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El paro vuelve a pulverizar un nuevo récord, esta vez en el trimestre que tradicionalmente servía de aliviadero a las listas del INEM incluso en tiempos de crisis. 32.800 desempleados nuevos entre abril y mayo que vienen a acrecentar la mayor tasa de paro de nuestra historia. En sólo treinta días, entre mayo y junio, un mes en el que da comienzo la temporada turística, el desempleo ha aumentado dos décimas.

A lo largo del último año el desempleo se ha despeñado desde la tasa ya altísima –del 18,1% que registraba la EPA el año pasado por estas mismas fechas. Los números son para echarse a temblar. 4.645.500 personas sin trabajo, el 20,09% de la población, tasa que duplica la media europea y cuadruplica la de países como Austria u Holanda; un paro juvenil que alcanza el 40,3%, un pavoroso 62% en la franja de edad que va de los 16 a los 19 años; un paro femenino que pasa ya sobradamente de los dos millones, y que ha seguido aumentando en el último trimestre a pesar del inservible ministerio de Igualdad –dedicado a otros menesteres más ideológicos–, y de las continuas medidas correctoras de discriminación positiva implementadas por el Gobierno.

El desempleo es algo más que un problema económico, es un verdadero drama humano y la constatación del fracaso más absoluto de la política económica de José Luis Rodríguez Zapatero desde que revalidó su mayoría hace más de dos años. Los datos de la EPA muestran como la crisis se ha trasladado a los trabajadores con contrato indefinido. De los 373.400 empleos por cuenta ajena destruidos en el último año, 224.400 contaban con un este tipo contrato que indica estabilidad en las relaciones laborales. Las empresas siguen, por lo tanto, ajustando el factor trabajo, el único que puede ajustarse en una economía tan endeudada, rígida y expoliada fiscalmente como la española.

Capítulo aparte merece el desglose de desempleo por hogares. En 1.308.300 hogares españoles todos los miembros están parados. Una cifra realmente preocupante y de la podrían derivarse imprevisibles consecuencias políticas y sociales. Teniendo en cuenta que ya hay casi dos millones de españoles que perdieron su empleo hace más de un año, el hambre y la exclusión aletean por encima de un número creciente de compatriotas.

Desde el punto vista puramente económico, la conclusión que puede sacarse de la última EPA es que la crisis, lejos de terminar, se encuentra en pleno apogeo y nadie ve la luz al final del túnel. El Gobierno no tiene, a efectos propagandísticos, un mal indicador al que agarrarse. Desde el comienzo de la crisis la economía española ha destruido más de dos millones de puestos de trabajo, un número disparatadamente alto para un país de 46 millones de habitantes en el que sólo trabajan 18 millones y medio.

Hoy por hoy España no es capaz de generar nuevo empleo más allá de algún repunte estacional como el del pasado trimestre, en el que se crearon 82.700 puestos de trabajo. Escarbando en los datos aparece la verdadera naturaleza de ese empleo del que el presidente del Gobierno se congratula públicamente como primer paso hacia la recuperación. Prácticamente todos los empleos generados en el trimestre son temporales y se localizan en el sector servicios. Un dato que lo dice todo: de los 110.200 contratos de trabajo firmados en los últimos tres meses, sólo 8.200 son indefinidos.

Si estas son las mulas con las que Zapatero pretende seguir arando en lo que queda de crisis, que es mucho, haría bien en ir buscándose otras.

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