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¡Corre, salta!

A mediados de los años 80 la jovencísima industria de los videojuegos salía de la mayor crisis de su historia. La profusión de consolas y los escasos márgenes con los que se vendían habían hecho implosionar el negocio. La burbuja de los videojuegos se desinfló casi a la misma velocidad a la que, una década antes, había inflado el abundante dinero que los inversores vertieron sobre las prometedoras y novedosas empresas de videojuegos como Atari, Mattel o ColecoVision. Pocos sobrevivieron a la gran extinción, y esos pocos eran japoneses.

Las dos grandes marcas del momento eran Sega y Nintendo. Ambas acababan de lanzar su consola de nueva generación, de 8 bits que se decía entonces. Sega la Master System, Nintendo la Entertainment System, comúnmente conocida como NES. Se trataba de dos aparatos prodigiosos. Eran compactas, entregaban una excelente calidad gráfica y costaban poco, unos 200 dólares de la época. Sólo faltaba llenarlas de juegos lo suficientemente atractivos para que los niños –y los no tan niños– suspirasen por tenerla conectada a sus televisores.

El primero en disparar fue Nintendo. Lo hizo con un juego de tipo arcade creado por Shigeru Miyamoto, un diseñador veinteañero criado en la ciudad imperial de Kioto. El protagonista era un tal Mario, fontanero de Nueva York que, acompañado por su hermano Luigi, tenía que meterse en las cloacas de la Gran Manzana donde se enfrentarían con espantosas criaturas. Mario y Luigi sólo podían hacer dos cosas: correr y saltar. Así, corriendo y saltando de plataforma en plataforma, de fase en fase, se llegaba al final del juego donde les esperaba el gran villano, un bloque de hielo muy mal encarado de nombre Freezie. Una vez derrotado, y todos los niños de mi generación lo derrotamos sin piedad, se podía empezar de nuevo. Entonces, en los tiempos antiguos, los juegos se jugaban una y otra vez hasta que uno se los aprendía de memoria.

Este primer Mario Bros. fue un éxito sin precedentes. Hasta 40 millones de copias se vendieron en todo el mundo. Los cartuchos viajaban de consola en consola haciendo felices a niños y adultos locos por correr y saltar durante horas en la pequeña pantalla del Telefunken PAL color que todos alguna vez tuvimos en el salón de casa. Gracias al diminuto fontanero neoyorquino Nintendo se puso a la cabeza en la guerra de las consolas. Los niños no querían una Nintendo, sino jugar al Mario y el Mario sólo estaba –y sigue estando– disponible para las consolas de esa marca.

Sólo dos años después salió al mercado la secuela, llamada Super Mario Bros y en 1988 el Super Mario Bros 2. En 1989 los ingenieros de Nintendo migraron el juego a la consola de mano que acababan de inventar, la Game Boy. Se consolidaba así la franquicia más popular de la historia de los videojuegos. A principios de los años 90 Nintendo hizo evolucionar su NES hacia un modelo de 16 bits bautizado como Super Nintendo. El juego con el que se lanzaba la consola era, como no, una versión mejorada del Mario llamada Super Mario World. Algo similar sucedería seis años después. A la Nintendo 64 le acompañaría el Super Mario 64, una obra maestra en tres dimensiones que se adelantó varios años a su época.

La Nintendo Game Cube, sucesora de la 64, también vino con su versión del Mario, esta vez el Super Mario Sunshine, que salió al mercado a mediados de 2002. La Nintendo DS, lanzada en 2004, fue obsequiada con versión propia. Lo mismo ocurriría con la Wii, última creación de la factoría Nintendo, que tiene ya tres juegos de Mario dedicados en sólo cuatro años de vida.

En el último cuarto de siglo Mario el fontanero ha sido el protagonista de 15 juegos para siete consolas diferentes. En total se han vendido unos 250 millones de copias, el doble que el popular Tetris y el triple que su principal competidor, Sonic the Hedgehog, de la casa Sega. Mario y su inseparable Luigi son a los videojuegos los que los Beatles a la música pop, con la diferencia de que los primeros no piensan ni separarse ni hacerse hippies. Viven dentro de la consola y en el corazón de los niños a quienes, desde que el mundo es mundo, lo que más les ha gustado es correr y saltar.

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