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La guerra de Corea o cómo se expande el comunismo

El 25 de junio de 1950 el ejército de Corea del Norte cruzó por sorpresa la frontera del paralelo 38, línea que los aliados habían fijado tras la guerra para delimitar las áreas de ocupación soviética y americana. La idea de los aliados occidentales era reunificar el país después de que se celebrasen elecciones libres, pero eso no entraba en los planes de Stalin. Muy al contrario, lo que rondaba por la cabeza del tirano soviético era enquistar el conflicto reproduciendo el mismo patrón que en Alemania: una nación, dos estados, dos sistemas y la determinación de rendir al oponente tomando ventaja de las oportunidades que las democracias ofrecen siempre a los que no creen en ellas, como es el caso de los comunistas.

La idea de Stalin era que Kim Il Sung, un partisano sanguinario que había pasado la guerra exiliado en Moscú, hostigase a sus vecinos sin enredarse en un conflicto abierto que probablemente tenía perdido de antemano. De esta manera, poniendo a los norcoreanos comunistas en pie de guerra, el Kremlin fijaba con cola la frontera coreana y apartaba de la mente de Truman la idea de unificar Corea desde Seúl, donde, en 1948, unas elecciones habían dado la victoria al partido prooccidental.

Kim Il Sung, sin embargo, no era de esa opinión. Fanático y engreído como pocos dictadores del siglo XX lo fueron, desató una campaña relámpago al estilo de las de la Wehrmacht en la guerra mundial. En pocas semanas ocupó Seúl y buena parte de la península ensanchando de este modo las fronteras de su República Popular. Como obsequio a sus vecinos, pasó a cuchillo a todos los opositores al comunismo que encontró con vida. A Washington la ofensiva de Kim Il Sung le cogió con el pie cambiado y en pleno repliegue de tropas. Truman había ordenado una retirada ordenada de Corea tras las elecciones, y en esas estaban los militares americanos cuando sobrevino la invasión.

La guerra había sido buscada a propósito por Corea del Norte saltándose las normas más elementales de Derecho Internacional y sin apoyo popular alguno. Si los coreanos habían decidido ser libres, Kim Il Sung les iba a demostrar que vivían en el error, que su destino ineluctable era el comunismo aunque fuese por la fuerza de las armas y a través del asesinato masivo de civiles. Sólo en Corea del Sur perecieron un millón, lo que unido a los dos que se dejaron la vida en la república norteña, hizo de esta guerra una de las más letales de la historia para la población civil.

La reacción norteamericana fue fulgurante. Apoyado sobre una ONU que aún le era propicia, Truman envió al general MacArthur para que estrangulase la acometida comunista cortando su retaguardia. El laureado general desembarcó en Inchón y, en pocos meses masacró al entusiasta ejército de Kim Il Sung forzando su retirada más allá del paralelo de la discordia. En este punto la guerra se le había ido de las manos a Stalin y al propio Kim Il Sung, que no había medido adecuadamente la reacción de los Estados Unidos. Para Mao, en cambio, la de Corea era una buena oportunidad de convertirse en una potencia militar de fuste, independiente de la URSS y preparada mental y materialmente para mirarse cara a cara con los norteamericanos.

Esto tampoco lo había previsto Stalin. Accedió a la intervención china convencido de que, si los chinos ponían los muertos -un millón en menos de tres años-, él podría capitalizar la inversión mutando el vasallaje chino en una relación privilegiada con Moscú que impidiese que China y Estados Unidos llegasen alguna vez a entenderse. La realidad fue muy distinta. China aprovechó el conflicto para formar y entrenar un espléndido ejército y armarse hasta los dientes con la tecnología que el gobierno soviético le puso en bandeja a coste cero.

En el verano de 1953 se firmó el armisticio, que no el tratado de paz. La guerra de Corea, al menos oficialmente, no ha terminado. La frustración de los norteamericanos fue intensa porque no habían conseguido nada práctico en la refriega y su ejército había perdido a 34.000 de sus mejores hombres. Una minucia insignificante en comparación con la de chinos y coreanos, pero cantidad suficiente como para replantearse toda su política asiática. Stalin no llegó a ver el final pero naufragaron sus planes de anexionar toda Corea al bloque socialista. Su miopía estratégica ayudó al alumbramiento del gigante militar chino, único beneficiado por la guerra que, en poco más de diez años, rompió formalmente con su padrino.

Con todo, la consecuencia más visible de aquella absurda y cruenta guerra fue el inicio del rearme a gran escala que no se frenaría hasta el colapso de la Unión soviética en los años 90. Stalin, en uno de sus juegos macabros, había partido el mundo en dos y lo había convertido en un polvorín.

Para Corea fue una tragedia humana de dimensiones incalculables. Millones de muertos, cientos de miles de mutilados y desplazados. Un país en ruinas y dividido de por vida. La herida fue tan profunda que hoy, 56 años después, sigue abierta en el corazón de la península coreana, uno de los pocos lugares del mundo donde la guerra fría aún no ha concluido.

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