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El efecto 2000 o cómo se crea un pánico de la nada

El mundo moderno debería haberse acabado el 1 de enero del año 2000. O al menos eso es lo que nos decían muy alarmados los informáticos y, especialmente, los consultores de sistemas hace diez años. El caos daría comienzo en las centrales térmicas y nucleares que, por arte de birli birloque, se detendrían dejando a oscuras a todo el planeta.

Tras el súbito apagón, las comunicaciones telefónicas se volverían mudas y los satélites dejarían de repetir las señales enviadas desde la superficie de la Tierra. La todavía incipiente telefonía móvil también sería víctima convirtiendo a sus entonces voluminosos terminales en inservibles ladrillos. La radio y la televisión correrían parecida suerte. Sin electricidad, sin satélites, sin repetidores y sin antenas el planeta entero volvería a la Edad Media en tan solo un segundo.

Luego vendría lo peor: los bancos. El sistema financiero internacional naufragaría víctima de un error informático que volvería locas las transacciones trastocando los apuntes en cuenta, que no son más que numeritos en un ordenador. El dinero electrónico, es decir, el dinero, desaparecería. Todos pasaríamos a no tener nada de nada ahorrado en el banco, y nuestras tarjetas de crédito serían inútiles pedazos de plástico con una banda magnética incapaz de transmitir un solo dato porque todos los cajeros quedarían inutilizables.

Tan tétrico escenario no lo pintaban adivinos milenaristas que veían en el cambio de siglo una catástrofe planetaria de dramáticas consecuencias, sino respetable gente de traje, maletín, corbata, portátil y tarjeta oro de puntos de Iberia que trabaja en el sector de las telecomunicaciones. Era como para pensárselo. Algunos escritores vieron que la pintaban calva y lanzaron al mercado títulos catastrofistas como los superventas “The Millenium Bug, how to survive the coming chaos” (El error del milenio, cómo sobrevivir al caos que viene) o “The Y2K Personal Survival Guide” (Guía personal para sobrevivir al efecto 2000), ambos a cargo de un tal Michael S. Hyatt, experto en liderazgo y motivación de directivos que todavía no ha pedido perdón por atemorizar a la gente de un modo tan obsceno.

Eefecto-2000l origen de todo estaba en dos simples cifras, las correspondientes al año que almacenan todos los ordenadores en su sistema operativo. Resultaba que, cuando se habían programado esos mismos sistemas, allá por los años 60, el fin de siglo quedaba tan lejano que nadie pensó que sus ingenios informáticos durarían hasta esa fecha. Así, franqueado el segundo fatal entre las 23:59:59 del 31 de diciembre de 1999 y las 0:00:00 del 1 de enero de 2000, muchos ordenadores se olvidarían de cambiar de siglo y viajarían al pasado, al 1 de enero de 1900 exactamente. Otros lo harían al futuro, al lejanísimo 1 de enero del año 19100, día en que comenzará el siglo ciento noventa y dos (CXCII) si es que para entonces aún seguimos midiendo el tiempo desde el nacimiento de Cristo.

Si algo así sucediese en las frías tripas de los ordenadores, se producirían infinidad de disfuncionalidades en la vida real. Los nacidos en 1973, por ejemplo, hubieran pasado, a efectos censales a tener -26 años en el primer caso, o la no menos increíble edad de 17.126 años en el segundo. Ni Matusalén. Los bancos tendrían que aplicar los intereses correspondientes, milmillonarios en el terrorífico viaje al futuro de 18.000 años en un segundo. Esto es así porque todo programa informático tiene una misión concreta que se mueve en una franja de tiempo especificada de antemano por el programador.

Cierta preocupación por este asunto dentro de los ambientes técnicos era razonable, pero como casi todo en nuestros tiempos, pronto se popularizó y se transformó en histeria colectiva, materia prima de la que comen los políticos y en la que abrevamos satisfechos los periodistas para tener una buena e inédita historia que contar al día siguiente.

En 1998 lo que hasta ese momento no había pasado de las revistas especializadas y de las conversaciones entre programadores, se convirtió en carnaza de talk-shows, informativos de sucesos y reuniones de comités de crisis con mucho político apesadumbrado pero optimista porque, gracias a él, el mundo se iba a salvar de una hecatombe binaria sin precedentes.

