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La hora de los impuestos

Hace sólo cinco años frente al Comité Federal del PSOE un exultante Zapatero afirmaba rotundo que sí, que bajar impuestos era de izquierdas. Eran otros tiempos. La bonanza económica de los años de Aznar y la frenética actividad que impulsaba la burbuja inmobiliaria llenaban las arcas estatales. El Gobierno no sólo no necesitaba subir los tributos, sino que podía hasta permitirse el lujo de hacer algún recorte propagandístico sin que eso hiciese mella en el desorbitado gasto público que ha caracterizado la legislatura y media de Zapatero.

En esa clave, en la de gasto, es en la única que puede entenderse la anunciada subida de impuestos. El Ejecutivo no quiere reducir su tren de vida y como la economía se encuentra literalmente paralizada, el único modo que tiene de mantenerlo es aumentando la carga tributaria sobre la clase media. Persuadidos los técnicos de Moncloa de que un endurecimiento fiscal se materializará automáticamente en aumento de los ingresos, creen haber dado con la solución definitiva a sus problemas para cuadrar el presupuesto.

Para convencer de una medida tan impopular a la maltratada clase media española, el Gobierno se ha sacado de la chistera el sofisma económico de que los españoles somos los que menos impuestos pagamos de Europa. Esto, naturalmente, no es cierto. Hay dos modos de medir la carga fiscal que una sociedad soporta. La primera, la de “presión fiscal”, que es de la que se está valiendo Zapatero, se obtiene dividiendo la recaudación tributaria entre el PIB. La segunda, la conocida como “esfuerzo fiscal”, refleja el peso que representa la presión fiscal sobre la renta per cápita.

No es necesario precisar que el indicador de “esfuerzo fiscal” es infinitamente más fiable si lo que se busca es conocer la carga impositiva que soporta un individuo. En “esfuerzo fiscal” España está a la cabeza de Europa, sólo superada por Italia y Portugal, lo que da fe de la carga que ya soportamos. En “presión fiscal” se encuentra a la cola, pero por la simple razón de que, al tratarse de un agregado macroeconómico, el boom de la última década ha hecho dispararse tanto la recaudación fiscal como el PIB nacional. Si se toman indicadores aislados como el IVA, la retención máxima de IRPF o el impuesto corporativo lo único que se ve es que los españoles pagamos porcentualmente menos, pero mucho más si tenemos en cuenta las diferencias de ingreso.

Así, los daneses disponen de una renta per cápita que duplica la española pero sólo pagan siete puntos más de IVA e IRPF en su tramo máximo. Con otras economías europeas la comparación debería hacer que el Gobierno se sonrojase. Luxemburgo, por ejemplo, triplica la renta per cápita española y tiene unos tipos impositivos menores: tres puntos menos de IVA, cuatro de IRPF y dos de impuesto a las empresas. Pero la trampa macroeconómica que utiliza Zapatero en su beneficio nos dice que los contribuyentes luxemburgueses soportan mayor presión fiscal que los españoles. Y así es si nos fiamos exclusivamente de la “presión fiscal”.

Con todo, los tipos impositivos son, de promedio, más bajos en España que en el resto de la Unión Europea. Esto es así porque uno de los modos en que, dada nuestra baja productividad, nuestra economía gana competitividad es por la vía fiscal. Si, como persigue el Gobierno, se armoniza la fiscalidad española con la europea habremos perdido una de nuestras armas y el país se empobrecerá a pasos agigantados. Ninguna economía ha crecido subiendo impuestos ya que los tributos altos desincentivan la creación de riqueza, promueven el fraude y privan a individuos y empresas de capital para invertir. Es, probablemente, una de las peores políticas económicas que existen, y Zapatero a estas alturas debería saberlo.

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