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El Poder, cueste lo que cueste

Cabe la posibilidad de que el PSOE no gane las próximas elecciones, sean cuando sean. Cabe la posibilidad de que Zapatero tenga, como Ben Laden, que esconderse en una cueva para evitar que le apedreen según salga a la calle sin el batallón de escoltas que ahora le acompañan. Cabe la posibilidad de que, hundido el contrario, el Partido Popular vuelva a la Moncloa. Cabe la posibilidad de que Mariano, Lassalle y Arriola, por fin, lleguen a ser presidentes del Gobierno con ocho años de retraso.

La posibilidad, con todo, es remota pero real. Al PP puede sucederle lo que a la Rusia de Alejandro I, que decidió no combatir contra Napoleón fiándolo todo al feroz invierno de las estepas. Al ruso la jugada le salió bien, la Grande Armée, el mayor ejército jamás reunido, rindió sus armas ante un frío helador. Está por ver que a Mariano la cosa le salga igual de bien, porque las crisis económicas, a diferencia del invierno ruso, a algunos, a los que tienen la llave de las arcas públicas, les sienta de maravilla.

Pongamos que Zapatero se queda sin fondos de los que tirar para comprar votos a mansalva en la Andalucía rural y la Cataluña urbana. Sería entonces cuando muchos votantes socialistas “de-toda-la-vida”, –los de Iznájar que se quedaron y los de Iznájar que emigraron a Cornellá–, pasarían de ir a votar y, sólo con esto, entregarían al registrador de Pontevedra la herencia dentro de un saco de arpillera lleno de agujeros. Pero, las victorias tan pírricas suelen estar envenenadas por la falta de mayoría, lo que les obligaría buscar un aliado que les permitiese atornillarse al poder sin demasiados sobresaltos.

El aliado en cuestión ya lo han encontrado en Convergencia y Unión, un partido concebido en exclusiva para manejar el cotarro, y que atraviesa desde hace siete años el desierto de la oposición sin haberse encontrado siquiera un oasis. Para volver donde solía lo ha intentado todo. Se ha hecho más nacionalista que nadie, sacrificando en ello a sus votantes jóvenes, deseosos de emociones fuertes, en el altar del esquerrismo irredento. Luego se ha moderado, pero para pasteleo ya está el PP, o el PSOE, que sabe dar una de cal y otra de arena en el cinturón industrial de Barcelona.

Al final, por algo tan elemental como que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, se ha terminado juntando con alguien, el españolazo PP, de quien renegaba hasta anteayer. El negocio de la política consiste en mandar y chupar del bote todo el tiempo posible. Por eso hace tan extraños compañeros de cama, porque del contribuyente se vive mucho mejor que trabajando. Ahora que la calva de Durán Lleida y la barba de Rajoy vuelven a tutearse olvidando viejas rencillas, la función está lista para ser representada. Convergentes y peperos entonarán el donde dije digo, digo Diego, y a lo que importa, que es el Poder, cueste lo que cueste.

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