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Los medios y los fines

primavera-arabe-egiptoLos motines en el Magreb han vuelto a poner a Occidente frente al espejo deformado a través del cual cree ver el retrato de estos países, geográficamente cercanos pero muy alejados en lo cultural. Como en anteriores ocasiones, se trasladan los valores y comportamientos típicamente occidentales a un mundo que nada tiene que ver con ellos. Una vez más se confunden los deseos con la realidad. El presunto poder salvífico de la tecnología es ahora el protagonista de una cadena de revoluciones que no tienen que porque terminar convirtiéndose en democracias.

Todos los analistas coinciden. Los países del norte de África han despertado de un letargo de décadas. Sus habitantes que, según nos dicen, son jóvenes, dinámicos y proclives a la democracia, quieren aventar de una vez por todas las dictaduras heredadas de la generación anterior, recuperar el tiempo perdido e incorporarse a la corriente democrática que personifica Occidente. Las dos primeras víctimas han sido el tunecino Ben Alí y el egipcio Mubarak, luego vendrán más hasta que no quede un solo tirano en el mundo árabe.

Siguiendo el guión oficial, marcado a golpe de teletipo por el sanedrín de la prensa progresista, esa que ha hecho del wishful thinking su casi única razón de ser, esta primavera adelantada del Magreb tiene su origen en la insatisfacción generalizada de las masas, ansiosas de modernidad y libertades. Por eso se han echado a la calle armados tan solo con la Blackberry y el ordenador portátil, iconos sagrados de nuestro tiempo. La insatisfacción unida a los ubicuos móviles y a una supuestamente gigantesca red de blogs serían, pues, la clave de todo el acontecimiento.

Es simple de entender, al alcance de cualquier indocumentado de esos que, en los países occidentales, se pasan el día perdiendo el tiempo en Facebook y chateando con el Messenger. De un tiempo a esta parte dentro de los teléfonos móviles viven un tipo de extraordinarias aplicaciones bautizadas como “sociales” por el tecnólogo de guardia del New York Times. Estas aplicaciones por si solas habrían cambiado el paradigma revolucionario del siglo que acabamos de estrenar, transformando las antes traumáticas y sangrientas revueltas del pan en un ir y venir de inofensivos bits emitidos por el iPhone de algún estudiante de arquitectura enfadado con el Gobierno.

Donde los padres se resignaban a la fatalidad, los hijos se rebelan enarbolando su Twitter y su plan de datos. De ahí la cosa pasaría a la calle y de la calle al Palacio de Gobierno. Todo suavemente, como muy de manual de consultor estratégico, muy indoloro, inodoro y hasta insípido. Una revolución perfecta y modélica. Si fuese real, claro, y no fruto de la imaginación de los que viven estupendamente a cuenta de explicar cualquier cosa que pasa en el mundo a través del falaz prisma tecnológico.

Lo que ha pasado en Túnez y Egipto. Lo que puede pasar en Siria, Argelia y Marruecos no se debe a Twitter, a Facebook, a los blogs o a cualquiera de las múltiples especies que viven en Internet. Lo que ha pasado en Túnez y Egipto se debe a un síndrome muy común en las sociedades que se occidentalizan ligeramente pero que, por las bases culturales, económicas, políticas y religiosas que imperan en las mismas, son incapaces de alcanzar la prosperidad económica y la libertad política sobre las que se fundamenta Occidente.

Es el síndrome de las expectativas disminuidas. Los jóvenes de aquellos países, efectivamente muy numerosos, padecen las consecuencias de Estados elefantiásicos hijos del infausto socialismo árabe de posguerra aliñado con corrupción generalizada entre la oligarquía privilegiada por el régimen. Eso y el tapón para el progreso material, político y moral que representa el Islam conforman la receta final del descontento.

La pregunta es por qué estas revueltas han estallado con tanta virulencia en algunos países musulmanes y en otros ni se las espera. Para que haya expectativas disminuidas tiene que haber previamente expectativas. Los jóvenes tunecinos las tienen y esperan cumplimentarlas en su propio país. Los mauritanos o los sudaneses simplemente carecen de ellas y, con la excepción de unos pocos que emigran al norte, aceptan su miserable sino. Esta es la razón por la que se esperan revueltas en Marruecos, pero no en Eritrea o en el Chad.

