisis de los misiles

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Nunca el mundo estuvo tan cerca de suicidarse como la última semana de octubre de 1962. Fue una crisis provocada por la insensatez de los dirigentes soviéticos y la megalomanía de un dictador cubano que no termina de morirse. Duró apenas unos días y la cosa llegó a ponerse tan caliente que muchos creyeron entonces que, antes de que se pusiese el sol, misiles nucleares de uno y otro bando empezarían a volar sobre sus cabezas.

Al final la sangre no llegó al río. Los Estados Unidos se plantaron y la Unión Soviética se echó para atrás librando de paso a la humanidad de una tan gorda que, a día de hoy, aun no nos hubiéramos recuperado.

El día 14 de octubre de 1962 un avión espía U2 norteamericano regresó a su base tras una misión rutinaria sobre la isla de Cuba. A bordo llevaba unos negativos fotográficos que, a primera vista, mostraban unas extrañas instalaciones militares y un gran ajetreo en torno a ellas. O quizá no fuesen tan extrañas. Podían ser plataformas de lanzamiento de misiles, pero, dado su tamaño, no de unos misiles cualquiera sino de cohetes de medio alcance. Conmocionados por el hallazgo, enviaron de inmediato la prueba a Washington, para que la CIA la estudiase a fondo y la Fuerza Aérea tomara la decisión pertinente. No había lugar a dudas, eran silos para armas atómicas todavía no operativos pero que lo estarían en breve plazo.

Al otro lado del mundo, en Moscú, Nikita Kruschev se frotaba las manos. Iba a hacer algo ante lo que el mismo Stalin hubiese palidecido. Poner misiles estratégicos a cien kilómetros de Florida, es decir, algo así como colocar la afilada punta de un cuchillo jamonero en el gaznate de su archienemigo capitalista. Conseguirlo había sido sumamente sencillo. Gobernaba en Cuba desde hacía poco más de tres años un directorio revolucionario que había dado la vuelta al frágil equilibrio de bloques. Los que mandaban en la isla caribeña se habían entregado en cuerpo y alma a la Unión Soviética. Parece que por afinidad ideológica, pero, como querían seguir mandando por tiempo indefinido, también por oportunidad política.

Fidel Castro, el líder indiscutido y carismático de la revolución cubana, había descubierto su adicción al poder según pisó La Habana en la primera semana de 1959. Esa adicción conlleva fundar una dictadura y mantenerse en la poltrona contra viento y marea. El comunismo era una coartada perfecta, y más en los años sesenta y estando Cuba donde está. Sólo era preciso designar un enemigo a muerte y, como Cuba era pequeña e insignificante, un aliado que le mantuviese en el poder. El enemigo iba a ser Estados Unidos, luego, por lógica, el amigo habría de ser la URSS, sí, la misma de Stalin, los gulags y las hambrunas, la patria del socialismo real, el paraíso en la tierra.

Un bandazo de este calibre era, sin embargo, un envite bastante arriesgado. Podría haber sucedido que los soviéticos no quisiesen problemas, o que Washington, viéndolas venir, se hubiera aventurado a invadir la isla. Pero no pasó nada y Castro se salió con la suya. El presidente Kennedy no quería más problemas en Cuba de los que ya había tenido con motivo de la expedición de los exiliados a la Bahía de Cochinos, la célebre “invasión de Playa Girón”, que pudo ser cualquier cosa menos una invasión porque ya es difícil invadir el propio país. Los soviéticos, por su parte, estaban encantados de que Dios les viniese a ver de aquella manera. Iban a lograr la paridad nuclear de una tacada y sin demasiadas inversiones. No se lo creían ni ellos.

La iniciativa partió de Castro. Convenció a Kruschev de lo oportuno que sería dar en los morros a los norteamericanos con medio centenar de cabezas nucleares y envió a su hermano Raúl a Moscú a ultimar los detalles de la operación. Se enviarían a Cuba 42 misiles nucleares de medio alcance, unos 2.000 kilómetros, y 24 de largo alcance, unos 4.000 kilómetros. Con esto, prácticamente todos los Estados de la Unión estaban a tiro de las bombas rusas. Sólo quedaban fuera Alaska y las Hawai que, por motivos obvios, no preocupaban demasiado a los jerarcas del Kremlin. Habría una bomba para cada Estado y aun sobrarían misiles para rematar a algunos con dos certeros arponazos.

