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Sí, la crisis se veía venir

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Cuando durante el verano de 2007 saltaron las primeras alarmas en Estados Unidos sobre el posible impago de las hipotecas que los bancos habían concedido a individuos de dudosa solvencia, en España se dormía a pierna suelta, y el que más y mejor lo hacía era el propio Gobierno. En aquel entonces, tres años hace ya, se acababa de cerrar el trienio mágico del socialismo español. Por primera vez en la historia un Gobierno socialista había gobernado cómodamente sin hundir la economía y multiplicar el número de parados.

Las otras dos veces –en 1931 y 1982– había sucedido exactamente lo contrario. La contracción económica y la llegada al machito de los vástagos de Pablo Iglesias eran la misma cosa. El ascenso de Zapatero tenía una explicación distinta. No había conquistado el poder tras un cambio de régimen o una crisis económica. En 2004 España llevaba ocho años creciendo, creando empleo y aminorando el diferencial de desarrollo con los países ricos de la Unión Europea. La Constitución del 78 y la monarquía estaban perfectamente consolidadas y se hablaba del milagro español, un milagro que se cifraba en buen clima, mejores negocios y estabilidad política. Las faraónicas obras del AVE de Madrid a Barcelona simbolizaban mejor que nadie aquel optimismo con el que inauguramos el siglo.

Pero sucedió que alguien, no se sabe aún quien, reventó cuatro trenes de Cercanías en Madrid a tres días de las elecciones. La izquierda, cuya estrategia de Oposición era un eslogan contra una guerra en la que España no había participado –los noalaguerra tienen todavía pendiente mostrar el documento en el que se declara la guerra a Irak–, supo estar a la altura de sus circunstancias y las urnas dieron un vuelco histórico. Bajo el nuevo liderazgo Zapatero acometió con presteza un programa ideológico de gran profundidad. La economía, entretanto, marchaba sin más. Nadie sabía por qué lo hacía, por qué razón en cada ejercicio Hacienda aumentaba su recaudación sin necesidad de subir impuestos; por qué, en definitiva, España, uno de los países menos competitivos de la OCDE, emulaba por enésimo año consecutivo a los dragones asiáticos.

En 2007 la fase de sueño REM ya había terminado y el despertador de la mesilla apuraba los últimos minutos antes de sonar. Y sonó, y todos lo oímos aquellas Navidades tras las cuales las colas en las oficinas del INEM empezaron a estar especialmente concurridas. Pero, ¡ay!, en marzo había elecciones. La prodigiosa primera legislatura zapaterina, la del matrimonio gay, la alianza de civilizaciones, la negociación con la ETA y el Estatuto catalán, tocaba su fin y llegaba el momento de vender las grandes “conquistas democráticas”, los “derechos” recién concedidos por su graciosa majestad monclovita y los logros de la España asimétrica, plural y de progreso. Todo aderezado con un excelente cuadro macroeconómico y la promoción a la Champions League de la economía mundial a la vuelta de la esquina.

En la mercadotecnia electoral los fracasos no existen, en marzo de 2008 lo que no existía era la amenaza de crisis. Los carteles de la campaña eran tan descriptivos que, mirados hoy, mueven a risa: “Por el pleno empleo”. “Soñar con los pies en la tierra”. “Motivos para creer”. La propaganda electoral era un sublimado de lo que soltaba Zapatero, su ministro Solbes y todo socialista al que pusiesen un micrófono delante. En diciembre de 2007 Solbes aseguraba que la economía crecería “a velocidad de crucero durante los dos próximos años, en los que avanzará en torno a un 3%”, un mes después el oráculo de la Moncloa bramaba “la crisis es una falacia, puro catastrofismo” para rematar diciendo que crear alarmismo sobre la situación económica era de “lo más antipatriótico” que él conocía.