En Estados Unidos el a la sazón presidente Bill Clinton y su inseparable Al Gore se apresuraron a promulgar una ley, la Year 2000 Information and Readiness Disclosure Act, generosamente financiada por las cámaras, que preludió la inevitable comisión de “expertos” presidida, como no, por un político: John Koskinen, un caradura de esos que menudean por Washington apuntándose a todos los bombardeos donde se pueda facturar al tiempo que se “salva” al país de alguna amenaza.

Antes de presidir el President’s Council on Year 2000 Conversion, Koskinen había estado metido en la organización del Mundial ’94, que se celebró en Estados Unidos. Después, en agradecimiento por sus desvelos informáticos, fue recompensado con la presidencia de la Fundación que depende de la federación estadounidense de fútbol. La última noticia que se tiene de él fue su nombramiento como presidente de la Corporación Federal de Préstamos Hipotecarios, más conocida como Freddie Mac, un mastodonte público que ha costado un saco de millones a los contribuyentes americanos por prestar dinero a individuos insolventes. Con semejante currículum plagado de éxitos es probable que, si nos invadiesen los alienígenas, Koskinen formase parte del comité presidencial de bienvenida.

En España la cosa no fue muy distinta. Se redactó el Plan Marco de Contingencias del Efecto 2000, a cuyo frente se encontraba otro experto informático a la altura de su homólogo norteamericano: el entonces vicepresidente Francisco Álvarez Cascos. El Gobierno se gastó 60.000 millones de pesetas y puso a todo el mundo en alerta. Una bagatela en comparación con los 300.000 millones de dólares que se pulió Koskinen entre 1999 y 2001. La noche de marras, Aznar en persona acompañado de Acebes y del vicepresidente montó un gabinete de crisis desde el que se supervisó vía videoconferencia la transición de 1999 a 2000.

Ésta se produjo en un inapreciable segundo, ni una milésima más ni una menos. Entonces sobrevino la realidad. El 1 de enero de 2000 el mundo seguía estando donde estaba, en algún punto del espacio entre Venus y Marte a ocho minutos luz del Sol. Los ricos siguieron siendo ricos y los pobres, pobres. Las centrales eléctricas no se detuvieron, los aviones despegaron, los trenes hicieron sonar su silbato y partieron tan pimpantes de las estaciones de todo el mundo, los satélites ni se salieron de su órbita ni se precipitaron descontrolados sobre la masa congregada en Times Square. Los teléfonos móviles se colapsaron, sí, pero por la avalancha de mensajes de texto felicitando el año nuevo, en una moda que empezó por aquellos años y que no remite a pesar de su elevado coste y la frustrante inoperancia de las redes para atender tantas felicitaciones juntas.

Al día siguiente se comprobó que no había pasado nada. Los únicos problemas relacionados con el efecto 2000 de los que se tuvo noticia fueron insignificantes. En Australia los tornos de algunos autobuses fallaron. En Japón se presentaron algunos fallos menores en las redes de comunicaciones, nada grave, pero no tardaron en saltar a los medios. La noticia del día fue que en el Reino Unido la página web de Railtrack, empresa que entonces operaba la red ferroviaria, apareció un aviso en la que se notificaba a los viajeros que, por culpa del efecto 2000, los trenes dejarían de circular. Al final resultó que el autor del aviso había sido un hacker desocupado y graciosillo.

Diez años después del Error del milenio, pocos se acuerdan de él. Posiblemente porque no sucedió nada reseñable a posteriori. A priori, sin embargo, todos los que trabajaban con ordenadores esperaban que algo grave iba a suceder con las perversas máquinas, dueñas de nuestra vida y hacienda hasta el punto de poder privarnos de ambas en solo un segundo. Muchos advirtieron que no era para tanto, que sólo eran susceptibles de fallar sistemas y programas muy antiguos, pocos y perfectamente localizables. Optimistas inoportunos que amenazaban con aguar la fiesta de heroísmo y gasto que los políticos iban a darse a nuestra costa.

Un político no tiene mejor coartada para actuar que encontrarse un pánico colectivo. Lo hemos comprobado después con otros efectos 2000 como el del calentamiento global o el de la gripe A. Tal vez se deba a que, de vez en cuando, necesitemos sentir amenazado nuestro bienestar para que venga alguien a salvarnos in extremis de la catástrofe.

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