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La antítesis de Obama

El próximo 10 de noviembre se enfrentan en el remoto estado de Kentucky dos concepciones antagónicas de los Estados Unidos de América. Por un lado la de Jack Conway, abogado, Demócrata, ecologista, abortista, sindicalista y todos los istas posibles que suscribe con su patrón Barack Obama. Por otro Randal Howard Paul, médico oculista, Republicano, fundador de la Unión de Contribuyentes de Kentucky y conservador a fuer de libertario.

El primero representa la América lincolniana, la del gran Gobierno, la de las burocracias asfixiantes y la intervención sistemática –de la cuna a la tumba– del Estado en la vida del individuo, rebautizado como ciudadano para esclavizarle mejor. El segundo la América confederada de Jefferson Davis, tierra de rebeldes con causa, colonos desconfiados al frente de su plantación, celosos de su independencia y tan cerca de Dios como lejos de Washington DC.

No es casualidad que tanto Lincoln como Jefferson nacieran en Kentucky, cruce de caminos, metáfora misma de los Estados Unidos con sus verdes praderas, sus destilerías de whiskey y su Misisipi trasegando de todo río arriba, río abajo. El hecho es que Kentucky no es especialmente grande, poco más que Castilla y León; ni especialmente populoso, apenas cuatro millones de habitantes, uno menos que la Comunidad Valenciana. Pero en sus manos está que surja o no la verdadera alternativa a la glaciación ideológica de la era Obama.

Y es aquí donde entra Rand Paul, un líder sobrevenido que no le debe nada a la política y mucho a su consulta oftalmológica en Bowling Green, una pequeña ciudad de 55.000 habitantes. Nada que ver con Conway, un político pata negra que lleva casi veinte años haciendo con nota el cursus honorum, que no tiene más oficio que enredar por los despachos oficiales y que, como no podía ser menos en un Demócrata de postín, es de familia acomodada aficionada a las carreras de caballos.

Que este hombre que bien podría revivir el discurso ideológico de los republicanos sea hijo del otro maverick por excelencia de la política americana, el también médico Ron Paul, es intrascendente. Rand Paul es un hijo de su tiempo, un producto de ese híbrido liberal-conservador que se ha levantado tras la inesperada y cataclísmica victoria de la nueva izquierda, personificada en Barack Obama, un paradigma ideológico caduco, ineficiente y, para colmo, totalmente ajeno a la tradición norteamericana.

Con todo, el cambio de momento político, no fue obra de los Demócratas, que navegaban sin rumbo hace sólo un lustro oscilando entre un razonable Joe Liebermann y un Howard Dean subido a la parra de la demagogia radical que se estila en las universidades de California. Fue George Bush y su crónica falta de ideas el que puso el poder en bandeja de plata a sus adversarios. Desde 2006, fecha de las últimas legislativas, hasta la derrota de 2008, los Republicanos no dieron pie con bola atrapados en la espiral de gasto público y Gobierno fuerte que auspiciaba Bush desde Washington. Eso, debidamente aliñado por la propaganda antiguerra y el espejismo Obama los sacó, no ya de la Casa Blanca, que también, sino del mismo debate ideológico.

Cuando todo parecía perdido y la casta Republicana de la capital se ponía cómoda para pasar, como mínimo, dos mandatos en la oposición, sucedió algo que nadie tenía previsto. La América que, contra todas las encuestas, había dado el poder a Bush en noviembre de 2004, renacía de sus cenizas, y lo hacía de un modo anónimo en protestas populares –los famosos Tea Parties– que iban organizándose por todo el país para oponerse a tres grandes leyes federales: la de los rescates bancarios, la de los paquetes de estímulo económico y la de reforma sanitaria. Tres puñaladas en el corazón mismo del susceptible contribuyente americano.

Este nuevo escenario de oposición cívica a la Casa Blanca y al establishment washingtoniano no tardaría en alumbrar sus nuevos líderes. Uno de ellos, quizá el más representativo, fue Rand Paul, un hombre de la edad de Obama cuya hoja de presentación era un rosario de principios sencillos, todos muy americanos, y que constituyen la antítesis del “cambio” con el que Obama se aupó al poder hace sólo año y medio.