En esta frágil barquichuela carcomida por el triunfalismo y con dos ineptos como remeros nos cogió la tormenta perfecta. El crecimiento no fue, naturalmente, del 3% sino del 1,2% y eso después de aplicarle mil masajes estadísticos. El paro se desbocó, la construcción se detuvo en seco, la recaudación fiscal se derrumbó y no había manera de atender los gastos corrientes del Estado. La crisis no era una falacia. Los mismos que antes no acertaban a entender por qué las cosas iban bien, ahora no se explicaban por qué iban mal.

Pero, como de costumbre, la suerte jugaba a su favor. Zapatero había ganado holgadamente las elecciones y tenía por delante más de tres años para salir del agujero. Entonces alguien le susurró al oído que de esto se saldría como se ha entrado, de un modo casi mágico, totalmente inaccesible a los hombres, porque la economía es una cuestión de actitudes no de aptitudes. Para que la medicina surtiese el efecto deseado el Gobierno debía estimular ciertos puntos sensibles con una generosa cantidad de dinero. No importaba que la recaudación no llegase, primero se tiraría de las reservas y luego se pediría prestado. Lo importante es que el dinero, el propio o el ajeno, no dejase de circular. “Pedro, no me fastidies, no me digas que no hay dinero para hacer política”, cuentan que Zapatero le dijo a Solbes en plena euforia, poco antes de ponerse pedir préstamos como un chiflado. Una frase para enmarcar que preludia todo lo que vino después.

A mediados de 2009 nuestro Gobierno era ya el que más deuda emitía de toda la Unión Europea, un 75% más que el año anterior. Los prestamistas, encantados con la rentabilidad del bono español, compraban alegremente. A fin de cuentas España guardaba aún cierta credibilidad en los mercados y, fruto de los años de bonanza, tenía un ratio de deuda sobre el PIB muy discreto. Con el dinero fresco en la mano, Zapatero y la nueva ministra del ramo, Elena Salgado, se animaron y daban la crisis por zanjada. En abril Zapatero afirmaba seguro que era probable que “lo peor de la crisis económica haya pasado ya”. Días después la ministra veía “brotes verdes” que saldrían “en unas semanas”. De esto ha pasado más de un año y ni brotes ni verdes, pero el Gobierno Zapatero cuenta con un aliado fiel en la prensa, a la que teledirige a placer, y las hemerotecas crían telarañas.

De la burbuja de la construcción se pasó a la de la deuda pública. Nada había cambiado, tal vez algunos parados más, pero no en lo esencial para la casta, que seguía teniendo de donde tirar para financiar su costosísimo tren de gasto, sus Planes-E, sus subvenciones, su red clientelar, su demagogia a cuenta del erario público, sus rediles de voto cautivo. Como el camello que se engancha a la heroína que vende, Zapatero terminó creyéndose sus propias patrañas, comprando su propia mercancía, buena para engañar a los bobos y a los militantes del partido, pero letal para un Gobierno al que aún le quedaban tres años de mandato. Llegado el momento, y el momento se acercaba, no habría sobre quien cargar las culpas del desastre.

En septiembre del año pasado el primer ministro griego, Giorgios Papandreu, comunicó a la Unión Europea y al BCE que llevaban años dando cifras falsas y que su país estaba al borde de la quiebra. La sombra de la duda se posó sobre los Gobiernos europeos que habían pedido prestado más de la cuenta. Los mercados de deuda acusaron el golpe. Seguirían prestando, pero a un tipo mayor y mirando de reojo el colateral que, en el caso de la deuda soberana, son los Estados en sí mismos, es decir, su capacidad recaudatoria. Si Grecia no pagaba se desencadenaría un temporal mayor incluso que el que provocó la quiebra de los bancos norteamericanos un año antes. El temido “default” de un país europeo haría temblar a la Unión y socavar los cimientos del euro.

