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Facebook, la república de los perdedores de tiempo

Dice Mark Zuckerberg, que es un niñato californiano con nombre alemán (montaña de azúcar significa su apellido), que Facebook sería el sexto país más poblado del mundo si alguna vez Obama diese la independencia a su pagina güé. Bueno, lo de Obama no lo ha dicho, pero lo pongo yo porque lo más probable es que Zuckerberg lo pensó al decirlo. Así, a lo tonto, su página güé tiene nada menos que 175 millones de usuarios, 175 millones de personas que, al menos una vez en su vida, han entrado en la página en cuestión y han creado su propio perfil. Pero, ¿qué es eso del “perfil”? ¿Acaso los usuarios de Facebook, alias Feisbuc o El Feisbuc, suben a esa página una foto suya tomada de perfil?

No, nada de eso, el perfil fesibuquero es una ficha personal del usuario en cuestión donde se ponen cosas como el nombre, la fecha de nacimiento y otros datos personales que, en puridad, interesan sólo a los enemigos del usuario, que utilizará esos datos siempre en su contra. Así, por ejemplo, hay gente que pone la ciudad donde vive, su dirección de e-mail y su cita preferida (que suele ser una cursilería), lo cual no compromete mucho; pero otros, más generosos con las cosas personales, ponen sus libros y películas favoritas, ponen lo que andan buscando: mujeres, hombres o ambos; ponen su ideología política, donde estudiaron, a qué se dedican y cuáles son sus gustos, aficiones y cosas que les hacen perder el sentío. Algunos, los menos, los feisbuqueros más aguerridos llegan a poner una pequeña descripción de sí mismos, una descripción que, por descontado, es siempre positifa, nunca negatifa.

Bien, eso es un perfil. Pero, ¿por qué lo llaman perfil cuando pueden decir ficha? Pues por la sencilla razón de que nos encanta tomar palabras del inglés y calcarlas tal cual vienen de la lengua de Shekspir. Así “perfil” es, en realidad, “profile”, es decir, “profail” y suena como muy de consultora estratégica, de manera que ¡zas!, perfil que te crió y la ficha en el INEM o en la comisaría, que es donde tiene que estar.

Una vez rellenado el perfil comienza la verdadera experiencia Feisbuc, el bautismo en las redes sociales y en la güé dospuntocero, que es algo irresistiblemente moderno y atractivo. Lo primero que hay que hacer es agregar (sic) amigos, porque para estar en el Feisbuc solo uno se queda en casa. Se dice agregar porque, una vez más, se ha tomado una palabra del inglés y se ha traducido, digamos, libremente. En la versión original eso de “agregar” amigos es “add friend”, o, lo que es lo mismo, “añadir amigo”, pero aquí, en la Hispania Fecunda que cantara Darío, nos pone más eso de agregar al personal como si, en lugar de coleguillas del curro, se tratase de datos macroeconómicos. Además, en el mundo real, ese desfasado mundo unopuntocero, los amigos no se agregan, los amigos se hacen…

– Rafa, cariño, ¿te acuerdas de Fran, ese monitor del gimnasio que te presenté el mes pasado?

– Si, claro que me acuerdo…

– Pues nos hemos hecho amigos

– Ah, vaya, me alegro por ti, porque él va apañado…

Lo ven, los hispanos hacemos amigos no los agregamos ni los añadimos. Amigos de gente como Fran, monitor de gimnasio, o como Saray, cajera del Mercadona que todavía no se ha enterado de que existe el Feisbuc… ni falta que le hace.

Una vez perfilizados y con todas las amistades agregadas, Feisbuc se revela en toda su grandeza. Para empezar, podemos subir fotos de nosotros mismos y de nuestras cosillas. Yo, que, a diferencia de Saray, sí que sé lo que es el Feisbuc, subo a mi perfil muchas fotos de mis compañeros de trabajo, especialmente de Mario Noya, que es un lente-herido. Una vez están arriba las comparto con mi red de amigos agregados, con todo el mundo mundial o con mi tía Hipólita, que desde que dejó a Fran y al gimnasio sólo tiene ojos para el Feisbuc y para el blog de Conectados. Puedo también, si ese es mi deseo, no compartirlas con nadie y mirarlas yo solito en el Feisbuk en un ejercicio único de dospuntocerismo fotográfico autorreferente.

