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Cuba en un puño: los CDR

Cuando una revolución se impone por la fuerza –su único modo de imponerse–, lo primero que hacen los nuevos tiranos es tratar de apuntalarla por la misma vía. Pero, para disgusto de los revolucionarios, no es físicamente posible colocar a un pelotón del ejército en cada esquina, o designar un policía que vigile los movimientos de cada ciudadano, bonito eufemismo que, desde hace un par de siglos, se utiliza para tapar la condición de súbditos de todas y cada una de las personas sojuzgadas por un régimen revolucionario. Cabría preguntarse por qué Zapatero (y los zapateros-consorte) lo utiliza tanto y tan machaconamente en sus discursos.

La primera revolución digna del tal nombre, la francesa de la Convención, vio antes que nadie los peligros que acechaban a su régimen de fraternidad, igualdad y libertad universales (y obligatorias). En abril de 1792, mediante una Ley de la Asamblea Legislativa, crearon los Comités de Vigilancia Revolucionaria, grupos locales adictos al partido de Robespierre que acosarían, denunciarían y reprimirían cualquier disidencia. El veredicto de estos comités, formados por doce citoyens (ciudadanos, una vez más), era inapelable y conducía siempre a la guillotina. Llegó a haber en Francia 20.000 de estos comités que empleaban a un cuarto de millón de personas. Napoleón los suprimió, pero la semilla quedó plantada para que, un siglo mas tarde, creciese y arraigase con fuerza.

Después de la Segunda Guerra Mundial, tanto los soviéticos como, especialmente, los alemanes del este, depuraron sus sistemas represivos para hacerlos totalmente impermeables al fracaso. En 1950 el comunista germano oriental Walter Ulbricht fundó la Stasi, abreviatura de Staatssicherheit (Seguridad del Estado), para que nada de lo que sucediese en el país pudiese escapar al control del Gobierno. La Stasi fue la mejor policía política jamás concebida por el hombre. En sus mejores tiempos llegó a tener un espía por cada seis ciudadanos-súbditos de aquella malhadada república. Ni una mosca se movía en la RDA sin que el Partido lo supiese y actuase en consecuencia.

Ese modelo, tan alemán, eficiente y perfecto fue el que inspiró a Castro cuando ordenó crear los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en septiembre de 1960. El sistema de informantes secretos de la Stasi se refinó con comités permanentes y públicos, uno en cada calle, y si la calle era larga, varios. Un inmejorable sistema para controlar a toda la población, la blanca y la negra, la rural y la urbana, la pobre y la menos pobre. Y todo suavemente, sin redadas ni antidisturbios dispersando a palos una manifestación. Ni al mismo Orwell se le habría ocurrido un mecanismo tan bien pulido para liquidar a la sociedad civil.

cdr-cuba-muralLos CDR dependen del ministerio de Interior, que los alimenta y promociona a sus miembros más celosos en la defensa del tirano. Con el presidente del CDR más vale llevarse bien o, como mínimo, no provocarle colocando una antena parabólica en el chamizo o leyendo prensa extranjera. Y no es una exageración. Leer estas líneas o llevar bajo el brazo el periódico que tiene usted entre las manos puede proporcionar un disgusto muy serio a un cubano.

Los miembros de los CDR, a quienes se llama cederistas, son voluntarios y muchos más de los doce citoyens revolucionariamente impecables que fijó la Convención. De hecho, el mundo perfecto para Castro sería una Cuba con todos sus habitantes, incluidos los niños, afiliados a un CDR. A través de estas agrupaciones vecinales se pueden obtener favores políticos y, sobre todo, hacerse la vida algo más fácil. A cambio, todos los cederistas tienen la sagrada misión de velar por los intereses de la Revolución, es decir, del Gobierno, que es Cuba es un sinónimo de los ajados hermanos Castro. Constituyen la célula básica de la represión castrista. Sin ellos la tiranía no hubiese arraigado del modo en que lo ha hecho durante los últimos 50 años.

La organización de los CDR es muy compleja. Los de un barrio se agrupan en comités de zona, los de una ciudad en comités municipales, estos, a su vez, forman los comités provinciales que nutren de cargos e información al comité nacional con sede en La Habana. La policía política profesional está presente en todos, recopilando y actualizando datos sobre todos los habitantes de la Isla desde que entran en la escuela, momento en que se les abre un expediente que irá enriqueciéndose toda su vida. Los turistas revolucionarios que se dejan caer por Cuba con frecuencia no se salvan del celo inquisidor de los CDR. En Cuba todos tienen un dossier que, para el régimen, es la mejor de la armas contra la subversión… y contra la crítica.

Aparte de vigilar a los vecinos sospechosos de discrepar con los que mandan, uno de los principales cometidos de los CDR es organizar actos de repudio contra los contrarrevolucionarios que señala el Gobierno. En los años 70 los cederistas se encargaron de confeccionar las listas de los campos de concentración. Cualquiera que el régimen considerase enemigo, desde los homosexuales hasta los católicos, pasando por los intelectuales no comprometidos o los artistas disolventes, fue a parar a lo que el régimen denominó “Unidades Militares de Ayuda a la producción”, un matadero que llegó a albergar 50.000 almas en pena. Al cantante Pablo Milanés, hoy reconvertido en castrista blandito, el CDR de su barrio le envió al campo porque sus canciones escondían “contrarrevolución, mariconería, o ambas cosas a la vez”. Con esto creo que está todo dicho.

Los CDR, que Chávez ha implantado en Venezuela bajo el nombre de Círculos Bolivarianos y Correa pretende crear en Ecuador a imagen y semejanza del amo cubano, tienen un efecto inmediato. Consiguen que la savia de la sociedad civil deje de fluir y se seque sin remedio. Crean un ambiente de delación continua en el que nadie se fía de nadie; ni los padres de sus hijos, ni los hijos de sus padres, ni siquiera los propios cederistas confían en sus compañeros. Todos temen por igual al monstruo que ellos contribuyen a mantener con vida y que habita dentro de ellos mismos. Esta es la esencia misma de los Comités de Defensa de la Revolución.

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