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Ecológicamente incorrecto

sulibrojorgealcaldeDe pocas cosas podemos estar tan seguros como de que el clima cambia. Lo ha hecho desde que el mundo es mundo, y todo parece indicar que, nos pongamos como nos pongamos, lo seguirá haciendo del mismo y caprichoso modo que lo ha hecho siempre. Lo que no parece tan claro es que los hombres hayamos tenido algo que ver en ello: ni en el pasado ni el presente. Hay, como en todo, opiniones para todos los gustos, y los científicos se devanan los sesos para saber si nuestras acciones tienen consecuencias sobre el clima.

Pues bien, algo tan simple como esto ha organizado el mayor alboroto mediático, político y, por qué no decirlo, científico de toda la historia. En el ojo del huracán se encuentra una teoría que, gracias a un incontenible alud de propaganda bien financiada, ha pasado de ser atractiva a hegemónica y, finalmente, incontestable. Me refiero, claro está, a la del “calentamiento global”, reconvertida deprisa y corriendo en la del “cambio climático” no bien se comprobó que los primeros vaticinios del Apocalipsis eran más falsos que un duro de hojalata.

Durante los últimos años podría decirse que casi no se ha hablado de otra cosa, hasta el punto de que se ha convertido en un tema repetido al modo de una larga y agónica letanía, cada vez más estridente y molesta. Pocas veces la sección de Ciencia ha copado tantas portadas, y nunca antes los científicos habían ejercido tanto de estrellas invitadas en debates, tertulias y entrevistas. Los medios de comunicación, fieles a la vieja máxima periodística de no permitir que la realidad estropee una buena historia, se han volcado con un asunto que, para el común de los mortales, es tan árido como el desierto de Atacama y tan desconocido como la cara oculta de la Luna. Quizá ahí resida el origen de la pesadez de los ecoloplastas, de su obsesión por tatuarnos en la frente la teoría oficial, que es la suya, claro.

Una década después de que los catequistas pelmas del calentamiento global empezasen a darnos la paliza, sabemos mucho más que antes, pero, curiosamente, no nos ha servido de nada, porque el debate ha quedado formalmente abolido. Los científicos que ejercieron de tales, es decir, los que en buena lid trataron de falsar la teoría, han sido tachados de discrepantes, disidentes y, en el recolmo de la perfidia totalitaria, de negacionistas (sic), como si refutar una teoría científica fuese lo mismo que decir que los horrores de Auschwitz o Mauthausen fueron en realidad una fabulación de los aliados.

Lo que le da vida a la ciencia es la discusión. Una teoría es válida hasta que alguien demuestra que es mentira; entretanto, se debate y debate. No hay dogmas, no hay verdades absolutas, no hay consenso. Ni apaños de última hora. Así avanza el conocimiento científico y, con él, la Humanidad. Algo tan elemental, al alcance de cualquier estudiante de Física de primer curso, parece no regir cuando se habla del calentamiento global: por eso estamos como estamos.

Con la ciencia transmutada en política y el debate en componenda, nadie, o casi, ha osado nadar contracorriente. Pocas y desconocidas voces se han levantado contra la tiranía del ecologismo radical, el de griterío, pancarta y pegatina, primo hermano del ambientalismo chic importado de Hollywood, que baña sus angustias climáticas en champán del bueno y que bajo ningún concepto consiente dejar el jet privado en el hangar del aeropuerto. Algunas, las más, en EEUU; otras, las menos, en Europa, rincón del globo donde siempre se está muy al quite del dinerito público que todo lo riega.

Por lo que hace a España, sólo unos pocos valientes han dicho esta boca es mía, a riesgo de que se la intenten cerrar de un guantazo. Es posible que por eso digan que somos el país europeo más concienciado con el cambio climático. Pero no, no se trata de eso: lo que pasa es que no hemos oído otra cosa.

De entre los valientes que dicen lo que piensan sin arrugarse y sin pedir perdón hay uno que lleva varios años poniendo en tela de juicio todo lo que se da por sentado en torno al cambio climático. Y claro, de tanto investigar, al final le ha terminado saliendo un libro. Excelente, por cierto. Hablamos de Jorge Alcalde, de profesión periodista y de vocación amigo de llamar a las cosas por su nombre. Por eso ha puesto Las mentiras del cambio climático a su criatura, que, de bien escrita que está, engancha más que la muy recomendable novela de Crichton sobre el ecoterror: Estado de miedo.

En un ejercicio de honestidad brutal, poco frecuente en estos tiempos de medias verdades y corrección política, Alcalde desgrana uno a uno todos los mitos que han impuesto los ecologistas: ¿Es cierto que la Tierra se calienta? Y, si es que sí, ¿por qué? ¿Qué hay detrás de toda la parafernalia ambientalista? ¿Qué es el IPCC, para qué sirve, qué ha dado de sí? ¿Por qué el ecologismo entusiasma tanto a millonarios como Al Gore o Leonardo DiCaprio y tan poco a los desposeídos del Tercer Mundo? ¿Cuánto va a costar la broma de Kioto? ¿En qué podríamos emplear todo ese dinero?

Dando voz a los que hasta ahora no la tenían, Jorge Alcalde no deja un cabo suelto y abre un interesante debate sobre el clima, debate que los ecologistas eluden como alma que lleva el diablo. Las mentiras… es, por lo tanto, una obra necesaria, y llega justo en el momento en que el cambio climático está pasando a ser un artículo de fe, algo parecido a una verdad revelada. Sus defensores andan exigiendo a todo el mundo obediencia ciega, y tachan de herejes a quienes no están por la labor.

Ante semejante disyuntiva, Alcalde se queda con los segundos: quizá no sea lo más ecológicamente correcto, pero es sin duda lo más ecológicamente científico.

JORGE ALCALDE: LAS MENTIRAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO. Libros Libres (Madrid), 2007, 210 páginas.

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