Las incipientes clases medias de ciertos países musulmanes disponen de renta suficiente para conectarse regularmente a Internet, para poseer un teléfono móvil o para instalar una antena parabólica con la que recibir las cadenas de televisión que emiten por satélite desde los acaudalados emiratos del golfo Pérsico. Es en este punto donde los analistas confunden los medios… con los fines. El móvil, el ordenador o el decodificador del satélite son un medio más, un medio ciertamente muy poderoso, pero solo un medio. Los saudíes o los qataríes también disponen de ellos, pero no protestan porque la falta de libertad política la llenan con infinidad de bienes y servicios que, al menos a la mayor parte, les compensa la privación de la primera.

Este aumento de la renta disponible y el cortejo de aparatos electrónicos que ha traído consigo, han hecho posible que la rebelión civil se extienda con mayor rapidez, pero también que el otro mundo árabe, el que deposita sus esperanzas en el renacer islámico, se beneficie de ello. Porque, de necios sería engañarse, el recambio más plausible a las dictaduras “laicas” de los Mubarak, los Ben Alí o los Bouteflika no pasa necesariamente por la democracia liberal. Más bien al contrario. En 1979 los iraníes sustituyeron una dictadura tercermundista, planificadora, laica y corrupta por una tiranía teocrática que ha devastado a conciencia el país. En aquel entonces la televisión propulsó los mensajes de los revoltosos y puso el rostro de Jomeini en cada hogar. Hoy, la inmediatez personalizada que ofrece Internet, hace que esta tarea sea mucho más fluida y barata.

Hasta aquí la influencia de los nuevos medios. El resto son fines y un debate mucho más profundo sobre los países árabes y su encaje en el mundo moderno que, por desgracia, no se está dando. Resulta mucho más fácil reducirlo todo a un titular simplón, al perfil de Facebook de una joven asesinada a manos de la policía o a la letanía de lugares comunes en los que hozan despreocupados los arabólogos de turno, abundantes y solícitos cuando sucede algo anormal por aquellos pagos.

Lo que casi nadie se ha planteado a estas alturas es que Internet o los teléfonos móviles no son por sí mismo causa de nada. El que tenga un fin concreto lo utilizará del mismo modo que utiliza el teléfono o la telegrafía sin hilos. La historia de la humanidad es eso mismo, ir afinando los medios para conseguir idénticos fines. En las revueltas magrebíes lo que no quedan claro son esos fines. ¿Qué Egipto terminará imponiéndose?, ¿el de los Hermanos musulmanes o el de la raquítica minoría juvenil y pro occidental de El Cairo y Alejandría? Nadie ha dado una respuesta porque la imagen que percibimos desde Occidente está viciada por nuestros propios prejuicios y deseos. Luego sucede que el mundo sigue a lo suyo y los seguros analistas de ayer se esfuerzan en recomponer el cuadro para ajustarlo a sus errados pronósticos.

La libertad es una flor muy delicada que sólo prospera en condiciones muy determinadas. Tras dos siglos y medio desde que los estadounidenses fundasen la primera democracia propiamente dicha en 13 remotas colonias de Norteamérica, sólo ha florecido –y no del todo– en un puñado de países, todos de tradición judeo-cristiana con la honorable excepción de Japón. Ningún país árabe parece, no ya preparado, sino dispuesto para incorporarse a la tradición democrática que, lejos de consistir en votar cada cuatro años, radica en el respeto por la minoría disidente y en la pulcra observancia del imperio de la ley. Por mucho Twitter, Facebook y MySpace que le pongan los jovenzuelos de El Cairo, convocar a través del móvil a una manifestación contra el Gobierno no es poner la primera piedra de una democracia, sino protestar contra el que manda. Eso ya lo hacían sus padres y sus abuelos cuando se les vaciaba el plato. Lo único que ha cambiado Internet es la velocidad a la que se comunica la insatisfacción compartida.

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