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El frente cultural del zapaterismo

Poco después de terminar la Primera Guerra Mundial el movimiento socialista sufrió la primera gran convulsión de su historia. La II Internacional se había roto en mil pedazos ocasionando el nacimiento de los partidos comunistas (el español lo hizo en 1920), perrunamente fieles a la línea moscovita y guardianes de las esencias de la Revolución de Octubre. Los otros, los socialistas a secas, se refugiaron en la socialdemocracia capitaneados por el reformismo de los fundadores de la República de Weimar. Fue, hasta la llegada de Gorbachov y los suyos, la traición más sonada dentro del pensamiento marxista.

Los reformistas sucumbieron al socialismo nacionalista de entreguerras que, según los países, fue tomando diferentes formas. En Italia devino fascismo, en Alemania nazismo y en España falangismo, ismos todos izquierdistas hasta la médula, aunque la machacona propaganda progresista nos haya persuadido de lo contrario. En el otro lado se abrió un periodo de reflexión sobre la experiencia revolucionaria, que no terminaba de cuajar más allá de Rusia. En Italia Antonio Gramsci, gran estudioso de la sociedad de su tiempo, llegó a la conclusión de que, para garantizar el éxito de la Revolución en Occidente, habría que hacerla de un modo pacífico subvirtiendo poco a poco los valores burgueses que la dominaban.

Para ello era imprescindible abrir un nuevo frente, el cultural, que se encargaría de moldear las sociedades europeas avanzadas hasta que éstas encajasen en la nueva ideología. La Comintern, una agencia dirigida desde Moscú para expandir el socialismo por todo el mundo, se persuadió pronto de las tesis gramscianas y las adoptó como propias. Era imprescindible incorporar a la lucha a los escritores, a los músicos, a los pintores, a los periodistas, a los profesores de universidad; en definitiva, a la siempre insatisfecha intelectualidad occidental.

Así nació el intelectual comprometido, ideologizado hasta la náusea, firmante de manifiestos y alborotador de guante blanco que, travestido de independencia crítica, busca por todos los medios transformar la democracia liberal en una república de tipo soviético. En España la nueva estrategia llegó a tiempo para convertir la Guerra Civil en un campo de batalla cultural, acaso el primero de la Historia. No hubo intelectual que no apoyase al Frente Popular, y el que no lo hacía es porque no era intelectual, sino agente de la reacción, fascista embozado o cualquiera de los sambenitos habituales que la izquierda cuelga a quien le lleva la contraria públicamente.

La escuela española fue especialmente rica y variada en poetas, músicos, actores y directores de cine afines. A algunos incluso se les fue la vida en ello y engrosaron el martirologio de la nueva iglesia guiada con mano sabia por el padrecito Stalin. En tiempos de Franco éstos y otros de nueva incorporación mantuvieron encendida la llama de la resistencia. Otros, más prácticos, se mantuvieron fieles al franquismo hasta el renacimiento de la causa, que se produjo mediados los años 70, es decir, coincidiendo con la muerte del propio Franco porque, por lo general, a los intelectuales siempre les ha gustado jugar en casa. La “intelectualidad comprometida” vivió entonces una edad de plata mimada por la izquierda, la derecha y el centro.

Pero en 1982 los socialistas llegaron al poder y pasó lo que nadie tenía previsto. España se quedó en la OTAN y entró en la CEE mientras los líderes aplazaban la Revolución sine die. Para colmo de males se cayó el muro, cerró la “tienducha”, que es como Stalin llamaba a la Comintern, y los sueños de toda una vida se vinieron abajo. Habrían de esperar más de quince años para una rehabilitación completa que vendría de manos de José Luis Rodríguez Zapatero, un anónimo diputado por León que llegó a la Moncloa de doble rebote. Zapatero traía en el morral un programa integral de refundación de la democracia española que incluía la resurrección de la Segunda República, el ajuste de viejas cuentas y la transformación de España en un Estado plurinacional, laico y modelado al gusto de la nueva izquierda sesentayochista.

