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Los ‘renglones torcidos’ de la América de Obama

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La crisis económica en Estados Unidos está derivando en una crisis social inédita desde la Gran Depresión y de imprevisibles consecuencias. Aunque la cifra de desempleo en todo el país permanece por debajo del 9%, hay zonas donde asciende tranquilamente por encima del 30%, regiones enteras depauperadas tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y la bancarrota de facto de algunos Estados.

Estados Unidos siempre tuvo barrios deprimidos, especialmente en el centro de las grandes ciudades. Una pobreza muy localizada tanto desde el punto de vista geográfico como humano. Los suburbios de Nueva York, Filadelfia o Chicago son célebres y sus habitantes pertenecen, por lo general, a la minoría de raza negra o a otras de inmigrantes recién llegados.

El problema es que esos barrios bajos están empezando a extenderse a otras partes del país y a todas las clases sociales. En ocasiones, ciudades enteras se han convertido en un barrio bajo. Este fenómeno es, además, de ámbito nacional. No existe, como sucedió en crisis anteriores, un área del país afectado por la depauperación generalizada. De este a oeste y de norte a sur los mismos efectos se están dejando sentir. Altas tasas de desempleo, barrios abandonados, criminalidad en alza y pérdida constante de población.

El efecto Detroit

La mayor ciudad del estado de Michigan, antaño un boyante emporio industrial que contaba con más de dos millones de habitantes que disfrutaban de un nivel de renta medio-alto, se ha hundido, literalmente, en la miseria. La decadencia de Detroit no es cosa de ahora. Empezó en los años 80, cuando las marcas japonesas de automóviles invadieron el mercado estadounidense ofreciendo mejores vehículos a precios más bajos.

La industria automovilística norteamericana, una de las más sindicalizadas del país, no supo responder a tiempo o lo hizo exigiendo privilegios y aranceles en Washington. El resultado para la ciudad ha sido demoledor. Hoy Detroit apenas llega al millón de habitantes. Hay 33.000 casas abandonadas y 70 escuelas públicas han tenido que cerrar, aunque más por falta de dinero que de alumnos.

A lo largo de la última década Detroit ha perdido un residente cada 22 minutos. La gente se va porque no hay trabajo y nadie se encarga de crearlo a excepción del propio ayuntamiento, que es el primer empleador –con diferencia– de la ciudad. Tanto Michigan como Detroit son dos bastiones demócratas “de toda la vida”. Aunque los sucesivos alcaldes de la ciudad han hecho más hincapié en políticas clientelares que en atraer negocios, al final no hay dinero para mantener las primeras si faltan los segundos.

Detroit es una ciudad prácticamente insolvente. Tras los numerosos escándalos de corrupción protagonizados por su anterior alcalde, el demócrata Kwame Kilpatrick, el actual Gobierno de la ciudad está tratando de recortar los gastos a la desesperada. El cierre de escuelas ha supuesto que las que quedan tengan que meter en cada aula una media de 60 alumnos. Y no es el peor de los problemas que arrastra. El alcalde se ha visto obligado a recortar el presupuesto de policía y recogida de basuras en un 20%, lo que ha ocasionado que muchos barrios parezcan un vertedero y se hayan apoderado de ellos bandas de criminales.

Una ciudad en la que nadie quiere vivir, y la demostración más palpable es que, en ciertos barrios, se venden casas por sólo un dólar. Pero ni con esas, de modo que el ayuntamiento está barajando demoler barrios enteros de casas vacías.

Camden, pobreza, corrupción y Latin Kings

Detroit es la historia de un fracaso que empieza a extenderse como una mancha de aceite por otros estados del país. En Nueva Jersey la ciudad de Camden es quizá el mejor exponente del empobrecimiento. En la patria chica de las sopas Campbell’s, también un feudo demócrata, el desempleo ronda entre el 30 y el 40% y la ciudad está tomada por bandas de delincuentes como los Latin Kings, con presencia también en España.

Como en Detroit, la policía ha sufrido recortes de personal y no puede luchar contra la plaga de delincuencia, cuya marea alta ha llegado a afectar al propio ayuntamiento. En los últimos 20 años tres alcaldes, todos demócratas, han sido juzgados por corrupción y uno de ellos por vínculos probados con el crimen organizado.