Ese era plan maestro. En octubre de 1962 se encontraba muy avanzado pero no concluido. Para esa fecha los rusos habían desembarcado en Cuba “45 cabezas nucleares, 36 cabezas para misiles de crucero, 12 cabezas para cohetes Luna y 6 bombas atómicas para los aviones Iliyushin”. Casi nada. Junto al letal polvorín nuclear, les había dado tiempo a llevar hasta la isla a 40.000 soldados soviéticos de incógnito. Hasta ese verano habían atracado en puertos cubanos 114 buques soviéticos cargados hasta la bandera de pertrechos y toda suerte de material militar. Con razón el entonces presidente de Cuba, un tal Osvaldo Dorticós del que nadie se acuerda, se pavoneó en la ONU asegurando que su país estaba en condiciones de defenderse de cualquier ataque. Lo más chocante de toda esta historia es que al todopoderoso imperio yanqui, que todo lo sabe y todo lo ve, le habían colado de matute un ejército delante de sus narices. Una vez más, el mito de la eficiencia de la CIA, armatoste estatal que sólo sirve para gastar dinero.

La gravedad del asunto era tal que la Fuerza Aérea lo elevó hasta el presidente Kennedy. Se ordenó incrementar los vuelos de reconocimiento y hacer un seguimiento exhaustivo de las actividades. La Casa Blanca, por su parte, llamó al embajador soviético para que diese explicaciones sobre lo que estaba pasando en Cuba. Kennedy no le mostró lo que ya sabía, que era secreto de Estado, y recibió a cambio un sofisticado y soviético embuste: en Cuba no pasaba nada y, si algo habían visto, los rusos no tenían que ver en ello. Todo un clásico de la diplomacia en la guerra fría; la URSS nunca olvidó que la mentira es un arma revolucionaria.

Las reuniones en el despacho oval se tornaron frenéticas. Especialistas de todos los ámbitos aportaron su granito de arena para ofrecer una respuesta digna de semejante órdago. Las opciones eran, básicamente, cuatro. La primera, bombardear sin más demora las instalaciones militares descubiertas por los U-2. La segunda, hacer lo anterior y después enviar a los marines a invadir Cuba y deponer a Castro. La tercera, bloquear la isla y evitar que los mercantes soviéticos alcanzasen su objetivo. Y la cuarta, tragar con lo que decía el embajador, abrir negociaciones y pedir a los rusos que retirasen los misiles por las buenas.

Si se lo hubieran presentado a Jimmy Carter hoy Cuba sería una potencia nuclear, pero le tocó a Kennedy decidir por lo que la tercera fue la elegida. Ni caliente ni frío y siempre quedaba la opción de recurrir a las otras dos, favoritas de los generales del Pentágono. Había además otro peligro nada desdeñable. Si Washington entraba en La Habana, Moscú podía entrar en Berlín y armar una buena en Europa. Kennedy, que era berlinés de adopción, no quería poner en riesgo esa avanzada que el mundo libre poseía al otro lado de la alambrada.

El 22 de octubre John Fitzerald Kennedy, en toda su apostura y donaire, se dirigió al mundo por televisión. Hizo un pequeño resumen a la audiencia del problema cubano y anunció sus intenciones. Desde el 24 de octubre la Armada de los Estados Unidos bloquearía la isla de Cuba con el fin de impedir que los cargueros soviéticos suministrasen el material que faltaba. La cuarentena estaría en vigor hasta que las instalaciones soviéticas fuesen desmanteladas. Los dos días que siguieron al anuncio fueron los del infarto. La guerra nuclear estaba a la vuelta de la esquina y el mundo al borde del abismo.