Para un cometido semejante la intelectualidad, ese escultor de la conciencia social, era más necesaria que nunca. Se formó entonces el comando de la ceja, sobrenombre que sus miembros se ganaron a pulso cuando, en las elecciones de 2008, protagonizaron un videoclip en el que arqueaban el dedo índice de la mano derecha a ritmo de rock. Para entonces llevaban ya más de un lustro apoyando sin reparos todo lo que saliese de la boca de Zapatero. Fueron agitadores de excepción durante los meses del Prestige, previo del partido de clasificación, que fue la inmensa campaña de “No a la Guerra” y de la gran final, que coincidió con la infame jornada del 13-M frente a las sedes del PP.

En ningún momento antes, excepción hecha de la Guerra Civil, una serie de oficios –el de actor, escritor o pintor– se habían identificado tanto con el de activista radical, lo cual no deja de ser chocante teniendo en cuenta las lamentables cifras de audiencia de un cine español que linda ya con la insignificancia. Todos los actos de Gobierno, desde la polémica ley de matrimonio gay hasta la negociación con la ETA, pasando por el Estatuto catalán o la disparatada ley del aborto, han venido refrendados por este comando informal al servicio de los desvaríos ideológicos del Gobierno. El “mundo de la cultura”, que es como se han rebautizado a sí mismos, ha estado y está presente donde el Poder le necesita, ya sea para defender a un juez en apuros como para tapar la crisis económica con lacrimógenas performances sobre la memoria histórica.

Hacer todo esto: dejarse la piel, el prestigio profesional y hasta la dignidad detrás de una pancarta actuando como papagayos del Gobierno, no es gratis. Zapatero ha sido extremadamente generoso con su “frente cultural”. Lo ha cuidado como Federico el Grande cuidaba de sus regimientos de húsares. Lo ha bañado en oro y honores, ha hecho de sus miembros estrellas del panorama mediático, mucho más rutilantes de lo que por sus méritos artísticos se merecerían.

La sobredosis de compromiso intelectual inoculada en cantidades crecientes sobre la sociedad española ha conseguido lo inverso de lo que se buscaba. El descrédito en el que han caído las “gentes de la cultura” supera ya con creces su autoinsuflada superioridad moral, requisito este indispensable para ser un genuino intelectual al servicio de la izquierda. Los intelectuales siempre se han creído superiores al resto de sus contemporáneos. Consideran que el mundo tiene una deuda contraída con su genialidad y clarividencia, una deuda nunca saldada del todo porque, de natural, el malvado capitalismo no premia sus desinteresados desvelos por un mundo mejor, sino al prosaico e interesadísimo trabajo del individuo de la calle, trabajador incansable que sólo se preocupa por mejorar las condiciones de vida de su propia familia.

Ahí está el origen de la deuda pendiente. Gramsci lo entendió a la perfección, supo ver antes que nadie que el ego del artista era varias veces superior a su propia obra. Por esto nos miran por encima del hombro, porque son más inteligentes y saben mejor que nosotros mismos lo que nos interesa. Zapatero, alumno aventajado del italiano, ha velado por el Yo, el Superyó y el Ello de sus artistas. Por eso los miembros del Gobierno no acuden a misas patronales, ni a partidos de fútbol, ni a procesiones de Semana Santa, ni a corridas de toros, pero van en comandita a la entrega de los Premios Goya, de los de la Unión de Actores o de cualquier evento raro en el que participe alguno de los suyos.

Cuando se usa y abusa de algo la consecuencia más inmediata es que ese algo pierda su efecto. Esto ha sucedido con los aguerridos componentes del frente cultural. Sus reacciones han llegado a ser tan previsibles, tan de oficio que la noticia sería ya que opinasen lo contrario. Son una caricatura del brillante papel que Gramsci les había adjudicado, un juguete roto, uno más, del Zapaterismo otoñal y decadente de estos días.

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