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Badalona como síntoma

Cuando el 0,5% de la población comete el 25% de los delitos es que algo está sucediendo. Puede ignorarse, hacer como que no pasa nada y permitir que, el próximo año, en lugar del 25% esa minoría sea ya la responsable del 30% ó el 40% de los delitos. Puede incluso, de hecho es lo que se hace, culpar a los vecinos de ser los causantes del problema por denunciarlo. A fin de cuentas, los que tendrían que hacer algo no lo sufren en carne propia y todo lo saben de oídas.

El mecanismo de degradación de un barrio funciona siempre igual. Cojamos un barrio cualquiera de cualquier ciudad de España. Metámosle una comunidad de inmigrantes que, en vez de venir a trabajar, viene a delinquir. Dejemos que la cosa se vaya contaminando ella sola, que aumente el crimen, que en la calle prolifere el desorden y las venganzas, que la policía decida no intervenir por miedo al que le pasará y, especialmente, al que dirán. Miremos hacia otro lado cuando las denuncias llueven sobre el ayuntamiento. Por último, cuando la situación se ha vuelto insostenible y un inoportuno asesinato ha convertido en tragedia nacional lo que era cotidianeidad local, salgamos muy indignados a la palestra bramando contra el racismo, por la tolerancia y la convivencia, la misma que los recién llegados se han pasado por el arco del triunfo.

Esta cadena de acontecimientos se ha producido ya en muchos barrios, todos humildes, todos orbitando las grandes ciudades, todos marcados a fuego por una nueva ley de la calle que ni el Vaquilla hubiese imaginado posible. Tres barrios de Badalona han sucumbido a la maldición. Una minúscula comunidad de gitanos rumanos expulsados de Italia se ha adueñado de ellos, los ha rendido y cuando ya no hay quien entre en ellos, el sanedrín de lo políticamente correcto dicta inapelable sentencia: la culpa es de quien se queja.

En este caso del PP de la localidad, presidido por el correoso García Albiol, que cometió hace un mes la imperdonable ligereza de encargar un folleto en el que los populares piden que se haga cumplir la ley. Hasta ahí podríamos llegar, clama la casta echándose las manos a la cabeza. El folleto cogió el AVE y en Génova 13, escandalizados, se desentendieron de él. Todo lo que pasa -y lo que pasa es muy malo-, en La Salud, Llefiá y San Roque, es cosa de los vecinos, que, aunque lo padecen a diario, nada saben del multiculturalismo de la navaja. Badalona es más que una pequeña fracción de lo que pasa en otros muchos barrios, es un síntoma de cómo la clase dirigente, engolfada en la corrección política, vive al margen de la sociedad.

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