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La fortaleza inexpugnable

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El Muro de Berlín fue único en su especie. No fue la primera vez en la historia que una ciudad se amurallaba, pero sí la primera vez que esas murallas servían para que los de dentro no pudiesen salir.

Hasta que Walter Ulbricht, copiando al dictado de Moscú, ordenó la construcción del Muro, las ciudades amuralladas lo estaban para prevenir invasiones y mejor defenderse. Así nacieron las murallas de Ávila, que siguen en pie, desafiando los siglos, o la Gran Muralla china, una formidable fortificación de casi 9.000 kilómetros construida para frenar las incursiones de los nómadas del norte.

El Muro de Berlín no fue eso. Sus padres no lo concibieron como un valladar contra una hipotética invasión del Oeste –aunque luego lo vendieron así a sus esclavizados súbditos–, sino como la tapia de una cárcel, y no de una cárcel cualquiera, sino de una de altísima seguridad.

Los números de Muro quitan el hipo. Tenía una longitud de 150 kilómetros, es decir, dos veces la distancia que separa Madrid de Toledo. En principio, el Muro fue único, una simple tapia de bloques de cemento coronada por alambre de espino, pero la gente seguía fugándose. En 1962 el Gobierno de la RDA creó el llamado muro trasero, separado unos cien metros del delantero o principal, el que se veía desde el Berlín libre.

Esta franja, una tierra de nadie atravesada por una carretera para las patrullas fronterizas, pronto se convirtió en la Franja de la Muerte. Estaba jalonada de torres de vigilancia, primero portátiles, luego de madera y, al final, de hormigón, con un puesto de vigía circular muy parecido a las torres de control de los aeropuertos. Para evitar que algún descontrolado con un camión u otro vehículo pesado cruzase la línea a toda velocidad, se cavó una fosa metros antes del muro delantero.

Todas las precauciones eran pocas. En los años 60 se instalaron vallas anticarro como las que los nazis pusieron en las playas de Normandía, innecesarias del todo pero muy útiles para la propaganda comunista. Los atribulados berlineses orientales podían así concebir una inminente invasión aliada. Lo cierto es que al otro lado no había tanques, ni siquiera soldados custodiando el muro delantero, tan sólo grafitis, turistas y algunas plataformas de observación desde las que se veía al completo el complejo carcelario que los comunistas habían montado.

Cruzar la línea era prácticamente imposible. Estaba patrullada por soldados armados durante 24 horas los 365 días del año. Llegó a haber 302 torres en torno al Berlín occidental, que en los años 70 fueron renovadas por un modelo nuevo, de planta cuadrada, que resistía mejor las inclemencias del tiempo. Junto con ellas, entre 1975 y los primeros 80 se cambió el muro delantero por lo que las autoridades germanorientales denominaron “Grenzmauer 75”, o muro de cuarta generación, mucho más sofisticado: estaba compuesto por lienzos de hormigón armado de tres metros y medio de alto, rematados por un canuto que dificultaba la escalada.

Nada se dejó a la casualidad. El Muro partía una ciudad que, a su vez, está partida por el río Spree, cuya rivera oriental quedó tapizada de alambre de espino. Lanchas del Ejército vigilaban día y noche la vía fluvial. Pese a todo, el Spree se convirtió en uno de los puntos de fuga más habituales. Los guardias tenían órdenes de disparar sin siquiera dar el alto. Siempre por la espalda y a matar. Un herido era un testigo incómodo de la brutalidad de los amos de la Alemania Oriental.

Entre una ciudad y otra los pasos eran pocos y estaban muy vigilados. Durante los dos primeros años, la RDA cerró a cal y canto la frontera, separando familias y amigos. Luego se abrió, pero sólo se podía cruzar del Oeste al Este. El viaje a la inversa, para un súbdito de la RDA, era poco frecuente: los permisos de viaje se daban con cuentagotas y estaban reservados a individuos de probada lealtad al régimen, como los miembros del partido o los oficiales del Ejército. El berlinés oriental estaba atado a su ciudad como los siervos en los señoríos feudales lo estaban a la tierra.

Muchos lograron escapar de la RDA, esa prisión terrorífica, porque la maldad de los verdugos sólo era superada por su incompetencia. Salían de todas las maneras imaginables: en los maleteros de los coches, por túneles secretos, cruzando a nado el río… hasta –en una ocasión– a bordo de un ultraligero. Lo consiguieron unos 5.000. Otros murieron en el intento: aunque se desconoce el número exacto, se estima que unos 200. Las cruces junto al muro delantero conmemoran el crimen y sirven de recordatorio a los berlineses: la herida, aunque ya cicatrizada, no debería olvidarse jamás.

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