Las ideas de Rand Paul, que hasta ahora vivía al margen de las banderías políticas recluido en su consulta, son peligrosas para la casta porque son tan prudentes que las suscribiría una gran mayoría de votantes. Piensa, por ejemplo, que los impuestos tienen que ser bajos y los gobernantes austeros, que el déficit público debería no limitarse, sino directamente prohibirse por Ley. Cree que la Reserva Federal es un Frankenstein descontrolado que sólo sirve a sus amos políticos y que, precisamente por eso, fija los tipos de interés que éstos desean para alterar el ciclo económico y poder gastar a manos llenas. Es, además, de cajón. Si los tipos los fijase el mercado nunca se hubiese hinchado la burbuja inmobiliaria, responsable en última instancia de la actual crisis económica.

A Paul tampoco le convence la Patriot Act, una ley apadrinada por Bush y aprobada al unísono por Demócratas y Republicanos sólo un mes después de los atentados del 11-S. Esta Ley pisotea los derechos individuales y da más poder del que nunca soñaron a agencias como el FBI o los servicios aduaneros. Cualquiera que haya visitado recientemente Estados Unidos habrá experimentado esta absurda Ley en forma de interminables colas en una sala abarrotada o surrealistas estampas como la de un policía armado tomando las huellas dactilares a un bebé, por no hablar de atropellos mucho más graves. En esta misma línea, se opone a la ocupación de Irak y al extraordinario gasto en Defensa que, con Obama, ha seguido creciendo a pesar de la pantomima pacifista que el presidente escenifica en sus discursos.

Esto, evidentemente, no significa que Paul esté en contra del Ejército. Todo lo contrario, para él como para la mayor parte de liberal-conservadores, la defensa nacional es la más importante de las tareas que debe acometer el Estado. Pero debe de hacerlo mirando el presupuesto y siendo implacable con los enemigos de la Nación. Así la prisión de guerra de Guantánamo no debería cerrarse, pero sí las bases militares en el extranjero que no tenga sentido mantener abiertas.

Aquí, según Rand Paul, debería quedarse el papel del Estado que, por lo demás, no debe intervenir en la educación de la infancia –para eso se bastan y se sobran los padres a través de las comunidades locales–, ni en cuestiones como la sanidad o la energía. Paul es de los pocos que dice claramente que el modelo energético no debe ser decidido por políticos, sino por el propio mercado en función de las preferencias de los consumidores, que, por lo general, se inclinan por energía barata sí, pero también limpia cuando la sociedad ha alcanzado cierto nivel de desarrollo. En este asunto, muy debatido en Estados Unidos durante el último año gracias a un informe elaborado por tres profesores españoles, ataca sin piedad los planes que Obama tiene para convertir Estados Unidos en un referente mundial de energías renovables calcado del subsidiado e ineficiente modelo español.

El paquete de ideas-fuerza, de enmienda a la totalidad al programa progresista se complementa con su firme oposición al aborto, a la eutanasia y a la experimentación biológica con embriones humanos. Pero, como, a diferencia de muchos de sus paisanos, no tiene vocación de tirano, se conforma con que ciertas leyes como la del aborto sean competencia de los Estados y no de la administración federal. Un viejo truco jeffersoniano para frenar la tentación de uniformizar la Unión mediante leyes de ámbito nacional tomadas siempre a espaldas de las comunidades.

Rand Paul es, en suma, el anti Obama, el anverso de la envilecida moneda del intervencionismo que va camino de provocar la ruina sin paliativos de los Estados Unidos en las próximas dos décadas. Si consigue alcanzar el Senado a finales de año algo inusualmente nuevo habrá florecido en Washington. Por eso le temen y le han montado una formidable campaña de desprestigio; a él y a lo que representa: ese movimiento disidente de las Tea Parties, farolillos de una América que se resiste a morir.

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