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Crusoe era español

A mitad de camino entre La Habana y Cartagena de Indias, en un remoto punto del mar Caribe a 220 millas náuticas de las costas de Nicaragua, hay un minúsculo banco de arena con sólo un insignificante palmeral y varias colonias de aves y sin una gota de agua dulce. Sobrevivir una semana ahí sólo puede permitírselo un auténtico lobo de mar; hacerlo un mes, un titán; y ocho años… pues… el español Pedro Serrano, un marino que naufragó en aquellas aguas hace casi 500 años.

Hacia 1520, la actividad marítima de nuestros ancestros en el Caribe se había vuelto frenética. Con las Antillas Mayores como cabeza de playa, un sinfín de exploradores se aventuraron en lo que entonces se llamaba Tierra Firme y hoy conocemos, simplemente, como América. Uno de esos pioneros fue, precisamente, Pedro Serrano, que en 1526 capitaneaba un pequeño y solitario patache que cubría el trayecto entre La Habana, un puerto que contaba sólo un lustro de vida, y una avanzadilla en la costa colombiana que aún tardaría algunos años en llamarse Cartagena de Indias.

No se sabe por qué Serrano hacía tal viaje, ni qué transportaba; lo que sí se sabe es que su barco, de pequeño tamaño y sin escolta, naufragó por culpa de una tempestad. Sólo sobrevivieron tres personas: dos marineros y, claro, Serrano. Amarrados a un tablón, alcanzaron aquel arenal perdido de la mano de Dios; tanto, que ni siquiera aparecía en los incompletos mapas la época.

Nada más llegar, supieron que sería muy difícil salir de ahí con vida.

Enseguida, uno de los marineros murió, probablemente de sed. Serrano y el otro superviviente comprendieron que o afinaban el ingenio o no tardarían mucho en acompañarle al otro barrio. Lo primero que pensaron fue en aprovisionarse de agua. En el atolón no había lagos, ríos ni nada por el estilo; por no haber, no había ni charcos. Pero llover sí que llovía, con relativa frecuencia, así que lo que tenían que hacer era componérselas para acumular el agua de lluvia. Pues bien, se les ocurrió cazar tortugas, comérselas y fabricar con sus caparazones improvisados aljibes, que cubrieron con hojas de palma para ralentizar la evaporación.

Comida no faltaba. La naturaleza tropical es generosa con las cosas del comer. Las palmeras daban cocos, el cielo pájaros y el mar, una gran cantidad de pescado y marisco. La maldición era el agua dulce. Su ausencia. Pronto se dieron cuenta de que con los caparazones de tortuga no solucionarían el problema, así que con unos maderos de su nave naufragada que arrojó el mar a la playa construyeron un depósito y, de paso, un minúsculo refugio, para protegerse del sol abrasador, que quería derretirles los sesos.

El atolón no era el Paraíso ni por el forro. Serrano y su único acompañante querían abandonarlo cuanto antes. El problema es que no tenían con qué. Cuando ya llevaban varios meses aislados, arribó al paraje un esquife con dos marineros –también españoles– a bordo. No venían a rescatarles, sino a buscar refugio, tras sobrevivir a un naufragio muy parecido al que habían sobrevivido ellos.

Tenían dos opciones. O permanecer los cuatro allí varados hasta que un galeón se dignase aparecer en el horizonte, o que dos de ellos salieran en el bote a buscar la costa más cercana. Escogieron la segunda. El compañero de Serrano y uno de los recién llegados cargaron provisiones en el bote y navegaron hacia el oeste, en busca de la inexplorada costa nicaragüense.

Nunca más se supo de ellos. Pasaron los días, las semanas, los años… y nadie venía en busca de Serrano y el otro robinsón. “Vieron pasar algunos navíos y hacían sus ahumadas, mas no les aprovechaba, por lo cual se quedaban tan desconsolados, que no les faltaba sino morir”, cuenta el Inca Garcilaso de la Vega, que, casi un siglo después, se hizo eco de la historia de Serrano en sus “Comentarios reales”.

Pero al cabo de este largo tiempo acertó a pasar un navío tan cerca de ellos que vio la ahumada y les echó el batel para recogerlos. Así los llevaron al navío, donde admiraron a cuantos los vieron y oyeron sus trabajos pasados. El compañero de Serrano, informa el Inca, “murió en la mar viniendo a España”. El propio Serrano arrojó a su único amigo y compañero de fatigas por la borda del galeón que les había rescatado. La pesadilla de nuestro héroe concluyó en 1534, ocho años después de haber naufragado.

Ya en Sevilla, puerto de Indias y primera estación de todas las aventuras americanas, su peripecia enseguida llegó a oídos de todo el mundo. Alguien, quizá él mismo, la puso por escrito, con lo que pasó a engrosar las relaciones que se guardaban en la Casa de Contratación, convertida después en Archivo General de Indias.

Doscientos años después, Daniel Defoe, un comerciante de vinos inglés, amigo de las timbas y de meterse en jaleos políticos, se dejó caer por allí. Tal vez leyó el manuscrito, o alguien le contó en una taberna la fabulosa aventura de Pedro Serrano. Eso nunca se sabrá. El caso es que en 1719 salió de una imprenta de Londres una curiosa novela, la primera en lengua inglesa, que versaba sobre “la vida e increíbles aventuras” de un imaginario marino llamado Robinson Crusoe.

Crusoe naufragó cerca de Venezuela, en una isla desierta, y fue rescatado, después de 28 años, por unos piratas. Una historia demasiado parecida a la de nuestro capitán Serrano, ¿no? Robinson Crusoe era de York, pero sólo existió en el papel, nunca fue un señor de carne y hueso. En cambio, el capitán Serrano fue tan real como su extraordinaria vida misma. Hoy, el islote que le trajo a mal traer se llama, con toda justicia, Cayo Serrana.

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