Además de las fotos el feisbuc permite hacerse miembro de grupos, algunos muy curiosos como, por ejemplo, aquel que busca un millón de personas que adoran el bocadillo de gallinejas. Aparte de compartir gustos gastronómicos también ofrece la posibilidad de decirle al personal cuántos idiomas se conocen y de poner sobre un mapamundi todos los sitios donde uno ha estado. Este mapa siempre que lo miro me da que pensar, porque la gente dospuntocero es la mar de zascandil y se pasa media vida en Ámsterdam y la otra media en Miami, pero yo a mis amigos del Feisbuc lo más lejos que los he visto es en Segovia comiendo un cochinillo… y eso si que no lo ponen en el mapa, no vaya a ser que venga el amigo del amigo y les desagregue que, trasladado al mundo unopuntocero, es lo mismo que no ajuntarse. El desagregado es quizá el peor trance por el que puede pasar un feisbuquero. A mi, sin ir más lejos, una vez me desagregó Mario Noya, y lo pasé fatal. Tuve que chantajearle con no compartir con él unas fotos para que volviese a ajuntarme, cosa que hizo de mil amores cuando vio su apolínea figura resplandeciendo como el astro rey bajo el logotipo del Feisbuc.

Soy de la firme opinión de que quien ha pasado por un desagregamiento feisbuquero es capaz ya de cualquier cosa en esta vida, incluyendo el dejar de fumar a pelo. Si, en lugar de periodista, fuese psicólogo, lo recomendaría encarecidamente a mis pacientes para fortalecer su autoestima. Ya sabe, insulte a uno de sus agregados y viva el despecho de ver como le desagregan… ese vacío, esa rabia electrónica contenida, ese no saber como responder, esa reconciliación. Hágalo, no se arrepentirá.

Imitando a la vida misma, el Feisbuc permite no sólo tener amigos sino poder hablar con ellos en vivo y en directo. Cuando uno menos se lo espera, en una esquina de la pantalla salta como un resorte una cajita de texto en la que un agregado desconocido te dice…

– Hola, como va la cosa?

Señores, esto es internet, esto es el siglo XXI, esto es Feisbuc, esto es el dospuntocerizaje elevado a la enésima potencia. Un millón de años de evolución culminan en ese…

– Hola, como va la cosa?

¿No le parece fascinante? Así, sin conocerse de nada, sin haber siquiera compartido un cochinillo en la misma mesa, se mete uno en su cuarto y le pregunta cómo va la cosa. Es como si el vecino de 12ºD escalera izquierda del bloque que hay 300 metros más arriba se asoma por su ventana a las dos de la mañana y le pregunta por qué está usted en calzoncillos. Ni Sartre y su “infierno son los otros” hubiera imaginado algo semejante. Gracias Zuckerberg, pero casi hubiese preferido que Saray viniese a pedir un poco de sal llamando primero a la puerta.

Pero no todo en Feisbuc son gratas experiencias antropológicas, también hay espacio para el esparcimiento. No sé exactamente cuántos, pero en Feisbuc hay miles de juegos de todos los tipos que prometen horas y horas de entretenimiento gratuito… o no gratuito, porque algunos cuestan dinero de verdad que se transforma en virtual y que termina inevitablemente en el bolsillo de los creadores del juego. El trato es justo: tu juegas, tu pagas. Nada que objetar.

En una comunidad tan grande, de 175 millones de personas y creciendo, hay gente para todo, los hay que pasan de su perfil, que no suben fotos, que no chatean con el vecino del 12ºD escalera izquierda del bloque que hay 300 metros más arriba y que no juegan. Los hay que sólo se dedican a poner cosas en el muro de los demás. ¿Qué es eso del “muro”? El muro es, tócala de nuevo Sam, un calco del inglés. Zuckerberg y su gente dicen “wall”, que en español, lengua infinitamente más rica en léxico y, no digamos ya, en matices, significa muralla, muro y pared. Como los calcadores tenían que elegir una cogieron “muro”, porque tal vez pensaron que las murallas son muy grandes para pintar en ellas y que en las paredes, aunque se haga, no se debe pintar nunca. Esta gente es así de correcta. El muro no es más que un una página donde los agregados vienen y dejan una nota, por lo general agradable y habitualmente cursi sobre la amistad compartida. Más les vale, una nota inoportuna o escrita de mal café, mancha el muro, lo vandaliza, y eso es motivo suficiente para el desagregado inmediato. Como para pensárselo.

En Feisbuc se pueden hacer muchas más cosas, tantas como para pasar el día entero y la noche en vela pegado a su pantalla. Es la herramienta definitiva para perder el tiempo, un arte nobilísimo que estaba de capa caída desde que hacer pelotillas con las secreciones nasales empezó a ser considerado de mal gusto. Si fuese un país independiente sería la República de los Perdedores de Tiempo, desheredados del mundo moderno que, a pesar de todo lo que digan los pelmazos de Arthur Andersen, también tenemos derecho a nuestro común, improductivo e inalienable espacio. Lo que yo nunca esperé es que fuésemos tantos.. 175 millones… ¡la virgen!, casi como Brasil donde, sin ánimo de ofender a nadie, también se dedican a su peculiar e intransferible Feisbuc sambero. Así que, ya saben, agreguen a mi tía Hipólita y, ya que están, agréguenme a mi.

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