Pero Grecia no era la principal preocupación de los inversores sino España. Nuestra economía es equivalente a cinco Grecias y, aparte de la deuda pública, arrastra serios problemas estructurales de difícil remedio. En los últimos meses el acceso al crédito por parte del Gobierno ha ido endureciéndose. Los acreedores no confían en nosotros. Creen que un país que gasta un 11% más de lo que ingresa, que soporta la mayor tasa del desempleo de toda Europa, una deuda privada espeluznante y que está convencido de que puede vivir así eternamente, no es de fiar.

La fuente del “dinero para hacer política” se estaba empezando a secar. El mismo mercado al que Zapatero había acudido soberbio meses antes para que le suministrase los fondos que su Gobierno necesitaba para seguir viviendo en Babia, se cerró en banda desprendiéndose a toda velocidad del papel que había emitido el Estado español durante los años anteriores. Los mercados, es decir, cientos de miles de personas que compran y venden productos financieros, no son irracionales. Cuando descubren un mal negocio se asustan y echan marcha atrás. Lo hacen de golpe y sin avisar porque, a diferencia de la política, el mercado carece de una dirección centralizada. Por esa razón, en el medio plazo, las decisiones colectivas que toma el mercado son siempre acertadas y óptimas para los que se han involucrado en la acción. Nadie, por ejemplo, compraría acciones de una compañía que está próxima a la quiebra ni vendería las de otra que acaba de descubrir un yacimiento petrolífero. O tal vez lo haría pero comprando las primeras muy baratas y vendiendo las segundas muy caras. Llevándonoslo al terreno de la deuda, nadie prestaría a un individuo sin empleo que gasta mucho más de lo que ingresa, y si alguien decide correr ese riesgo lo hace a cambio de un interés altísimo que le compense. Elemental.

La eficiencia dinámica inherente al mercado, principio opuesto al de la ineficiencia estática que caracteriza al Estado, le pilló los dedos a Zapatero, que es político y, como tal, tiene la mala costumbre de pensar que todos deben hacer lo que él dice. Así, declarado paria entre los prestamistas y con su patrimonio devaluándose a diario, hubo de recurrir, como Papandreu nueve meses antes, a la Unión Europea. El 7 de mayo España estaba en bancarrota. Debía mucho más de lo que podía pagar y nadie había hecho nada para enderezar la situación. El poder, siempre necesitado de culpables oficiales, cargó sobre unos tenebrosos especuladores que, aunque ayer nos dejaban a manos llenas, hoy nos han cogido manía. Fútil intento de desviar la atención porque, a estas alturas, ya nadie se cree nada, ni siquiera los crédulos oficiales del pesebre funcionarial, chivos expiatorios de la dadivosidad de su amo.

Decía el humorista P.J. O’Rourke que dar dinero al Gobierno es como dar un cubata y las llaves de un coche a un chaval de quince años. Nunca mejor traído un chiste para ilustrar lo que nos ha pasado, un drama nacional que, para colmo, tenemos sobradamente merecido. España lleva década y media viviendo por encima de sus posibilidades, agarrada a un ramillete de ilusiones sociales que hemos confundido con derechos, produciendo menos y gastando más, invirtiendo en quimeras al tiempo que dábamos por hecho que era riqueza contante y sonante. La guinda final la ha puesto José Luis Rodríguez Zapatero que, en su ramplona vulgaridad, es una metáfora del país que lo ha puesto donde está.

Al cabo, sólo nos queda decir que, aunque muchos se hayan puesto hasta arriba del alucinógeno que nos servían gratuito desde el Gobierno, tanto la crisis como la reacción de Zapatero se veían venir. Las dos desde muy lejos. Salir de esta no nos va a costar sangre, sudor y lágrimas, ese es el típico escenario tétrico del que se valen los políticos para saquearnos a conciencia, sino poco gasto, mucho ahorro y mesura la próxima vez que nos ofrezcan El Dorado sin esfuerzo. Al final resulta que el principal teórico de la economía era nuestra abuela. No se nos debería olvidar.

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