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Michael Moore, el millonario rey del libelo

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Michael Moore vuelve a estar de campaña, esta vez para promover las huelgas que han sacudido el estado de Wisconsin. Se ha desplazado en persona hasta Milwaukee para animar a los funcionarios estatales a perseverar en sus protestas. Cuando su estrella parecía apagarse tras una década de documentales muy poco honestos, el director de “Bowling for Columbine” encuentra una nueva causa a que sumarse y en la que, como en ocasiones anteriores, podría terminar haciendo una generosa caja. Esta es su historia.

En Estados Unidos ser progre y leer Mother Jones es casi la misma cosa. Por esta revista bimensual, con 35 años de historia a sus espaldas, ha pasado lo más granado del progrerío norteamericano. Es ácida, algo sensacionalista y sus páginas supuran ideología. No es casualidad que su sede se encuentre en San Francisco y que lo edite la Foundation for National Progress, una fundación cuyo único cometido es publicar la revista. Pues bien, de este templo del progresismo yanqui fue despedido Michael Moore cuando era editor de la publicación allá por 1986. ¿La razón? Negarse a publicar un artículo tibiamente crítico con los sandinistas nicaragüenses. Años después, el autor del artículo, Paul Berman, haciendo memoria definiría a Moore como un “chaval muy ideológico y no demasiado bien educado”.

Aunque la causa del despido fue explícita, Moore se emperró con otra versión. Según él, el inesperado cese no tenía nada que ver con los sandinistas, sino con la negativa de la dirección de la revista a cubrir los cierres de fábricas que la General Motors estaba efectuando en Flint, ciudad natal del gigante automovilístico y del propio Moore. Denunció a Mother Jones por despido improcedente y ganó el juicio. Los 58.000 dólares que le sacó a la revista le permitieron cambiar de oficio. Abandonó la escritura y se pasó al cine. Su primera producción sería sobre Flint, sobre esas fábricas cerradas que habrían provocado su salida de Mother Jones.

En 1989 estrenó el primero de sus documentales. Se titulaba “Roger & Me”. Consistía en un largo reportaje del autor persiguiendo a Roger Smith, a la sazón director general de General Motors. Moore le preguntaba sin pausa las razones por las que había trasladado algunas plantas desde Flint a México. Naturalmente, ninguna respuesta le satisfacía y volvía a empezar. En suma, algo muy mareante aunque, en aquel momento, novedoso y atrevido. Gracias a “Roger & Me” Moore alcanzó cierta celebridad, aunque muy efímera. Trató en vano de recrearla dos años después sobre el mismo asunto, pero no tuvo ningún éxito.

El Moore de los 90 era monotemático. Flint y más Flint, General Motors y la defensa a ultranza de unos trabajadores bien remunerados, ineficientes y muy conflictivos le condenaron a la marginalidad. Por esa razón tuvo que emplearse en televisión, pero no para un canal norteamericano, sino para la británica BBC, para la que dirigió una serie relativamente exitosa titulada “TV Nation”. En la tele se hizo un pequeño nombre de contestatario gracias a sus persistentes críticas del american way of life, percibidas siempre en Europa con una complaciente sonrisa.

En 1999 su suerte de semidesconocido presentador de la BBC cambiaría radicalmente. Aquel año se produjo una matanza en la escuela de Columbine, en Colorado. A partir de tan luctuoso suceso compuso un delirante documental plagado de inexactitudes y falsedades que le reportó un premio en Cannes, fama mundial y gran cantidad de dinero. La crítica europea se deshizo con el campechano realizador estadounidense. Michael Moore era visto a este lado del charco como el americano medio, con su gorra, sus jeans y su beisbolera. Un hombre del común harto de un sistema despiadado donde manda el miedo, las multinacionales y la tenebrosa CIA, todos al servicio del Partido Republicano y, especialmente, de la familia Bush.

En 2004 volvió a la carga con una nueva cinta, “Fahrenheit 9/11” en la que se abonaba a las teorías de la conspiración del 11-S. Este nuevo “mockumentary” era aún más desquiciado que el anterior. Acusaba a George Bush de estar a las órdenes del rey de Arabia Saudita y de tener vínculos con los Ben Laden. “Fahrenheit 9/11” marcó la cima de su gloria y el principio de su irremediable ocaso. Fue el documental más taquillero de la historia, pero el impostor ya había sido descubierto. Empezaron a publicarse secretos inconfesables sobre su vida privada y la fortuna que había amasado gracias a sus populistas y demagógicos documentales. En las elecciones de 2004 estaba ya tan desprestigiado que el candidato John Kerry le mantuvo a una cautelosa distancia.

Convertido en un apestado dentro del Partido Demócrata, Moore siguió a lo suyo. Su siguiente trabajo, “Sicko”, fue estrenado en 2007. Criticaba el sistema sanitario americano… enalteciendo el de los hermanos Castro en Cuba. Hasta ahí podía llegar la laboriosa y, por lo general, indiferente Middle America. Al año siguiente se apuntó entusiasta a la campaña de Obama, pero éste rehúso su ayuda y no quiso ni verle en persona. Demasiadas mentiras, demasiado oportunismo, demasiada ideología hasta para el candidato del cambio. En 2009 retomó la cámara e hizo un enloquecido alegato contra el capitalismo con el que, por primera vez, perdió dinero. El gancho de actualidad era, esta vez, la crisis financiera, que terminó contagiándose a su propia productora.

Diez años después de su asalto a la fama mundial Moore ya no engaña a nadie. Es un activista de extrema izquierda que fabrica libelos propios de la extrema izquierda dirigidos a otros activistas de extrema izquierda. Todo lo hace, naturalmente, desde su apartamento en el centro de Manhattan o, en verano, desde su lujosa mansión a orillas del lago Michigan. Un héroe de la clase obrera que envía a su hijo a un colegio privado. Un defensor de los pobres que cobra 40.000 dólares por conferencia. Un progre de los pies a la cabeza que, en definitiva, actúa como un progre de los pies a la cabeza.

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