América entró en estado Defcon-2, el inmediatamente anterior a la guerra. Todos los superbombarderos B-52 fueron puestos en alerta, cincuenta de ellos se mantuvieron en el aire sobre el Atlántico por si era preciso atacar el corazón de Rusia. Todos los misiles nucleares, los Atlas, los Titán, los Minutemen fueron activados en el interior de sus silos y las bases yanquis en el extranjero se dispusieron para una conflagración inminente. El águila norteamericana había sacado las garras y extendía sus alas sobre todo el planeta.

El 26 de octubre Kruschev envió un mensaje a Kennedy. Aceptaba. Sus barcos dieron media vuelta y el conflicto se dio por terminado. Para evitar episodios como este acordaron crear una línea directa entre el presidente de los Estados Unidos y el que mandase en el PCUS, un teléfono, el Teléfono Rojo. El suspiro de alivio fue universal. Kruschev había perdido la apuesta. Pidió que, a cambio de la retirada, Kennedy se comprometiese a no invadir Cuba y que los misiles Júpiter estacionados en Turquía se desmantelasen. Salvaba la poca ropa que le quedaba después de hacer el ridículo ante un mundo incrédulo que llevaba dos días pegado a la pantalla del televisor. Muchos iban a pensar que la Unión Soviética no era tan poderosa como parecía, y es que no lo era. Los Estados Unidos disponían de más y mejores armas que sus rivales, del ejército más avanzado de la época y, sobre todo, de la firme intención de utilizarlo si alguien amenazaba sus intereses.

En Cuba, Castro se quedó con un palmo de narices monumental. Él, que se había soñado gran líder mundial, que había ocasionado este desbarajuste, era ignorado por los que de verdad tenían poder. Kruschev mantuvo a Castro al margen de las negociaciones y quizá esto fuese lo único que hizo con tino en aquella ocasión. Si el dictador cubano hubiera intervenido directamente en el conflicto es probable que la tercera guerra mundial hubiese dado comienzo aquel mes de octubre.

Fidel Castro se enteró por la radio y juró en arameo. “¡Pendejo! ¡Cabrón! ¡Hijo de puta!”, dijo del premier soviético. Esa fue su contribución final a la crisis. La ONU envió a su secretario general Situ U Thant para que procediese a las inspecciones previas al desmantelamiento. Un enrabietado Castro le motejó como “lacayo del imperialismo”. Al poco impidió que los inspectores de las Naciones Unidas entrasen en Cuba por lo que rusos y norteamericanos convinieron en llevar a cabo las inspecciones en alta mar. La pataleta de Castro fue fomentar coplillas que se cantaban por La Habana: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.

Castro quería esos misiles; eran algo parecido a su seguro de vida. Su inseparable Ernesto Guevara se lamentaba a un periódico británico asegurando que “si los cohetes hubieran permanecido en Cuba, los hubiéramos utilizado todos, dirigiéndolos contra el corazón de Estados Unidos, incluyendo Nueva York, en nuestra defensa contra la agresión”. Este tipo de desvaríos no se sabe bien por qué siguen sin pasar a las biografías oficiales del Che Guevara.

El mundo se salvó, pero, en última instancia, y aunque entonces se creyera lo contrario, el perdedor fue Estados Unidos y con él el mundo libre. Se consumó la entrega de Cuba al despotismo comunista y esto permitió que la dictadura castrista se afianzase. Al final, el seguro de vida para el Comandante resultó ser el acuerdo entre soviéticos y americanos y no los misiles nucleares. Una paradoja que han pagado con creces tres generaciones de cubanos. La china en el zapato que se dejó Kennedy por no resolver adecuadamente la crisis ocasionó más problemas a los Estados Unidos de los que nunca se hubiesen figurado los que apostaban por la cuarentena de la isla y la negociación.

En los últimos cuarenta años Castro, aparte de esclavizar a Cuba, ha sido suministrador privilegiado de dolores de cabeza para los inquilinos de la Casa Blanca. Ha llenado América Latina de guerrillas e inestabilidad y, durante tres décadas, fue el mejor agente exterior del imperialismo soviético. La crisis de los misiles fue una derrota norteamericana, quizá dulce y bien colocada a la opinión pública, pero derrota a fin de cuentas. Sólo la incontestable superioridad de su ejército nos salvó de algo peor.

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