Anuncios
Lo último

1989: Goodbye, Lenin!!

caida-muro-berlin

El 3 de febrero de 1989 Fidel Castro se quedó solo como el último de los grandes dictadores de Hispanoamérica. Ese día, un general paraguayo llamado Andrés Rodríguez Pedotti le dio, de madrugada y con mucha alevosía, un golpe de estado a Alfredo Stroessner, que también era general y llevaba mandando 35 años en solitario.

Rodríguez hizo lo contrario de lo que se pensaba de él: convocó elecciones, que fueron libres y limpias, y gobernó cuatro años más, hasta que un inoportuno cáncer de hígado se lo llevó por delante.

El derrocamiento del incombustible Stroessner marcó el fin de una época en Paraguay y, sin pretenderlo, el comienzo de otra en todo el mundo: 1989 fue el año de la primavera de las naciones, el peor del siglo, con mucha diferencia, para los tiranos. Pero eso, en febrero, aún no se sabía, y todo eran predicciones, las más de las veces erradas.

Entonces, como quien no quiere la cosa, la Historia se aceleró. Polonia, el país más castigado del siglo XX, levantó la bandera de la libertad. Lo hizo por medio de un hombre rechoncho con bigote de domador de leones que trabajaba en un astillero de Danzig. Se llamaba Lech Walesa y era el líder de Solidaridad, el único sindicato libre de todo el este de Europa.

El Gobierno polaco, cercado por la ruina económica y con la popularidad por los suelos, legalizó Solidaridad y le permitió presentarse a las elecciones. Eso pasó el día 5 de abril, que cayó en miércoles. Dos días después, el viernes por la tarde, el Parlamento fue disuelto y se creó de la nada una segunda cámara, el Senado, y el cargo de presidente de la República. Polonia no tenía de eso ya, que desde la implantación de la República Popular el que mandaba en el país era el primer secretario del Partido Comunista, que es lo que habían sido Gomulka o Jaruzelski.

Las elecciones se celebraron en junio… y Solidaridad arrasó: en el Senado cosechó el 99% de los votos. El cambio era inevitable, y la Polonia comunista pasó a los libros de Historia. Pero la transición no la dirigió Walesa, que, a fin de cuentas, no dejaba de ser un simple sindicalista, sino Tadeusz Mazowiecki, un periodista católico que supo gobernar la desvencijada nave polaca hasta la democracia. Para evitar dramones y venganzas, Jaruzelski, que estaba ya sesentón, fue nombrado presidente.

El ejemplo polaco alimentó los sueños de los europeos orientales todavía sometidos a sus respectivos déspotas y, ya en menor medida, al yugo de Moscú. Pero no sólo a ellos. El mismo día en que se celebraban elecciones en Polonia, las calles de Pekín bullían. Protestaban contra el Gobierno y pedían no ya democracia, sino reformas en el ruinoso y carcelario comunismo que les había tocado sufrir. No hubo muchas cortesías: Li Peng sacó dos divisiones acorazadas a la calle y reprimió a modo a los manifestantes.

Sigamos en Pekín. El 5 de junio un fotógrafo de AP tomó desde un hotel una de las fotos más conmovedoras de la historia: exponiendo su propio y frágil cuerpo, un joven se plantaba ante una columna de carros de combate. La imagen dio la vuelta al mundo y se convirtió en símbolo gráfico de la indefensión del individuo frente al Estado. Del joven nunca más se supo; de ahí que, desde entonces, sea conocido –él y la fotografía– como “El rebelde desconocido”.

