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Paremos el vulcanismo

Con los volcanes pasa lo mismo que con el clima, hacen lo que les viene en gana sin importarles demasiado que estemos o no aquí. Sin previo aviso, entran en erupción y de dos humaradas derriten un glaciar y cortan el tráfico aéreo de media Europa, recordándonos de paso que seguimos siendo una apacible Pompeya que vive, risueña y despreocupada, reclinada en sus laderas.

Lo del Eyjafjallajökull, que es como se llama el de Islandia y que, de no pasar lo que ha pasado todos hubiéramos muerto sin saber de su existencia, nos devuelve a nuestra insignificante condición humana. Lo que no deja de tener su gracia después de que nos hayamos auto adjudicado las culpas de todo lo (malo) que pasa en el planeta y sus aledaños galácticos.

La naturaleza va a su aire y nos ignora. Lo hizo antes de que llegásemos y lo seguirá haciendo cuando nos hayamos ido. Tiene su propia agenda, que unas veces nos es propicia y otras, las más, abiertamente hostil. Exceptuando una detonación masiva de todas las bombas nucleares que hay en el mundo, cualquier cosa que podamos hacer los humanos apenas roza la epidermis del planeta. Y si nos diese por la idiotez de volar por los aires todo el arsenal atómico, la Tierra terminaría por volver a la normalidad tras un leve estornudo en forma de invierno nuclear que quizá extinguiese a nuestra especie, pero no a todas las formas de vida.

No es una hipótesis, cosas así ya han sucedido en el pasado y volverán a suceder en el futuro, y no precisamente porque algún trastornado apriete el botón rojo, sino porque las llanuras interestelares están hasta arriba de asteroides que, de tanto en tanto, se estampan de lleno contra planetas como el nuestro. La única diferencia entre los dinosaurios y nosotros es que a ellos les pilló de sorpresa, mientras que nosotros sabremos la hora, minuto y lugar exacto en que se producirá el impacto, pero no podremos evitarlo.

Como el Armagedón no ha llegado aún, hemos de conformarnos con una pequeña dosis de Apocalipsis que se cifra en un volcán sin nombre de la dorsal atlántica. Cabe ahora oponerse a él, aunque sea de un modo retórico. A fin de cuentas, llevamos años haciendo campaña contra el CO2, un gas corriente y moliente, tan inofensivo que lo echamos a toneladas por la boca para suspirar, aliviar el escozor de una herida o soplar las velitas de una tarta de cumpleaños. Por protestar que no falte. Además, es muy probable que tanta ceniza allá arriba tamice la luz del sol y baje la temperatura. Tantos tiempo anunciando el fin de los días como para que ahora el crujir de dientes sea por una cosa distinta de la que no se puede culpar al capitalismo salvaje o a los dueños de un Nissan Patrol. Perro mundo. Paremos el vulcanismo.

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