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Larga vida al deuvedé

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Contaban que estas iban a ser las Navidades de la alta definición, del Blu Ray, de los plasmas fulhachedé, de las Playstations 3 de 80GB y de las videocámaras AVCHD de disco duro y 3CCD. Al final han terminado siendo las Navidades del DVD de ofertilla, de esos de Burt Lancaster a 3,95 que ponen en un montoncillo a la salida de la tienda, del pen USB plastiquero y del Netbook rebajado deprisa y corriendo porque no se vendía un clavo. La tecnología, como vemos, no siempre recorre un camino ascendente. A veces se toma sus pausas y hasta sus retrocesos. ¿Cómo explicar sino que la estrella de la navidad tecnológica de 2008 hayan sido unos ordenadores diminutos en el tamaño, en el precio y en las prestaciones?

En otros tiempos, cuando los bancos prestaban dinero a troche y moche y algunos metían el plasma 5.1 en la generosa hipoteca del adosado, hacer un upgrade tecnológico casero era coser y cantar. Sacaba uno la tarjeta y la pasaba alegremente por la bacaladera del MediaMarkt. O peor, desenfundaba la nómina con arrogancia y se financiaba de un tirón la tele, el deuvedé, seis altavoces, un portátil Sony y, de estímulo para la parienta, una de esas neveras Siemens con televisión incorporada que son la mar de útiles para ver la tele de pie, algo que ya tenía previsto el alemán que inventó la caja tonta hace ciento y pico años.

Pues eso, que estamos en crisis y si, como decían en Platoon, la primera víctima de la guerra es la inocencia, la primera víctima de estar sin un chavo es el tecnófilo, esa tribu urbana (a la que un servidor pertenece) adoradora de ingenios que no sirven para demasiado, pero que colman con creces nuestro inagotable ansia de novedades. Por eso estas no han sido las Navidades de la alta definición, ni del Blu Ray, ni de los plasmas fulhachedé, ni de las playstations 3 de 80GB, ni, naturalmente, de las videocámaras AVCHD de disco duro y 3CCD.

Y no porque no hubiésemos querido, sino porque todas esas golosinas cuestan dinero, mucho dinero, el mismo que los bancos han dejado de prestar. El salto a la nueva dimensión, perdón, a la nueva definición televisiva, tendrá que esperar, al menos, otro año. Los japoneses de Sony lo deben intuir, de ahí que no estén tan palizas con su flamante Blu Ray y sigan dándole a la manivela de lo que ya existe y que, por cierto, goza de una excelente salud.

El DVD, aunque nos parezca algo antiguo y desfasado, es un soporte de vídeo recién adoptado. Cierto es que lleva una década entre nosotros, pero no lo es menos que pocos son los que tienen reproductor desde hace más de seis o siete años. De hecho, la verdadera implantación del sistema ha tenido lugar en el último lustro, durante el cual se ha abaratado tanto que cualquiera ha podido comprarse un aparato y una generosa colección de películas por muy poco dinero.

La principal causa del éxito del DVD ha sido, por lo tanto, el precio. Ha influido también la calidad, que es muy superior a la del VHS, pero sólo ella no explica una adopción tan rápida y masiva. En los 90, el Laserdisc fracasó estrepitosamente ofreciendo una calidad digital muy parecida pero, ¡ay!, con unos precios disparatados y un tamaño de disco ligeramente grande. El DVD, por el contrario, es barato y tiene el mismo tamaño que un CD, disco al que todos estábamos más que acostumbrados hace diez años.

Adoptar el DVD tan sólo implicaba comprarse un reproductor, enchufarlo a la tele y acercarse al Blockbuster a alquilar una película. No es demasiado esfuerzo. Como casi todos pensaron lo mismo el mercado empezó a hincharse y en muy poco tiempo los reproductores, en principio inaccesibles y objeto de culto, pasaron a convertirse en un electrodoméstico excepcionalmente barato. Barato y flexible. Los ordenadores reproducen DVD desde hace años y hay en el mercado, también desde hace años, una variedad casi infinita de reproductores en miniatura, tematizados de mil maneras, encastrados detrás del televisor y adosados a una pantallita para poder colocarlos en el coche y amansar a los niños en los viajes. El VHS nunca dio tanto de sí. Y toda esta variedad a precios de risa.

Pero un reproductor de DVD sin discos que reproducir no sirve para mucho. Los discos, es decir, las películas han ido aumentado de un modo exponencial con los años. A día de hoy la verdadera filmoteca no está en el Cine Doré sino en las estanterías de El Corte Inglés, donde puede encontrarse en plástico elemento toda la historia del cine por menos de 20 euros la unidad. Y vérsela una y otra vez sin merma de la calidad, sin enredos en la cinta y sin borrados accidentales. “Qué bello es vivir”, por ejemplo, será en DVD siempre “Qué bello es vivir” y no una jam session cinematográfica compuesta por jirones del peliculón de la semana al corte con tres partidos de liga, dos minutos de Barrio Sésamo y el final de la porno del Plus.

El DVD, además, se puede grabar. Todos los ordenadores y muchos reproductores lo hacen y hasta se encargan de rotular el disco mediante una especie de tatuajes en plástico que se llama Lightscribe. En el VHS, en cambio, nunca se sabía lo que había en la cinta hasta que no se comprobaba mediante un ejercicio empírico que consistía en hacer gimnasia de brazos durante un cuarto de hora metiendo y sacando cintas del aparato de vídeo.

Lo dicho, el DVD, deuvedé o, simplemente, duvedé, fue una revolución, que digo, fue la revolución de la imagen doméstica. El DVD ha pasado a convertirse en medida de muchas cosas. De la calidad, por ejemplo. Nos venden una videocámara y el relamido dependiente incide en el hecho de que tiene “calidad de DVD” (“calidá duvedé” si el dependiente es madrileño, “defaudé qualitet” si el que te coloca la cámara es alemán), o del tamaño, o incluso de la duración… “caben en un deuvedé” dice el amigo que te pasa de contrabando una colección de pelis de James Bond.. uy, perdón, de Isabel Coixet.

Ante hechos tan contantes y sonantes, ¿quién iba a pasarse a otra cosa que no fuese el agradecido, barato y siempre dispuesto DVD? Tal vez con el tiempo nos cansemos de él y llegue el momento del repuesto. Entonces, quizá, pero sólo quizá, metamos la colección y el reproductor en el trastero y nos compremos un disco duro al que nos bajemos las películas para luego, una vez vistas, borrarlas. Muchos ya lo hacen y les va bastante bien. Para entonces el DVD será un agradable recuerdo del pasado y ocupará su lugar en el museo de los buenos inventos junto al tomavistas y al vídeo VHS. El Blu Ray, entretanto, seguirá siendo, como la energía nuclear de fusión, el futuro.

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