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Stauffenberg o la historia del nazi bueno

steinbach-valquiriaClaus Schenk, conde de Stauffenberg, un simple coronel del Estado Mayor alemán, era quizá la persona menos sospechosa en todo el Reich de verse envuelto en una conspiración para matar a Hitler. Por eso casi le salió bien. Sólo un fallo de última hora en la ejecución de un plan muy bien ideado impidió que el Führer muriera en su refugio prusiano, la Guarida del Lobo, en el verano del 44.

La historia de Stauffenberg es la de tantos alemanes de su época, de los nacidos con el siglo, una historia no muy diferente de la Ludwig Erhard o de la de Sebastian Haffner. Una generación que vio, en la infancia, derrumbarse todas las certidumbres vitales que acompañaban al imperio del káiser, que vivió la Gran Guerra de victoria en victoria hasta la derrota final, que había tenido que reprogramarse mentalmente en los convulsos años de la República de Weimar, que asistió atónita o entregada al ascenso del nazismo, que contempló el hundimiento y el resurgir de la nación alemana después de la hecatombe del 45.

Stauffenberg no tuvo oportunidad de contemplar el último compás del vals suicida que Alemania bailó con la historia del siglo XX. Se inmoló un año antes del fin del nazismo, y lo hizo guiado, según precisa su biógrafo y compatriota Peter Steinbach, por la conciencia, el honor y el patriotismo. Necesariamente por este orden. Stauffenberg, convertido hoy en el héroe alemán de la II Guerra Mundial, era, casi genéticamente, militar y patriota. Heredero de una vieja estirpe de nobles de segunda fila del antiguo reino de Württemberg, sus antepasados, católicos y suabos en un reino reformado desde el siglo XVI, presumían de alcurnia y de estimables servicios a la corona.

Claus no quiso ser menos, pero la Alemania eterna se desplomó ante sus ojos cuando sólo tenía 12 años. Se educó como un noble destronado en un imperio que había dejado de serlo. A los 18 años entró en el ejército: ya no lo dejaría hasta el día de su fusilamiento por un delito de alta traición a la patria. ¿A la patria? Él no lo vio así, acabar con la figura máxima del nazismo era honrar a Alemania eliminando al responsable de su extravío y de sus crímenes en la guerra y en la paz.

El plan no funcionó, y no lo hizo, según señala Steinbach, porque la operación Valquiria no estaba concebida como un golpe de estado propiamente dicho, sino como el simple asesinato del Führer, que conduciría irremediablemente al fin del régimen. Los conjurados creyeron –y creyeron mal– que, una vez muerto el perro, se acabaría la rabia. No fue así. El perro no murió y durante las pocas horas en las que se le creyó muerto en Berlín, ni Stauffenberg ni ninguno de sus compañeros de trama supieron aprovechar la ventaja inicial.

Lejos de eliminar físicamente a otros jerarcas nazis como Göbbels, que se encontraba aquel 20 de julio en su mansión berlinesa, los conjurados se atrincheraron en el Estado Mayor y no consiguieron neutralizar a las SS con el ejército de reserva que estaba a sus órdenes en la capital. La traición de algunos conspiradores, como la deserción del general Fromm en el momento clave, tuvo asimismo su importancia en el fracaso de un plan que estaba milimétricamente trazado para dar el golpe de gracia al Gobierno nazi.

Pero, por encima de los detalles de la conspiración, del saber por qué fracasó, asunto del que se ha ocupado ampliamente la historiografía, está el hombre: Claus Schenk. Un hombre que sintió el llamado de su conciencia y decidió actuar mientras otros callaban y otorgaban. La Historia, por una vez, le ha hecho merecida justicia y hoy Stauffenberg es, junto con otro ilustre suabo, Erwin Rommel, el militar mejor recordado de ese pedazo de su historia en que Alemania perdió la cabeza.

PETER STEINBACH: VALQUIRIA, LA CONSPIRACIÓN PARA MATAR A HITLER. Áltera (Barcelona), 2009, 122 páginas.

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