La alcaldesa de Camden, la también demócrata Dana Redd, poco puede hacer. La ciudad pierde población y contribuyentes a toda velocidad y la situación del estado, Nueva Jersey, tampoco es mejor. El gobernador de Nueva Jersey ha anunciado un recorte de 10.000 millones de dólares para este año y enfrenta un problema mayúsculo con las pensiones públicas –46.000 millones– y servicios medicos –65.000 millones– que no sabe como financiarlos.

Luisiana, bajo el signo del Katrina

Nueva Orleans es otro de las grandes ciudades que está padeciendo la crisis con más severidad. Ha perdido el 29% de su población desde que el huracán Katrina arrasase la ciudad en 2005. Más del 20% de las viviendas en la ciudad están vacías y, para colmo de males, el vertido de petróleo en la plataforma de BP “Deepwater Horizon”, ha machacado la industria pesquera de la costa.

La ciudad, de nuevo un feudo demócrata, ha entrado en la espiral maldita. Pierde contribuyentes y gana “clientes”, gente empobrecida que tiene que recurrir a los servicios sociales para sobrevivir.

As goes California, so goes the nation

El estado de California, el más poblado y rico de Estados Unidos, está en quiebra técnica. Desde hace dos años los recortes de gasto público son ubicuos, las ciudades han ido declarando la bancarrota una tras otra, al tiempo que el desempleo avanzaba y los ingresos fiscales se desplomaban. La ciudad de Vallejo (123.000 habitantes), en la bahía de San Francisco, es quizá el mejor ejemplo de esta América derrumbada. Quebró oficialmente el 6 de mayo de 2008. Llegó un momento en que el 75% del presupuesto se iba en los salarios de los policías y los bomberos locales, ambos colectivos hipersindicalizados.

Acogiéndose al Capítulo 9 del Código de Bancarrotas, el ayuntamiento, gobernado siempre por los demócratas, ha podido llevar a cabo un fuerte ajuste de gasto público. Los tres parques de bomberos han tenido que cerrar por falta de fondos, y, de 153 agentes de policía que la ciudad tenía en nómina en 2008, ahora sólo quedan 92.

El desempleo es el coco que está devastando el estado. En Sacramento, su capital, el cierre de comercios ha afectado a uno de cada seis. En el condado de Merced, en la California central, el precio de la tierra ha caído un 63% en los últimos cuatro años. No es casualidad que las ejecuciones hipotecarias en California batan todas las marcas. Sólo en 2010 se ejecutaron 546.000 hipotecas o, lo que es lo mismo, casi el 5% de parque inmobiliario del estado.

A pesar de Hollywood y de la todopoderosa industria de la informática con sede en el estado, un 20% de los residentes del condado de Los Ángeles reciben ayudas públicas y el 60% de los estudiantes en las escuelas públicas del estado han solicitado bonos a precio reducido en los comedores escolares.

Como en Detroit o Camden los únicos que están de enhorabuena son los criminales. En Oakland, octava ciudad del estado, el jefe de la policía local ya ha advertido que una serie de delitos menores no serán perseguidos por falta de recursos. Y no parece que, en breve, vayan a obtenerlos. El desempleo ha pasado del 4,8% durante el verano de 2006 al 12% de marzo de este año, y lleva más de dos años por encima del 10%. En la vecina Nevada, un estado que creció extraordinariamente durante las vacas gordas, el paro supera ya el 13% y la caída en el precio de la vivienda fue del 54% entre 2007 y 2010.

Si, como reza el dicho popular, “as goes California, so goes the nation” (como marcha California, así marcha la nación), el panorama se tiñe de negro para el resto del país. Los Gobiernos estatales y el federal no contribuyen, por lo demás, a aligerar la carga. Gastan hasta que no pueden permitirse deber un solo dólar más y legislan frenéticamente, lo que obstaculiza la creación de riqueza. La recuperación está muy lejos, y los norteamericanos están empezando a darse cuenta.

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