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Entre la España y la pared

Una grave enfermedad que fue diagnosticada demasiado tarde, que luego se ocultó arteramente al paciente y que, cuando ya no quedaba más remedio, se recetó la medicina equivocada. Esta ha sido la odisea de la crisis en España. Nadie la quiso ver venir aunque, al menos desde 2006, todo indicaba que la caída iba a ser durísima. Cuando la teníamos encima el Gobierno miró hacia otro lado y se centró en ganar las elecciones, la nacionales y las europeas. “¿Crisis, qué crisis?”, decía risueño López Aguilar en plena campaña haciendo un chiste con un viejo disco de Supertramp.

Como la insensatez siempre pasa factura, al final nos ha pillado el toro: negro bragado, quinientos kilos, astifino, nos ha volteado y tiene la cornamenta a dos milímetros del hígado. Si no se atienden los vencimientos de deuda que los acreedores pasarán el próximo mes de julio podremos ir despidiéndonos de la España de nunca jamás en la que llevamos sesteando década y media ad maiorem politicastri gloria. Y Zapatero lo sabe porque, al cabo, tonto no es. Salgado quizá no, pero alguien se lo habrá soplado al oído y lleva tres semanas con sesión doble de bikram yoga a 90 grados, crujir de dientes y sudores fríos. Y no porque le preocupe lo que le vaya a pasar a usted –eso jamás le ha quitado el sueño–, sino por lo que le va a pasar a ella. Sin poder no hay yoga, ni vida padre, ni cartelitos de no fumar. Sin poder no hay nada.

Podría, claro, Zapatero y su tropa seguir mandando, pero para eso tiene que pagar lo que debe, lo que irresponsablemente pidió prestado para colocar aceras donde no hacían falta, spas rurales o circuitos de motocross. Como gasta mucho más de lo que ingresa, un 11% más, tendrá que pedir de nuevo para tapar el agujero. Entonces la Bolsa gemirá, las agencias rebajarán la calificación crediticia, Público señalará al culpable y Nacho Escolar, analista financiero a ratos, echará mano de Bugs Bunny para indicarnos la causa exacta del derrumbe.

Llegado un momento, la farsa no podrá sostenerse ni un minuto más, será inútil tratar de dar esquinazo al cobrador del frac escondiéndose dentro de un portal. Habrá que elegir entre un dolor cierto y una muerte segura, entre suspender el gasto y suspender los pagos, entre la España y la pared. Esto no es Grecia, a Zetapé no hay quien le rescate porque la nuestra es una economía demasiado grande que arrastra una deuda acorde a su tamaño. Lo que hay que hacer lo sabemos todos, pero sólo lo puede hacer una persona que, para qué engañarnos, no infunde demasiada confianza.

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