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De la Santa Transición

su-pio-moa-transicion-cristalSobre la Transición existe una bibliografía muy amplia, generalmente mala, parcial y concebida para alabar a los políticos que la hicieron posible. Se salvan –y no siempre– los libros de memorias, aunque más por las jugosas anécdotas que cuentan que por su valor histórico.

Todo protagonista de un acontecimiento determinado que escribe sus memorias miente a placer para no tener que reconocer los errores propios o, si los errores fueron tales que no hay manera de ocultarlos, para cargárselos a otros, por lo general ya muertos.

Con tanto libro pésimo y tanta memoria almidonada, Pío Moa tenía relativamente fácil salir bien librado de su primera batalla contra la Transición. Así ha sido. Moa ha parido un libro solvente, muy clarificador y sin hipoteca alguna. En él ahonda en los mitos que han consagrado esta crucial etapa histórica como algo intocable y ofrece una visión muy pegada a los hechos partiendo de deducciones elementales.

Moa demuestra cómo la Transición fue una obra esencialmente española, sin apenas intervenciones externas; y las que hubo fueron más en la línea de crear un partido de izquierda democrático –el PSOE– que en sacarse de la chistera un líder del estilo de Adenauer. Esto es algo que está a la vista, pero muchos se empeñan en ver la Transición como un proceso tutelado por los EEUU para que la cosa no se desmadrase como se desmadró en el Portugal de la Revolución de los Claveles.

Otro de los mitos transicionitas que Moa desmonta es el que pinta al Ejército como netamente golpista y antidemocrático. Los militares del 75 no estaban a favor ni en contra de la democracia. Juraron lealtad al Rey y asumieron que el régimen iba a transformarse en algo distinto, pero no necesariamente peor. Aunque ciertos generales, supervivientes de la Guerra Civil, eran franquistas por encima de cualquier otra consideración, parte de la milicia, sobre todo los oficiales jóvenes, eran proclives a una democracia liberal, es decir, a un sistema como el que regía en el grueso de los países de la OTAN. El Ejército, en suma, obedeció –y ahí tenemos la vergonzante fuga del Sáhara Español como demostración viva de la disciplina de la FFAA en aquellos años– y, a diferencia del portugués, permaneció unido.

Otro de los puntos que Moa trata con amplitud es el papel de la Iglesia, sobre todo el del cardenal Tarancón, que rigió la Conferencia Episcopal entre 1971 y 1981. Para nuestro autor, la Iglesia desempeñó un papel importantísimo, y no siempre bueno. A fin de alejarse del franquismo, que tanto la había beneficiado, fomentó el obrerismo y el separatismo, dos bombas de relojería que no tardaron en estallar.

La Transición de cristal hace justicia a su autor y no pretende ni de lejos ser un libro políticamente correcto. La figura de Suárez, convertido veinte años después en santo patrón de la democracia, dejó muchas más sombras que luces. El duque estaba muy lejos de ser el desinteresado filántropo que dibujan las biografías del pesebre. Se trataba de un hombre ambicioso, oportunista y profundamente ignorante. Tras ejecutar la última parte del plan diseñado por Torcuato Fernández Miranda, se afanó en ponerlo todo patas arriba, y se inventó un sistema autonómico que es insostenible y no ha traído más que problemas identitarios –y presupuestarios–. Bajo su mandato la economía se hundió sin remedio, el terrorismo se disparó y renació la discordia. Lo peor es que rehuyó la batalla de las ideas, lo que, en última instancia, ha dejado a la derecha española sin discurso propio y a merced de los ideologemas de la nueva izquierda.

El suarismo es una de las herencias envenenadas de la Transición que nadie se atreve denunciar, probablemente por miedo a los calificativos de “antidemócrata” y “franquista”. Después de esta enmienda, Moa deja pendiente una biografía de Suárez, que bien podría convertirse en la primera digna de ser tomada en serio.

Este primer asalto de Pío Moa a la Santa Transición no dejará a nadie indiferente, y propicia que el lector se haga nuevas preguntas. Al final del libro, ya en el capítulo dedicado a 1979, nuestro autor se detiene sobre otro de los grandes mitos de nuestra historia reciente: la Movida madrileña, a la que dedica este párrafo, que da buena cuenta del espíritu iconoclasta que reina en estas páginas:

Paradigma del nuevo clima juvenil fue la “movida madrileña”, cuyas conductas y gustos irradiarían a todo el país. La movida (palabra algo torpe, de significado difuso) giraba en torno a una música de calidad mediana o baja, canciones de letra simple, a menudo referida de modo banal al sexo o a la droga. Su valor intelectual fue insignificante, si bien con algunas pretensiones a nivel de tebeos o cómics, fanzines, etc. Se pusieron en boga estilos macarras o chelis de vocabulario pobre, emocional, sobrecargado de palabrotas, y de jerga carcelaria.

Se agradece que, después de treinta años de incienso a modo, alguien diga, aunque sea de pasada, en qué consistió aquel movimiento cultural sin sustancia y medio tonto que, aún hoy, encandila a los iletrados de todos los partidos.

PÍO MOA: LA TRANSICIÓN DE CRISTAL. Libros Libres (Madrid), 2010, 296 páginas.

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