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¿Por qué los rescates consiguen justo lo contrario de lo que se proponen?

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Hace dos semanas, cuando se vio que la situación de Irlanda era insostenible, los líderes de la Unión Europea, del FMI y del BCE se precipitaron en declaraciones para apaciguar a los mercados. La receta que emplearían sería la misma que meses antes con Grecia, juntar una cantidad de dinero determinada y entregársela al Gobierno irlandés para que procediese a taponar agujeros. Todo a cambio de que este Gobierno se comprometiese en firme a sanear las cuentas mediante un plan de ajuste consistente en rebajar los gastos de la administración y aumentar los ingresos vía impuestos.

Con Grecia había funcionado, o al menos eso es lo que los políticos europeos creían. Tras el plan de ayuda aprobado in extremis para evitar la quiebra soberana del Estado griego, la confianza de los inversores en la deuda pública se restableció y las primas de riesgo descendieron. Zapatero, sin ir más lejos, tomó esa señal como un semáforo abierto para volver por donde solía. A lo largo del verano fue dando marcha atrás en los recortes de gasto que había anunciado en mayo –no así del endurecimiento fiscal–, confiado en que, con el padrino europeo detrás no tendría nada que temer y podría seguir gastando alegremente.

Es un eterno retorno. Cuando Islandia amenazó quiebra los políticos europeos se apresuraron a afirmar que Grecia, entonces el país más perjudicado, no era Islandia por lo que la crisis se detendría ahí sin llegar a tocar la zona euro. Cuando le tocó el turno a Grecia se dijo que Irlanda –el siguiente en la lista– no era Grecia. Ahora, cuando es Irlanda la que se encuentra en la picota, lo que los políticos aseguran es que ni Portugal ni España tienen nada que ver con Irlanda. Están haciéndole tocar a Sam la misma cancioncilla una y otra vez.

El hecho es que a los inversores, es decir, grupos desorganizados, individuos y empresas que compran títulos de deuda con intención de hacer crecer su patrimonio, no parecen demasiado preocupados por lo que digan los líderes políticos. Sólo seis meses después de la crisis griega nos encontramos en el punto de partida. Y eso a pesar de la millonada que se ha volcado sobre los Estados para conjurar su quiebra. En resumen, los rescates han conseguido justamente lo contrario de lo que pretendían.

A los hechos hay que remitirse. Para el Gobierno irlandés endeudarse sigue siendo carísimo aunque ahora cuente con un paquete de 85 billones de euros para solucionar su problema presupuestario. Como los inversores no se terminan de fiar, los seguros de impago, los célebres CDS, suben sin parar y con ellos la rentabilidad del bono. La razón es sencilla, uno está dispuesto a invertir en una quimera siempre y cuando esa quimera le proporcione cuantiosas ganancias.

Vayamos a los datos. Asegurar en el mercado 10.000.000 de euros a 5 años emitidos por el Gobierno irlandés cuesta ya 600.000 euros, es decir, seis veces más que a principios de año. Y eso que es un país “rescatado”. Con Grecia, que fue intervenido por el FMI hace medio año, el caso es similar. Los CDS que se contratan junto con sus bonos se han multiplicado por dos en los últimos meses, de unos 500.000 euros por 10.000.000 de euros a 5 años a 1.000.000 de euros por la misma cantidad en idéntico plazo.

De nada ha servido las grandilocuentes declaraciones de los Papandreu, los Zapatero y compañía. El mercado, como debe de ser, va a lo suyo porque, a fin de cuentas, lo suyo se juega. El mercado no es la atmósfera, no sabe de turbulencias, es tan racional como los agentes que participan invirtiendo su riqueza en él.

Así las cosas, sólo cabe preguntarse ¿por qué el mercado sigue desconfiando de estos Gobiernos a pesar de que han recibido ayuda externa? Por una razón muy simple. Los inversores saben que los planes de austeridad no repercuten inmediatamente en las cuentas públicas. Cuando un Gobierno recorta gastos lo primero que sucede es que la crisis se agrava y sólo pasado cierto tiempo la economía empieza a recuperarse.

Para entenderlo hagamos un símil con una familia altamente endeudada en la que sólo trabaja el cabeza de familia al que recientemente le han bajado el sueldo. Posee tres casas, cuatro automóviles y gasta 1.000 euros diarios en alimentación. Ante la inminente bancarrota decide recortar gastos y vende dos de las casas, tres de los automóviles y reduce el gasto diario en comida a unos 300 euros.

A partir de ahí esta familia ajusta los ingresos al nivel de deuda y empieza a amortizarla. El banco, por descontado, no les prestará ni un céntimo más, y si lo hiciese sería a un interés altísimo ante las dudas de poder recuperarlo. El primer resultado será una fuerte sensación de pobreza que sólo remitirá conforme vaya aligerando deuda y dedicando más recursos al consumo, a comprarse, por ejemplo, otro automóvil para que uno de los hijos lo utilice para ir a trabajar y aumentar de este modo los ingresos familiares.

Lo que no permitiría a esta familia salir nunca de la crisis de endeudamiento que padece sería si, por ejemplo, el ayuntamiento de la ciudad donde viven, les extendiese un crédito blando para que pudiesen mantener al menos tres de los cuatro automóviles en el garaje y dos de las tres casas. La familia habría entrado en una espiral de deuda, es decir, estarían pagando lo que deben al banco con lo que les presta el ayuntamiento a cambio de que hagan un pequeño sacrificio.

La economía familiar funciona de manera muy similar a la de los países, con la diferencia de que éstos últimos pueden endeudarse casi sin límite por obra y gracia de la política. La recuperación se produce cuando se empieza a pagar lo que se debe, se purgan las malas inversiones y se aumenta la productividad. En definitiva, cuando sucede lo contrario de lo que está pasando ahora en España, Irlanda o Grecia metidas todavía en la ilusión de que, vía endeudamiento, pueden seguir manteniendo un nivel de gasto que no se corresponde con lo que producen.

Este círculo vicioso sólo se rompe tras un tiempo de disciplina presupuestaria. Estonia es un ejemplo. Su Gobierno asumió una caída brutal en la actividad económica para que se produjese el reajuste y ahora está empezando tímidamente a remontar el vuelo.

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