La libertad no pudo ser en China. No así en Europa, que pisó a fondo para desmantelar el Telón de Acero y recuperar 40 años tirados a la basura. En agosto Hungría abrió su frontera con Austria: la cizalla se llevó por delante la última alambrada que separaba dos países tan unidos en el pasado y tan separados, por el destino y la Unión Soviética, durante cuatro décadas. El verano del 89 fue el de los Lada, los Trabant y los Dacia abarrotados dando brincos por las penosas carreteras del este rumbo a Hungría. Los alemanes orientales, los checoslovacos y los rumanos se apresuraron a colarse por aquel agujero que conducía a la libertad y a la prosperidad que les había hurtado el comunismo desalmado y criminal. En octubre, Hungría dejó de ser una República Popular y pasó formalmente a ser una República a secas, que es lo normal y lo que nunca debió dejar de ser.

Para el otoño, el comunismo europeo estaba tirado sobre la arena, echando sangre a borbotones. Sólo faltaba el descabello.

A lo largo de los meses de septiembre y octubre se puso de moda entre la disidencia de la República Democrática Alemana celebrar manifestaciones multitudinarias contra el régimen. Como eran alemanes y, por lo tanto, gente organizada y metódica, las manifestaciones tenían lugar los lunes por la tarde. Las llamaron, en un alarde de originalidad típicamente germano, Montagsdemonstration: manifestaciones de los lunes… Y lunes a lunes fueron debilitando al Gobierno de Erich Honecker, que, ajeno al mundo, preparaba por esas fechas con gran pompa el 40 aniversario de la RDA.

Esto, y la fuga constante de súbditos por la frontera de Hungría, obligó a las mentes pensantes del Partido, el único y todopoderoso SED, a tomar medidas. El 9 de noviembre al atardecer, un somnoliento portavoz gubernamental anunció que iban a entrar en vigor nuevas normas para viajar al extranjero. Entonces, un periodista preguntó que cuándo iba a ser eso, a lo que el somnoliento portavoz, un tal Schabowski, respondió, sin haberse mirado los papeles: “Sofort, unverzüglich” (ya, inmediatamente).

Una riada de berlineses se precipitó sobre los pasos fronterizos, cuyos guardias, los temidos Vopos, no daban crédito a lo que veían.

Esa noche, la metáfora en hormigón del disparate soviético se vino abajo. En sólo unas horas los alemanes volvían a reencontrarse, se terminaba la Guerra Fría y descendía a los infiernos la nefasta ideología que construyó ese muro para mejor esclavizar al ser humano.

A los pocos días del milagro berlinés, Checoslovaquia retomó lo que había dejado pendiente en la primavera de 1968. Fue la Revolución de Terciopelo, así llamada por lo suave y pacífica que fue: en apenas 15 días, y sin un mal rasguño en la carrocería, los checoslovacos pasaron de la dictadura a la democracia. El 29 de diciembre se cerró el ciclo con la elección de Václav Havel como presidente del país.

Muy diferentes fueron las cosas en Rumanía, donde gobernaba con mano de hierro uno de los dictadores más inmorales de todo el bloque del Este: Nicolae Ceaucescu, bautizado por la propaganda oficial como El Genio de los Cárpatos.

En diciembre, 40 años de represión y crímenes saltaron como la tapa de una olla exprés en plena ebullición. La ciudad de Timisoara se levantó durante cinco días, el tirano convocó una manifestación en la capital para recabar apoyo del pueblo, el pueblo le abucheó… Ordenó entonces disparar sobre los que protestaban, pero el Ejército, pilar de su poder despótico, le dio la espalda y se unió a los manifestantes, que tomaron las calles de Bucarest al grito de “Noi suntem poporul, jos cu dictatorul!” (¡Nosotros somos el pueblo, abajo el dictador!).

El día de Navidad, el Conducator Ceaucescu y su esposa Elena fueron juzgados y ejecutados sumariamente en una casucha de Targoviste. Los soldados del pelotón de fusilamiento ni siquiera esperaron a que les vendasen los ojos: según salieron por la puerta, dispararon a discreción sobre la pareja, como si se hubiese adueñado de ellos la rabia y la frustración acumuladas por todo un país durante tantos y tan largos años.

Anuncios

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: