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El año que Barcelona perdió la cabeza

Hace cien años, Barcelona era la ciudad más grande, más próspera y más poblada de España. Era la fábrica y el cerebro de la nación, su estudio y su taller, su biblioteca y, a ratos, hasta su Corte. Se extendía como un manchurrón de aceite de Las Ramblas a la sierra de la Collserola, del Llobregat al Besós, de los descampados de Pueblo Nuevo a las huertas de Hospitalet. Por el puerto trasegaba buena parte del comercio nacional, y la industria, que crecía al ritmo de la ciudad, era la envidia del reino. En Barcelona se fabricaba de todo, y todo se lo quitaban de las manos a los industriales barceloneses en aquella España alfonsina, rural y somnolienta de la Restauración. Era la ciudad de los milagros, la Rosa de Fuego.

Dicen que eso mismo, su éxito en el mundo moderno, fue el causante del estallido de violencia que la asoló durante el verano de 1909. Muy pronto lo dieron en llamar la Semana Trágica, por las salvajadas que se cometieron al amparo de una revolución algo difusa en lo teórico pero muy destructiva en lo práctico. Sin embargo, aquella semana, que devendría primero trágica y luego legendaria, empezó muy lejos de la Ciudad Condal, en una línea férrea que se estaba construyendo en el Protectorado de Marruecos.

España se había quedado sin colonias diez años atrás, y trataba de rehacer una modesta fortuna en las cuatro migajas africanas que el canciller Bismarck había tenido a bien dejar a disposición de la antaño todopoderosa corona del país donde crecen los limoneros, que es el nuestro. Una de ellas, la marroquí, la más cercana y discutida, salió respondona: el 9 de julio de 1909 unos moros anónimos atacaron las obras de un ferrocarril minero, llevándose por delante a seis de sus operarios.

Eso Maura, que era quien mandaba entonces, no lo podía permitir; era una cuestión de prestigio nacional, ya bastante deteriorado tras el indigno papelón en Cuba y Filipinas. Dio orden de movilizar a los reservistas madrileños y barceloneses, los de las quintas de 1903 y 1904, para que acudiesen a reforzar el ejército de África, incapaz por sí solo de mantener en orden la colonia. Pero no todos se movilizaron: los que podían permitírselo pagaron un canon para eludir su incorporación a filas. Este privilegio, que ponía de uñas a los movilizados, unido al hecho mismo de que de lo que se trataba era de ir a la guerra, envenenó a las clases populares de Madrid y Barcelona, ya curtidas en sindicalismos y protestas varias.

La chispa prendió en la estación de Atocha de la capital y en el puerto de la Ciudad Condal. En Madrid, algunas madres de los soldados se echaron a la vía para que el tren no pudiese partir, la policía intervino y la cosa no fue a mayores. En Barcelona, que era donde embarcaba el grueso del ejército, se armó la de San Quintín. El 18 de julio, mientras la tropa embarcaba, algunas damas de la burguesía, madres, probablemente, de reservistas que habían satisfecho el canon para no ir a la guerra, se acercaron hasta el muelle para obsequiar a los soldados con escapularios y tabaco. Las buenas señoras no tenían mala intención, pero su inocente gesto vino acompañado de malas noticias que llegaban de África. Como chinches estaban cayendo los españoles en el Barranco del Lobo: muchos de ellos eran reservistas recién aterrizados en el Protectorado que, hasta la semana anterior, habían trabajado de jardineros o de limpiabotas en el Parque del Retiro o en la Plaza de Cataluña.

A modo de protesta, se convocó una huelga general para el día 2 de agosto, pero en Barcelona Solidaridad Obrera, una organización muy joven de carácter anarquista, se anticipó y el día 26 de julio, lunes, metió fuego –literalmente– a la capital catalana. La huelga se extendió rápidamente por todo el cinturón industrial, pero ese día la sangre no llegó al río. Lo malo vendría el martes, coincidiendo con las nuevas noticias de África –pésimas, naturalmente–, que hablaban de miles de víctimas acribilladas a balazos por la morisma.

Nadie sabe cómo, pero la situación dio un vuelco inesperado: de pronto la masa, azuzada por los líderes de Solidaridad Obrera y por los socialistas, que eran bastante más matacuras que los de ahora, empezó a incendiar iglesias y conventos. Durante la noche del 27 de julio, Barcelona ardió por los cuatro costados; tanto, y de un modo tan escandaloso, que el Gobierno tuvo que declarar el estado de guerra en la ciudad. El día 28 reinó el caos. Apenas había tropas con las que poner orden. Maura había enviado contingentes desde Zaragoza y Valencia, pero como los ferrocarriles eran lentos y el ejército no muy ágil de reflejos, tardaron un día en llegar.

La ciutat cremada

La situación se desmadró. Los huelguistas se propusieron no dejar una sola iglesia en pie, y casi lo consiguen. Entraban a saco en los conventos y prendían los retablos y los crucifijos en madera policromada. Los más necrófilos sacaban de sus ataúdes los cadáveres de los religiosos y los exponían en la calle, para edificación de los viandantes. Levantaron barricadas en las calles céntricas de la ciudad, desde las que combatían a unas fuerzas del orden totalmente desbordadas por los acontecimientos. Estas barricadas fueron muy útiles para lanzar adoquines que previamente habían sido arrancados del pavimento, pero impidieron que los bomberos sofocasen los cada vez más numerosos incendios. De las iglesias las llamas pasaban a otros edificios, que ardían como teas y se venían abajo con estruendo.

La mañana del 29 la capital catalana presentaba un aspecto fantasmagórico, más propio del frente de Verdún que de la soleada Barcelona de la Belle Epoque. Los combates callejeros continuaron aún otros tres días, aunque la sublevación fue a menos. El capitán general de Cataluña publicó un bando advirtiendo a los barceloneses de que se abriría fuego contra cualquier grupo de gente subversiva que hubiera en las calles. Los transeúntes caminaban rápido, tapándose la boca con un pañuelo para no inhalar el humo de los incendios. Las tiendas y las fábricas cerraron, y el puerto interrumpió su actividad. Varios batallones de artillería la emprendieron contra los revoltosos. Obuses contra adoquines. Era una cuestión de tiempo que la anticlerical asonada remitiese.

El día 1 de agosto La Vanguardia volvió a los quioscos, luego de una semana de faltar a su cita con sus lectores. Esa fue la señal de que la sublevación había sido definitivamente sofocada. Barcelona era la ciutat cremada. La semana trágica dejó más de 100 muertos y unos 60 edificios calcinados. El Gobierno, temeroso de que el levantamiento se extendiese al resto de España, difundió el bulo de que lo de Barcelona era un simple motín independentista. Quizá por eso no pasó nada, o quizá porque en ningún otro sitio de España había tantos anarquistas pirómanos con ganas de marcha.

El crimen ya se había cometido; ahora venía el castigo, que fue ejemplar. Se dictaron 17 penas de muerte, aunque luego, en la tradición española de ser duro ma non tanto, sólo se llevaron a cabo cinco ejecuciones. El reo más célebre fue Francisco Ferrer Guardia, un pedagogo anarquista a quien, en palabras de Unamuno, se fusiló “en perfecta justicia”: era –decía el vasco– una “mezcla de loco, tonto y criminal cobarde”, un “monomaníaco con delirios de grandeza y erostratismo”. Quizá a don Miguel se le fue la mano. Sea como fuere, lo más probable es que Ferrer Guardia pagase en Barcelona lo que hizo en Madrid tres años atrás: uno de sus discípulos, Mateo Morral, lanzó una bomba sobre el cortejo nupcial de Alfonso XIII; y, evidentemente, no lo hizo solo.

Hace un siglo Barcelona perdió la cabeza. Azaña decía que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardearla cada 50 años. Porque la Rosa de Fuego es así, tan suya, tan imprevisible y misteriosa, que, cuando no la bombardean desde fuera, se bombardea ella misma desde dentro.

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