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La blogosfera o de cómo mentir ya no sale tan barato

La irrupción de las bitácoras en el panorama informativo, primero tímidamente y a partir de 2004 con fuerza imparable, ha puesto a los medios de comunicación tradicionales en un aprieto que no se esperaban. Ahora, cualquiera con medios muy modestos, puede poner en línea y mantener actualizada informaciones cuya audiencia potencial es de cientos de millones de personas. Nunca antes en la historia se había dado un fenómeno semejante.

Tal descentralización ha posibilitado, por ejemplo, que ciertos bloggers tengan más peso sobre cierta opinión pública que muchos columnistas consagrados o que, y esto es bastante usual, si uno quiere mantenerse informado de un acontecimiento concreto, busque los blogs relacionados y les dé preferencia sobre los periódicos o, no digamos ya, las televisiones. Los periodistas, que a fin de cuentas presumimos de ser las personas mejor informadas del planeta, lo hacemos; aunque algunos practiquen el vicio en la intimidad, sin que trascienda demasiado a la redacción y mientras ningunean la labor de estos voluntarios en pijama que no tienen horario y sólo se deben a ellos mismos.

Durante la campaña electoral norteamericana de 2004 Dan Rather difundió unos informes que demostraron ser falsos. Lo demostró un blogger y Rather, uno de los periodistas más célebres y respetados de América, hubo de presentar su dimisión. Aquel fue el bautismo del que han dado en llamar periodismo disperso. Desde entonces las bitácoras se han convertido en una fuente inagotable de información en la que cabe de todo y en la que cabemos todos. Una suerte de altavoz planetario, el mundo escuchándose a sí mismo. La información va de un punto a otro de la red, se cruzan los enlaces, las fotografías, los vídeos y, naturalmente, las ideas, que es el caramelo más sabroso en todo este asunto.

Algo que, por ejemplo, nace en Nueva Zelanda, se transforma mil veces hasta salir a la superficie en el otro extremo del globo. En el camino se enriquece y se modela en un orden espontáneo y frenético. Una versión posmoderna del “entre todos lo sabemos todo” que le dijo a mi padre en cierta ocasión un pastor de la provincia de Burgos.

Esto, que tan buenos servicios está prestando a la libertad de expresión y a su prima hermana, la de opinión, tiene su lado negativo para los que se esconden tras el velamen de los medios tradicionales, centralizados, jerarquizados y, sobre todo, limitados en número. Un corresponsal que escribe las crónicas de guerra encerrado en la habitación del hotel tiene ahora competencia en la calle. Un reportero de televisión, amigo de grabar sólo lo que a él le interesa, ha de saber que hay otras cámaras, indiscretas y, posiblemente, con intereses opuestos a los suyos. Un fotógrafo deshonesto, aficionado al Photoshop y propenso a prepararse las fotos, no debe olvidar que, ahí fuera, hay millones de ojos que escudriñarán hasta el último píxel de su trabajo.

Desde el escándalo de Rather, que pasará a la historia no por dedicarse tres décadas a presentar un programa de televisión sino por mentir como un bellaco, muchos han sido víctimas de una blogosfera inclemente, que no tiene vacaciones y que, por lo general, está enamorada de la verdad. El último incauto en caer ha sido un fotógrafo de Reuters en el Líbano que se ha labrado la ruina de por vida. Retocó una foto para que un bombardeo pareciese más bombardeo todavía. Un blogger curioso sospechó al ver que el humo era demasiado igual y voilà, descubrió la estafa.

La historia del infortunado y caradura fotógrafo libanés promete repetirse. Las normas han sufrido un ligero pero decisivo cambio: ahora todos tenemos quien nos escuche. La mentira periodística seguirá existiendo porque, como bien decía Revel, es un arma demasiado poderosa. Eso sí, desde ahora no saldrá tan barata o, al menos, no quedará impune.

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