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La flotilla por la culata

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Cuando a todos se nos había olvidado la movida de Gaza, Pallywood nos ha sorprendido con una inesperada superproducción, rodada en alta mar y con gran aparato de efectos especiales. El estreno, que acaparó mucha más atención mediática que el de la segunda parte de Sexo en Nueva York, no estaba programado. Nos levantamos el lunes y ahí teníamos los Youtubes, las declaraciones desde la alfombra roja y el cuarto y mitad de ambulancias palestinas entrando en urgencias que, pase lo que pase, son siempre la verdadera estrella de la factoría pallywoodiense.

Lo mejor esta vez ha sido el guión, muy bien concebido, pero sólo para durar un día, que es lo que ha terminado pasando. Unos pacifistas newager a bordo del Mavi Marmara –bonito nombre– se dirigían al puerto de Gaza para descargar juguetes, libros de colorines y otras chucherías humanitarias cuando, de repente, en la profundidad de la noche, las tropas anfibias de Sauron les asaltaron haciendo una masacre sin nombre. Hasta 60 muertos se contaban el lunes por la mañana, más que tripulantes tenía la nave. Luego, como suele ser habitual, la cifra fue bajando hasta quedarse en nueve mártires, un sacrificio muy pequeño para la diosa televisión, a la que tienen mal acostumbrada a continuos genocidios de Jenin.

Al final la trama se les vino abajo. Los soldados israelíes por fin les han cogido las medidas y llevan cámaras hasta en la mirilla del fusil de asalto. Nos encontrábamos, pues, con que el director’s cut estaba lleno de trolas y saltos de eje. Ni unos eran elfos de Lothlorien ni los otros orcos de la tierra de Mordor. Al parecer los israelíes les advirtieron con tiempo que no podrían atracar en Gaza, pero sí en el vecino puerto de Ashdod. Tendrían, además, que someterse a una inspección por si entre los ositos de peluche algún desalmado había colado un lanzamisiles, un AK-47 o una caja de granadas. Vamos, lo normal teniendo en cuenta que Hamas de juguetes sabe poco pero de armas mucho.

Nos enteramos también de que el Mavi Marmara no era el único barco, que los otros cinco que componían la flotilla habían aceptado las más que razonables condiciones israelíes y llegaron sanos y salvos a puerto, ellos, sus pasajeros y su carga. Si no lo hizo el Mavi Marmara fue porque nunca quiso hacerlo. Sus planes eran otros, digamos, más cinematográficos. Sabían que, forzando el enfrentamiento con los infantes de marina tendrían película y un puñado de cadáveres que depositar en el altar de la causa hamasina a modo de libación macabra para esa deidad embozada en un kuffiya. Pero se pasaron de listos, se les vio toda la tramoya, marionetista incluido moviendo los hilos desde arriba y el público, que no es tonto, salió a comprar palomitas al descansillo para no regresar a la butaca.

Esa es la razón por la que, después de un prometedor estreno, la cinta ha fracasado en taquilla. Hoy, una semana después, se vuelve a hablar del Mundial de fútbol y de lo mal tirando a peor que están la cosas con la crisis. Es decir, lo suyo a estas alturas de mes.

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